Yo me atrevería a decir que la crisis más importante que vivimos hoy es la de la comunicación y las relaciones humanas. En un mundo donde las redes sociales se han vuelto el nuevo foro de la conversación pública, los influencers son los nuevos líderes de opinión, y lo que recomiendan, silencian o apoyan tiene consecuencias que van mucho más allá de una pantalla. Se piensa más rápido y se profundiza menos. Aumentan el déficit de atención, las depresiones, la angustia de soledad en los jóvenes. Y esto impacta también en la calidad de la política y —me animo a decirlo— de la democracia.
¿Quiénes son nuestros líderes? Una breve mirada a grandes líderes en momentos de crisis complejas, ya que la historia las recuerda por los nombres de quienes las enfrentaron. Churchill le puso nombre a la resistencia de una nación que parecía condenada. Adenauer, al renacimiento de Alemania desde los escombros morales y materiales de la guerra. Mandela, a la reconciliación de un país que tenía todas las razones para desangrarse y eligió no hacerlo. Ninguno era un hombre sin ego; lo que los distingue es que pusieron ese ego al servicio de algo más grande que ellos mismos, y por eso sus nombres quedaron asociados a la salida de la crisis y no a su profundización. Chile también tuvo su generación de nombres, la que convocó a la paz cuando lo urgente era la paz, y entendió que la política, en sus horas decisivas, es el arte de subordinar la vanidad al bien común.
En este mundo que vivimos, frente a una profunda crisis social de comunicación y relacionamiento, es más importante que nunca entender quiénes lideran el mundo y también nuestro país.
¿Será un Elon Musk o Peter Thiel? ¿O un Bot? De quienes nada sabemos, de sus valores, del proyecto “humanidad” que tienen. En cuanto a Musk, piensa en el diseño de nuevas sociedades (como su proyectada colonización de Marte), rechaza el modelo republicano clásico. En su lugar, ha sugerido que Marte debería adoptar una democracia directa, donde los ciudadanos voten las leyes e iniciativas de manera inmediata a través de tecnología, argumentando que la representación política tradicional genera corrupción y desapego. Por su parte, Thiel, en los primeros párrafos de su ensayo «The Education of a Libertarian» (La educación de un libertario), escribió textualmente: «Most importantly, I no longer believe that freedom and democracy are compatible» (Lo más importante es que ya no creo que la libertad y la democracia sean compatibles). Complejo mundo se nos plantea y esto ocurre hoy. Por doce mil dólares ya se venden “robots” de compañía. Líderes políticos que ejercen la violencia no solo con guerras, sino con acciones, como la del Presidente de Turquía, Recep Tayyip Erdogan, que le regaló revólveres personalizados, con balas, a 31 líderes internacionales en la Cumbre de la OTAN. Los vaivenes de la guerra de Medio Oriente, y lo que nos cuesta entender, es qué pasa en el fondo. ¿Cuál es el objetivo, o los objetivos? Y dañan. Y observamos que no logran acordar, comunicarse ni dialogar acerca del peligro que implica la violencia para una sociedad, y si se corren riesgos nucleares.
Observamos que el vínculo humano se vacía a una velocidad que apenas deja tiempo para pensarlo. La evidencia es temprana y dura: la Organización Mundial de la Salud recomienda cero pantallas antes del primer año, y estudios longitudinales publicados en revistas como JAMA Pediatrics muestran que más tiempo de pantalla en los primeros años predice un peor desarrollo del lenguaje y de la sociabilidad más adelante. Hay quienes hablan, sin exagerar demasiado, de cerebros secuestrados. Lo mismo asoma, en clave adulta, en el trabajo a distancia: una pantalla conecta agendas, pero no permite que dos personas se miren a los ojos, y algo de la confianza que solo nace en la presencia se pierde por el camino. La tecnología nos ofrece la ilusión de la compañía sin las exigencias de la amistad. Podemos editarnos, mostrarnos como queremos ser, borrar lo que no nos gusta. Lo que no se deja editar, la presencia, el silencio compartido, la mirada sostenida, es justamente lo que se atrofia.
¿Y qué conducta observamos entonces en la sociedad? La violencia en colegios e institutos, la violencia comunicacional en la sala de clases y, en la política, la violencia de estilo. Porque la política es, antes que nada, una forma de relación humana. Si el vínculo se vacía en la casa y en la escuela, ¿por qué habría de sostenerse en el Congreso o en La Moneda? La misma lógica de la pantalla se apoderó del debate: se reduce lo decible al eslogan, al trino, al minuto de cámara; se edita la posición para la foto y se bloquea al adversario en vez de mirarlo a los ojos, tratándolo como enemigo a cancelar y no como interlocutor a persuadir.
