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Pareciera que nuestros antiguos cerebros de sapiens (formados hace 300 mil años y en su forma actual hace unos 100 mil) no son capaces de lidiar bien con los desafíos que les imponen algunas de las nuevas tecnologías informacionales que acompañan nuestras vidas. Así como nuestro deseo de consumir grasa y glucosa, programado cuando estas eran escasas, ha dado lugar en nuestros tiempos de afluencia a una epidemia de obesidad, nuestro deseo de novedad y el consiguiente premio dopamínico, con las actuales tecnologías informacionales han dado lugar a una explosión de patologías.

La situación más dramática se da en niños y adolescentes que han crecido con ellas. Si el celular y el acceso constante y desmedido que posibilita a las redes sociales tienen efectos nocivos en adultos, imagínese cómo es en cerebros en proceso de desarrollo. Lo atestiguan múltiples estudios (le recomiendo los de Jonathan Haidt). No importa qué indicador mire: ha aumentado la ansiedad, la depresión, las ideaciones suicidas. Hay privación de sueño, más soledad en la escuela, pérdida del juego no supervisado, y la consecuente falta de desarrollo de las herramientas necesarias para lidiar con los desafíos de la vida.

Piense en que hasta antes de ayer el deseo de novedad e información se saciaba con el periódico, conversaciones, libros e historias; después se sumó la radio y la televisión. Hoy las redes sociales nos acompañan en todo momento, bombardeándonos con información, literalmente al alcance de la mano, y siguiendo modelos algorítmicos programados para cautivar nuestra atención.

El exceso de información y sus patologías no es un tema nuevo. Ya Séneca, un gran representante del estoicismo romano en los primeros años de nuestra era, estaba preocupado de los efectos negativos que produciría la lectura de demasiados pergaminos (los rollos en que se escribía y leía sujetándolos con la mano izquierda).

Como sostiene repetidas veces en Las epístolas morales a Lucilio, la lectura debe aprovechar: “Quien pretende llegar al lugar de destino, debe seguir un mismo camino, no corretear por muchos; que eso no es andar, sino extraviarse”. Tenemos, sostiene, que imitar a las abejas, que transforman la substancia que obtienen de la naturaleza en miel (o la recogen; él no está seguro del proceso), un producto precioso que resiste el paso tiempo. Siguiendo una típica metáfora alimenticia nos dice que hay que asimilar los alimentos que nutren el espíritu; y para ello debemos detenernos, reflexionar sobre las ideas que leemos, masticarlas, escribirlas. Así, esos nutrientes van a la inteligencia y no solo a la memoria.

Con otras palabras, la transformación de información en conocimiento, uno que avive la inteligencia, requiere un trabajo activo y continuo, lo que siempre exige esfuerzo. También lo dijo Nietzsche con precisión: hay que ser un poco vaca. Solo así podemos seguir y entender algunas ideas, masticándolas una y otra vez.

Hoy sabemos por la neurociencia que requerimos ese esfuerzo para producir los cambios cerebrales que acompañan el conocimiento y que nos hacen ver el mundo con otros ojos, o más exactamente, que nos permiten descubrir otro mundo. Pero eso ya estaba a la vista de la mente perspicaz de Séneca: “Todo cuanto parece que sobresale en la actividad humana, aunque sea insignificante y destaque por contraste con lo más bajo, no se alcanza sino a través de conductas difíciles y arduas”.

El esfuerzo requerido para leer un libro completo (y ojalá más de uno), y uno que contenga algún espesor, es un ejercicio necesario para animar la inteligencia; no sucede lo mismo con los miles de videos que retienen por unos segundos nuestra atención, especialmente la de niños y jóvenes, en las redes sociales. Hoy, el hábito de leer libros completos va dramáticamente a la baja. Según un artículo muy comentado publicado en The Atlantic que augura el fin de la lectura, la cantidad de personas que leen por placer en Estados Unidos ha disminuido en un 40% entre el año 2004 y el 2023, y ese año ni siquiera la mitad de los estadounidenses leyó un libro. No es extraño que las capacidades correspondientes, formadas mediante la atención intensa, la concentración constante, y una imaginación activa, no se estén desarrollando. Incluso en Harvard están acortando los textos de enseñanza porque muchos estudiantes no los entienden.

