La decana de la Escuela de Gobierno de la Universidad Adolfo Ibáñez, María José Naudon, estuvo a cargo el martes de la presentación del libro de Eugenio Tironi, La Resaca, que aborda como tema principal el gobierno del ex Presidente Gabriel Boric.

Ante un teatro Ceina lleno y la presencia del propio ex Mandatario -y varios de quienes fueron ministros y colaboradores de su administración-, la abogada abrió la ceremonia planteando que «esta aspiración de no neutralidad» del libro «tampoco va a ser la mía».

Bajo este concepto, Naudon desarrolló una mirada crítica a la tesis central del libro, que plantea que estamos viviendo una «resaca» del desborde ocurrido en el estallido y donde al gobierno de Boric le tocó desempeñar un papel histórico de normalización, al igual que le ocurrió al Presidente Patricio Aylwin en el retorno de la democracia.

A continuación la presentación de Naudon y las tres ideas de Tironi que objeta: la resaca como un fenómeno natural; la idea de que hubo un cambio del gobierno y del ex Mandatario; y que su rol es comparable con el del Presidente Aylwin.

«Quiero comenzar agradeciendo la oportunidad de presentar este libro, agradeciéndole a la editorial Planeta y por supuesto a Eugenio Tironi, su autor, por esta invitación. Presentar un libro siempre es un honor y es un honor que, a mi juicio obliga a quien lo presenta no a resumir las ideas o los tópicos que el libro presenta, sino que a entregarle ese trabajo al lector. Y por lo tanto, lo que yo voy a hacer hoy día está lejos de un resumen y tiene más que ver con contarles o poner en común las ideas o las lógicas que la lectura de este libro provocó en mí. Y por supuesto, tiene una cuota de arbitrariedad. Es evidente que sí. Y tampoco pretende ser conclusiones absolutas, sino que ponerlas a disposición para que las podamos trabajar.

La Resaca, que es el libro que hoy día presentamos, tiene una virtud con la que quiero empezar, que es una virtud poco frecuente. Es un libro que antes de juzgar intenta comprender. Vivimos hoy día en un mundo que está dominado por explicaciones rápidas, por la manera de establecer o de buscar culpables evidente. Eugenio Tironi sale justamente de esa lógica para poder entender y adentrarse en cómo se articulan, cómo se unen ciertos procesos y a partir de eso se proyecta. Particularmente interesante es que hace este ejercicio sin apostar por una neutralidad que no tiene. Reconoce con mucha claridad que tiene una cercanía que es emocional con el protagonista y que precisamente por eso no renuncia a comprender, sino que la exigencia crítica es aún mayor. Esta disposición de mirar los procesos como un todo y de no correrse, digamos, o de no obviar esa participación que tiene en el proceso le permite hacer del libro o mostrar en el libro una tensión que en principio parecería difícil y que es cuestionar al mismo tiempo la ingenuidad refundacional que acompañó el ciclo que se abre en el 2019 con las respuestas que emergen.

Por lo tanto, lo que hace no es buscar un responsable, no es buscar un adversario, sino que muy por el contrario, es entender y adentrarse en esos fenómenos. Y en ese ejercicio hay otro matiz que me gustaría plantear y tiene que ver con que no mira este proceso solamente en el contexto nacional, sino que lo mira en contextos mucho más amplios. Entonces, la pregunta deja de ser ¿qué es lo que ocurrió con nosotros?, para ser mucho más grande y pensar entonces, ¿qué es lo que ocurre hoy día con la democracia liberal? Cuando el miedo, cuando la inseguridad, cuando el presentismo campean obviamente en política.

Pero antes de entrar tengo que hacer una pequeña advertencia y es que presentar este libro, que siempre es un desafío, tiene un desafío mayor y es que tengo que hablar de un libro que habla de Gabriel Boric, con el ex Presidente Gabriel Boric sentado al lado mío y, por lo tanto, se parece bastante a hacer una crítica literaria, yo también estudié literatura, frente al personaje principal sentado al lado de uno y eso tiene obviamente una dificultad. Por lo tanto, desde ya, Presidente, le pido perdón si es que se ve forzosamente sometido a mis divagaciones y pongo esas divagaciones, por supuesto, disponibles para tener una segunda opinión. Dicho lo anterior, entonces, tengo la suerte que Eugenio también hace esa aclaración en el texto y directamente sostiene que esto mucho más que una crónica es una bitácora. Una bitácora donde, por supuesto, él también es un protagonista.

