Según un estudio global de Deloitte Human Capital Trends (2024), el 41% del tiempo de trabajo diario se gasta en labores sin valor agregado: recopilar información, completar formularios, buscar datos o coordinar tareas repetitivas. En otras palabras, casi la mitad del día se va en actividades que no requieren creatividad, empatía ni criterio humano.
Sin embargo, la realización personal y profesional proviene exactamente de lo opuesto. Las personas florecen cuando sienten que lo que hacen tiene propósito, impacto y sentido, no cuando operan en piloto automático. Las empresas que logran conectar las tareas cotidianas con un propósito mayor -que dan espacio a la autonomía, la colaboración y el aprendizaje- son también las que muestran mayores niveles de productividad y compromiso.
En Chile los datos no son muy auspiciosos. Según la ACHS, sólo el 53 % de los trabajadores dice sentirse feliz en su trabajo, y el estrés laboral sigue al alza. Y podemos fácilmente hipotetizar que las numerosas noticias que aparecen en los medios respecto de la inteligencia artificial y su efecto en el mercado laboral no hacen más que acrecentar la ansiedad y estrés de los trabajadores.
Ahí es donde se abre la invitación a repensar a la inteligencia artificial (IA) no como una amenaza, sino como una historia de reinvención. Lejos de reemplazar a las personas, puede ayudarlas a concentrarse en lo que verdaderamente importa. Automatizar lo rutinario no es deshumanizar el trabajo; es liberarlo.
La IA permite reducir el peso de las labores administrativas -reportes, agendamiento, atención de consultas internas o análisis de datos- para que los equipos dediquen su energía a pensar, crear y resolver problemas. Es decir, a trabajar con sentido. En términos simples: aumenta la productividad (porque se gana tiempo) y mejora la experiencia del colaborador (porque se reduce la carga burocrática y el cansancio mental). Los colaboradores pueden dedicar su tiempo a conversar, crear y decidir, en lugar de buscar información o reconstruir acuerdos.
Otra perspectiva interesante desde el punto de vista del valor y propósito es que los algoritmos permiten personalizar la experiencia laboral. Pueden analizar patrones de desempeño, intereses y bienestar para ofrecer rutas de desarrollo, capacitaciones o mentorías ajustadas a cada persona. Lo que antes era un modelo único para todos, ahora puede adaptarse a las necesidades reales de cada colaborador. Esa personalización no sólo impulsa el rendimiento, sino que también hace que las personas se sientan vistas y valoradas.
Sin embargo, este cambio no ocurrirá de forma automática. De acuerdo con el mismo estudio de Deloitte, el 54 % de los trabajadores requerirá una actualización o reconversión importante en los próximos años para aprovechar las oportunidades que la IA traerá consigo. Las empresas crean en esta perspectiva deberán ir más allá de la eficiencia de corto plazo e invertir (o utilizar alguna de los numerosos programas o franquicias del Estado) en aprendizaje continuo, acompañamiento y liderazgo humano. La tecnología puede ser el catalizador, pero la evolución será profundamente humana.
En definitiva, la IA puede ser la herramienta más humana de la oficina porque libera tiempo, personaliza la experiencia, anticipa necesidades y potencia la colaboración. No compite con las personas; las amplifica.
*Bernardita Figueroa, socia de Monitor Deloitte y Claudia Cornejo, socia de Human Capital de Deloitte
