AGENCIAUNO

Mientras la atención mundial sigue hipnotizada con el terremoto geopolítico que Donald Trump ha desatado sobre Venezuela, en Washington ocurrió otro sismo. Uno silencioso, pero de consecuencias brutales. Las nuevas Guías Alimentarias de EE.UU. (2025-2030) han dado un vuelco total. Tras cuatro décadas de un dogma «bajo en grasa» —que solo sirvió para enriquecer a la industria y triplicar la obesidad—, la vieja pirámide cayó. La ciencia hoy admite el error y apunta a los carbohidratos refinados como los culpables.

Esta noticia confirma que el Presidente electo tenía razón antes que nadie. En su programa de 2021 (Propuesta 286), José Antonio Kast ya denunciaba que «el consumo excesivo de carbohidratos… a través de la Junaeb» era el responsable de la epidemia. Hoy, la evidencia global respalda ese diagnóstico justo cuando él asume el mando de la «Emergencia Nacional».

Vivimos una disonancia cognitiva bíblica. Por un lado, el Minsal nos bombardea con la Ley de Etiquetado; por el otro, la Junaeb actúa como el mayor «dealer» de carbohidratos. Basta mirar una bandeja escolar promedio: fideos, arroz blanco y pan. ¿El resultado? Según el Mapa Nutricional, en 5° básico tres de cada cinco niños sufren malnutrición por exceso. El Estado está cebando a la próxima generación.

Esta incoherencia sabotea la reactivación del nuevo gobierno. Las cifras son de terror: la OCDE proyecta que el sobrepeso restará un 3,8% al PIB, pero datos locales advierten un escenario peor: para 2035 el costo se duplicará, consumiendo la mitad del presupuesto actual de Salud. Hipotecamos la billetera fiscal pagando enfermedades que nosotros mismos provocamos.

En la empresa, el golpe a la productividad es letal. La evidencia indica que un trabajador con mala salud metabólica es 6,3 veces más caro y presenta un 31% más de accidentabilidad. Un país enfermo no trabaja bien, se accidenta y vive de licencia. No existe crecimiento posible con esa carga.

El remedio no es cosmético. Cambiar una minuta no basta; eso ya se intentó y fracasó porque el Estado funciona en compartimentos estancos. El problema real es que Salud y Educación rompen lo que Economía termina pagando. Se requiere una Comisión Interministerial con poder político real, que imponga una visión de eficiencia para detener el despilfarro. Sin esa coordinación superior, la burocracia ganará de nuevo.

El «Gobierno de Emergencia» no puede ignorar la mesa de los chilenos. La seguridad de la nación descansa también en la vitalidad de su gente. Si no detenemos esta fábrica de enfermos, no habrá orden ni estrategia que aguante un país con el PIB estancado y la despensa llena de veneno.

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