Cabe preguntarse qué nombres está dejando esta crisis nuestra. Porque crisis hay, y seria, producto de responsabilidades compartidas que se arrastran hace años. Pero los nombres que hoy ocupan los titulares no están asociados a la grandeza, sino a la pelea chica. Frente a los graves problemas del país, buena parte de la clase política se distrae en sus egos, en disputas menores que se vuelven enormes por sus consecuencias en la sociedad. Tanto se escribe sobre el diálogo y la buena política, y no tiene efecto. Es tiempo de preguntarnos si estamos conformes con una política de amenazas, canjes de apoyos y competencias por quién es más duro. ¿Para qué pelean? ¿Para beneficio de quién?
Vivimos una época en que el valor de las personas ya no se mide por sus convicciones ni por su sentido del bien común, sino por lo que son capaces de producir, vender o proyectar. El éxito se volvió la medida de todas las cosas: la verdad se acomoda a la conveniencia y la política, demasiadas veces, se vuelve ejercicio de posicionamiento antes que de servicio. La clase política parece haber abrazado el lenguaje de los coaches corporativos y los gurús de la motivación, como si gobernar consistiera en inspirar y construir relatos, en lugar de defender principios, proponer ideas y ejercer un liderazgo capaz de transformar la realidad. Lo más inquietante es que hemos aceptado esta lógica con naturalidad, al punto de confundir habilidades con virtudes, comunicación con verdad y popularidad con liderazgo.
Los síntomas están a la vista en todo el espectro. En el oficialismo las tensiones existen y sería ingenuo negarlas; toda coalición amplia convive con diferencias legítimas de diagnóstico y estilo, pero el propio Presidente Kast ha debido llamar a los timoneles de su sector a La Moneda para pedir el fin de las guerrillas internas. El Partido Nacional Libertario, que comparte buena parte del diagnóstico del gobierno, optó por restarse y autodefinirse como una curiosa «oposición amigable», reservándose el derecho de apoyar o disparar según convenga. Y desde fuera del tablero, Pamela Jiles, que prometió en campaña hacerle «la vida imposible» al Presidente, celebra ahora que no ha necesitado esforzarse, ya que el fuego amigo de quienes apoyan al gobierno, trabajan por ella. La política reducida a cálculo y ocurrencia.
En la oposición el cuadro se vuelve francamente desolador, porque allí la pelea chica ya no es síntoma sino sistema. El Partido Socialista, columna vertebral de la transición y cuna de presidentes y estadistas, ofrece por estos días una guerra interna transmitida en vivo: una senadora acusa públicamente a la presidenta de su propio partido de «colusión» con el ministro de Hacienda, la timonel responde con una carta a la militancia, circulan memes fabricados por los propios parlamentarios y las cámaras registran un tenso cara a cara en pleno hemiciclo del Senado. «Desconfío de ustedes», espetó la senadora a su presidenta y a su jefe de bancada. Todo esto no por un principio, sino por quién conduce y quién capitaliza.
El Partido por la Democracia protagonizó esta misma semana un episodio escrito para ilustrar el problema. Sus senadores concertaron con el ministro de Hacienda un acuerdo sobre uno de los puntos más discutidos de la megarreforma, justo el gesto de diálogo que tanto se echa de menos. La respuesta no fue el debate, sino la desautorización: el presidente del partido, que se enteró por la prensa, declaró que «ese acuerdo es de los senadores, no es un acuerdo del PPD»; una senadora se desmarcó públicamente, la directiva se reunió de emergencia por la noche y los diputados de la misma tienda anunciaron que rechazarán el artículo que redactaron sus propios senadores.
Las crisis tienen nombres: los de quienes las superan y los de quienes las agravan. Y la pelea chica interna avergüenza frente al gran problema de comunicación que amenaza a la sociedad en el mundo, del que no estamos exentos. Cada político chileno puede elegir, en estos mismos días, en dónde quedará escrito su nombre. La crisis de fondo, la del vínculo que se atrofia, se llama desencuentro, y empieza siempre mucho más abajo de lo que creemos. Nunca nos comunicamos tanto, para entendernos tan poco. La pregunta es si podremos torcer el destino que hoy anticipamos, o si nos dejaremos arrastrar por él: cada vez más conectados y cada vez más solos.

Incierta respuesta Iris … Sólo esperar que se apruebe el proyecto económico y dentro de unos meses se vean los resultados o efectos esperados ….
Así es. Pero es necesario que la izquierda tome una decisión: actúan por el
País .
Y la derecha no puede perder tiempo en peleas
El mayor problema de la columna es analítico.
Describe con precisión el deterioro del vínculo democrático, pero lo explica apelando a las virtudes de los líderes. Confunde así un problema estructural con uno moral.
La crisis contemporánea de la democracia no surge principalmente de la ausencia de estadistas, sino de la transformación de las instituciones, de la economía política de las plataformas digitales y de un orden internacional que ha modificado las condiciones bajo las cuales se construye autoridad, representación y legitimidad.