Entonces, esta aspiración de no neutralidad tampoco va a ser la mía. Sería absurdo. Ustedes saben perfectamente y es conocida mi posición respecto de muchas de estas cosas. Por lo tanto, la neutralidad aquí tiene una invitación de conocer y lo que yo les voy a plantear es mi visión respecto de lo que aquí se plantea y la voy a plantear de una manera que me parece interesante y ecléctica. Voy a plantear tres coincidencias y tres distancias con el libro de Eugenio Tironi.

Partamos entonces con las coincidencias. Lo primero, Tironi sostiene que durante décadas el futuro ordenaba el presente y la política estaba justamente en esa estructura en el tiempo. La promesa de un mañana mejor permitía paciencia, aceptar demoras, negociar, confiar y permitía, sobre todo, la gradualidad. En cambio, hoy día lo que campea es el presente y el presente reclama una protección inmediata. El futuro se ha convertido en una fuente de incertidumbre y la confianza y la esperanza, fundamentales en la política, son hoy día un bien bastante escaso. Chile pasó, dice Tironi, desde la impaciencia por avanzar al miedo por perder el control. Y lo que hoy día estaríamos buscando es esa combinación que la política entiende poco y que es la posibilidad de buscar un cambio, de buscar una transformación, pero de desear al orden al mismo tiempo. Eso que la política ve como controvertido, la ciudadanía la ve como una posibilidad.

Dejar de competir por quién administra el miedo, que es la propuesta también del libro, es una de las primeras coincidencias que tengo con Eugenio y, por lo tanto, incorporar en el relato político una mirada de futuro, una capacidad de salir del presente, creo que es una de las lecciones que el texto nos deja. Vamos entonces a la segunda coincidencia. La segunda coincidencia es que comparto con mucha fuerza la reivindicación que hace el libro de los procedimientos, de los acuerdos y de los límites. En tiempos de ansiedad, de deliberación escasa, esta deliberación parece demora, el acuerdo parece debilidad y el límite parece cobardía. Pero la democracia consiste justamente en eso, que es en aceptar que ninguna mayoría circunstancial dispone por sí sola del país completo. El procedimiento no es un enemigo de la transformación, muy por el contrario, permite que ese cambio sea común, sea legítimo y sea duradero. Y esa es una advertencia importante porque la existencia de la ‘derechita cobarde’ y la existencia de los denostados ’30 años’ son para mí una expresión patente de enorme valentía, asentada en convicciones, en identidades claras y en claridad de propósito. Por supuesto que esto no los exime de la necesidad de ir adaptándose a las evoluciones que todo proceso natural existe. Tercera coincidencia. El libro reconoce el valor histórico de Gabriel Boric al firmar el acuerdo del 15 de noviembre de 2019. Tironi sostiene que el proceso constitucional fue una de las tres válvulas de escape que protegieron la continuidad democrática del Chile de ese momento. Aquel acuerdo permitió encausar mediante un procedimiento y recuperar una condición de gobernabilidad extraordinariamente necesaria. Boric firmó ese acuerdo en parte importante en contra de su propio sector y de su propio partido. Esa decisión implicó arriesgar un capital político cuando era mucho más fácil administrar simplemente la indignación. Fue un acto de los que Tironi describe como una capacidad de liderazgo que supone renunciar a parte de sí mismo para preservar la paz social. Sin duda hay decisiones cuyos resultados pueden discutirse, pero no me cabe duda tampoco que esta decisión requirió coraje y que ese coraje necesita reconocerse.

Vamos a las tres distancias que tengo con el texto. La primera de esas distancias es la del símbolo mismo de la resaca que toma el texto, como título. La resaca, dice Eugenio, es la que sucede al desborde, entendiendo el desborde como aquel momento en que los efectos de un sistema superan los marcos diseñados para contenerlo. Esa es una imagen poética, es una imagen náutica, es una imagen poderosa, es la imagen del agua que al retirarse, vuelve. No vuelve simplemente a su lugar, sino que retrocede más y arrastra consigo parte de lo que encuentra. Pero, y aquí está mi discrepancia, es una imagen tomada de la física, de la naturaleza, no de la política. La resaca pertenece al orden de la naturaleza y el desborde político, no. Si nos concentramos entonces en la resaca, corremos el riesgo de olvidar qué fue lo que empujó el agua, por qué fueron los desbordes, quiénes vieron con buenos ojos que eso ocurriera y qué fórmulas se propusieron para contenerla. No basta entonces con describir la resaca. Hay que construir la cadena que produjo el desborde desde todos los puntos de observación posible.