Imagínese que diría Séneca hoy ante el scrolling permanente de una secuencia infinita de videos con contenidos en general fútiles e inoficiosos; un montón de información (no la confunda con veracidad) que sucesivamente va acaparando la atención de nuestro cerebro mientras va satisfaciendo la adicción dopamínica que produce. Y este proceso comienza con el despertar del día: según una encuesta realizada por Delloite en todo el mundo, el 61% de los usuarios mira su celular en los primeros cinco minutos al despertar, y el 88% en la primera media hora.

Séneca estaba preocupado de que, sin digerirla y asimilarla, lo que siempre exige trabajo, la información solo quedaba en la memoria y no en la inteligencia. De esas secuencias interminables de mini videos, micro dosis dopamínicas que lo acompañan durante el día, ¿cuántos quedan en su memoria? Haga el experimento: haga scrolling una hora (se le pasará muy rápido: el scroll en redes sociales comprime la percepción del tiempo) y luego escriba en una lista todos los que recuerde. Le anticipo que será muy breve. Así de insignificantes son.

Esa información no solo no entra a la inteligencia, tampoco queda en la memoria. Es ruido que impide pensar y nos vuelve ansiosos, fast food que enferma nuestro espíritu. Como está sucediendo con una generación completa de niños y jóvenes.

La recomendación de Séneca a Lucilio es que haga lo mismo que él; es también una buena recomendación para nosotros: comience cada día leyendo unas pocas páginas y escogiendo solo una idea. Quédese un rato con ella, dándole vueltas, masticándola, reflexionando sobre los pros y contras, sea un poco vaca, sintetícela, asimílela e intégrela a su inteligencia, como las abejas transforman el polen en miel. (Él reconoce que ha comenzado el día leyendo a Epicuro, aunque sea del campamento contrario, no como tránsfuga, aclara, sino con curiosidad, una curiosidad que, como corresponde, lleva a su refutación). Es un ejercicio reflexivo que lo preparará para enfrentar de mejor modo el día que comienza y su vida completa; infinitamente mejor que estirar el brazo para alcanzar el móvil en el velador cada mañana cargándose de ansiedad y estrés.

Recuerde el fenómeno de las experiencias cercanas a la muerte en que, como se dice, se ve pasar la vida delante de los ojos. Kierkegaard sostiene que la vida se vive de atrás para adelante, pero se entiende de adelante hacia atrás. Y tiene razón. Una estrategia, ciertamente imperfecta, para tratar de evitar anticipadamente los errores que solo reconoceremos posteriormente (es decir, cuando nos arrepentimos porque, siguiendo a Lady Macbeth, lo que está hecho no puede ser deshecho), es imaginativamente situarnos en esa situación al final de nuestros días para, desde ahí, ver pasar retrospectivamente nuestra vida; así podemos anticipadamente tratar de entenderla de adelante hacia atrás. O imagíneselo como un viaje en un tren que va deteniéndose en las estaciones significativas de su vida, como lo hace Matt Haig en su novela The midnight train. ¿Qué estaciones visitaría?

En Chile, con un consumo diario promedio de redes sociales de casi tres horas y media (en adolescentes es de entre cuatro y siete horas), muy probablemente sería una seguidilla de andenes repletos de videos de gatitos, memes, recomendaciones de productos, desafíos estúpidos, gente que te dice “a que no sabes que…”; o, más probable aun, dado que ninguno de ellos ha sido significativo en su vida y por lo tanto no ha llegado a ocupar un lugar en su memoria, sería un último viaje muy expedito y con muy pocas paradas. Las redes sociales no solo habrían comprimido su percepción del tiempo, sino también vaciado su vida.

Facultad de Artes Liberales, Universidad Adolfo Ibáñez; autor del libro: Cómo y cuándo morir. Una ética sobre el fin de la vida, Paidós 2024.

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