Tironi identifica alguna de ellas en uno de los capítulos que se llama Los hijos del malestar y la resume como una mutación en la forma de habitar lo colectivo producto de lo que él define el orden neoliberal chileno. Pero esa reconstrucción, creo yo, queda incompleta si no se incorpora también cuánto la izquierda, Bachelet y el Frente Amplio contribuyeron a convertir ese malestar en una impugnación que no midió los peligros y tampoco midió los riesgos. Quizá por eso convenga agregar a la sofisticada imagen náutica de la resaca una infinitamente más burda, que es la del malestar que sigue a una noche de excesos. Allí la responsabilidad no recae en las leyes de la naturaleza, sino en quienes participaron con entusiasmo del jolgorio, vengan de donde vengan.

Hay además en esta misma línea otra cuestión conceptual en la que quiero marcar alguna diferencia y es el concepto mismo del cambio. Cambiar no es simplemente moverse, sino que es modificar de manera sustantiva aquello que orienta las decisiones. El libro, sin embargo, reúne bajo esa misma palabra, el movimiento, cambios que creo son de naturaleza muy distinta. Pasar de la primera a la segunda vuelta, ampliar una coalición o modelar un discurso puede ser más que un cambio, una corrección estratégica. Si todo desplazamiento cuenta como cambio, entonces el concepto termina dificultando la explicación. El 4 de septiembre, por ejemplo, obliga a girar, a reordenar prioridades, abandonar parte de la épica, aprender los límites del poder. Todo eso importa y es muy relevante, pero puede describirse mejor como una adaptación, como un aprendizaje o como simple pragmatismo. El propio Tironi insiste en que no hubo una mutación ideológica profunda y quizás ahí está la pregunta pendiente: no cuánto cambió el Presidente Boric, sino qué cambió. El lenguaje, la estrategia, la lectura del país, la concepción del poder o más profundamente algunas o varias de sus convicciones. Tendremos que preguntarle después al protagonista.

Mi segunda discrepancia es la quinta tesis del libro. El libro plantea seis tesis. Se presenta a Gabriel Boric como la figura en cuya actuación se condensa un cambio de época. No solo habría gobernado esta transición entre un mundo que se acaba y un mundo que comienza, sino que la habría encarnado. Llegó a La Moneda con una gramática formada en el mundo tardío: derechos, deliberación, ampliación de la ciudadanía, paridad, diversidad, descolonización, y debió gobernar bajo el endurecimiento del tablero: guerra, inflación, migración, inseguridad y fatiga democrática se transformaron en las nuevas palabras.

La figura de este hombre que representa a la vez el mundo que se acaba y el mundo que emerge me parece una figura no solamente sugerente, atractiva y elegante, pero me parece una figura más literaria que política. Boric y su generación no fueron recién llegados sorprendidos por una transición histórica. fueron parte de su gestación desde las movilizaciones universitarias pasando por la impugnación de la política de los acuerdos y la construcción de una nueva gramática de derechos, de refundación y de superioridad moral. Lo decisivo es que el Frente Amplio no llegó desde fuera al momento impugnador. Su identidad se forjó en la impugnación y eso queda muy claro en la frase tantas veces repetidas ‘No fueron 30 pesos, sino que fueron 30 años’.

Esto no significa de ninguna manera atribuirles el estallido, causalmente, del 2019. Pero creo que Gabriel Boric no fue simplemente el puente o la condensación entre esas dos épocas. Ayudó a construirlo, caminó sobre él y en algunos momentos también contribuyó al desgaste del mundo que quedaba atrás.

Aquí es imposible no citar a Carlos Granés, que Eugenio también lo cita en el libro, que formula con agudeza la distinción o la dificultad que América Latina tiene entre la narración y la política. Una generación puede conquistar el relato moral de una época y creer que con ello ha conquistado la capacidad de gobernarla. Tratar a Boric como síntoma de un cambio de una época corre el riesgo de hacer literatura ahí donde el libro nos pide hacer historia.

Y la última discrepancia, quizás la más importante de mis discrepancias. Tironi compara a Boric con Aylwin por la función histórica que ambos habrían cumplido: recibir un país tensionado, moderar las expectativas, contener a los propios, reconstruir los acuerdos. La diferencia, explica, sería de contexto y no de carácter. La comparación creo que es problemática. Es verdad que ambos debieron moderar expectativas, que colaboraron a los acuerdos y que cedieron frente a los propios, pero la diferencia es que Aylwin no había construido su identidad política impugnando las herramientas que luego debería utilizar.

Jorge Insunza lo formula muy bien: la izquierda, dice, idealizó el estallido y el proceso constituyente porque confundió -y aquí está la clave- una crisis de legitimidad con el nacimiento de una nueva hegemonía. Octubre mostró con enorme fuerza lo que había dejado de funcionar, pero el derrumbe de un orden no construye naturalmente otro per sé. Se confundió la intensidad de la movilización con la existencia de una mayoría, la voluntad transformadora con la correlación real de la fuerzas y la supuesta superioridad moral con capacidad efectiva de conducción. Por eso es que el libro, cuando propone la tesis de la normalización, creo que también es una palabra que hay que darle una segunda vuelta. El proceso de normalización comienza con los resultados del 4 de septiembre cuando el gobierno deja de empujar el horizonte representado por la nueva Constitución y comienza a administrar los límites. Pero normalizar es también una palabra engañosa porque presenta como avance lo que puede ser visto como una recuperación y todo depende, como casi siempre, de la perspectiva. Para algunos se restableció el orden, la gestión y el realismo. Para otros se perdió una oportunidad de transformación y se estrechó nuevamente el horizonte de lo posible.

En definitiva, mis tres discrepancias terminan en una misma pregunta: ¿Qué es lo que realmente se aprendió de este ciclo? El documento presentado en el primer Congreso Ideológico del Frente Amplio este año nos entrega algunas pistas. Reconoce errores, la necesidad de construir mayoría y de volver a los problemas concretos, pero conserva buena parte de su gramática original y atribuye las dificultades más bien a la correlación de fuerzas y a la falta de mayorías. Aún así, y reconociendo que tengo este interrogante, sería muy fácil terminar esta presentación haciendo esta pregunta únicamente a la izquierda. Creo con mucha sinceridad que la derecha tiene que también hacer este examen, una parte porque corre el riesgo de embriagarse con el orden, desconfiar de la diferencia, desdeñar a los acuerdos e imaginar que existe un pasado al que simplemente uno puede desear volver. Otra, porque teme marcar límites frente a esas pulsiones. Y justamente entre la tentación restaurativa de unos y la inhibición de los otros puede reaparecer un problema que ya nos es conocido y que el libro muestra: la dificultad para combinar convicción, pluralismo, disposición al acuerdo y narración de futuro. Frente a tremendo desafío, valga recordar una idea que atraviesa el texto. La tarea de la política no es prometer que nunca habrá oleaje o que no estaremos al riesgo del desborde. Vivimos tiempos de olas enormes. Su tarea es construir instituciones capaces de navegarlo. Chile puede avanzar pensando en la transformación, pero respetando el orden democrático, no contra él.

Agradezco muchísimo a Eugenio por el libro que hace posible esta conversación y cuya lectura recomiendo con entusiasmo a los lectores. Estoy segura de que despertará en cada uno de ustedes reflexiones muy distintas a las mías, pero eso es lo que hacen los buenos libros. No buscan clausurar las preguntas ni evitar las discrepancias, sino que nos obligan a quienes los leemos a plantearlas y formularlas mejor”.

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2 Comments

  1. Y falto agregar por supuesto, el análisis de la cantidad de personajes que pululan, tratando de confundirse con la muchedumbre, pero que estuvieron apoyando firmemente el pésimo proyecto, rechazado el 4 de septiembre.
    Esa habría sido una resaca distinta, pero lamentablemente mucho peor para el país.

  2. Excelente, directo, diplomático y elegante análisis de María José Naudon del libro de Tironi que es más bien una oda sesgada de lo que fue el gobierno de Boric.

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