Durante más de un siglo, el relato oficial de nuestro país cometió un error conceptual y geográfico imperdonable: mirar hacia el sur y llamar a Magallanes «el extremo», «la periferia» o «el fin del mundo». Esa mirada, nacida de la comodidad centralista, ha condicionado por generaciones la forma en que el Estado piensa sus inversiones, sus regulaciones y sus prioridades. Hoy, el tablero internacional nos impone una verdad ineludible que los magallánicos han sabido siempre: Magallanes no es el confín austral de Chile; es la proa indiscutida de nuestro destino marítimo, bioceánico y antártico.

El mundo contemporáneo asiste a una reconfiguración acelerada de sus rutas, de sus matrices energéticas y de sus equilibrios de poder. La transición ecológica global, la reorganización del comercio internacional, la pujanza de la salmonicultura austral, el potencial energético del hidrógeno verde, la exigente logística de expedición y la gravitación geopolítica indiscutible del continente blanco, sitúan a esta región en el epicentro de las decisiones más trascendentales del siglo XXI. La pregunta que debemos responder con urgencia y valentía ya no es qué le falta a Magallanes para parecerse al resto de Chile, sino qué capacidades estratégicas debe consolidar Chile para estar a la altura del desafío que Magallanes y su Estrecho le plantean y demandan.

Con esa convicción profunda, Liga Marítima de Chile -institución centenaria nacida en 1914 para despertar la conciencia marítima de la nación- ha decidido salir del puerto de Valparaíso y fondear presencialmente en Punta Arenas. Lo hacemos junto a dos actores fundamentales del quehacer productivo y operativo nacional: la Asociación Nacional de Agentes de Naves de Chile (ASONAVE) y la Asociación de Salmonicultores de Magallanes A.G., para dar vida al Segundo Coloquio Marítimo 2026: «MAGALLANES… MAGALLANES: Desarrollo, Conectividad, Salmonicultura, Puertos y Proyección Estratégica del Sur Austral».

¿Por qué llevar este debate a las orillas del Estrecho? Porque los grandes dilemas estratégicos no se resuelven entre cuatro paredes en Santiago. Se debaten y se construyen donde las cosas ocurren: donde el viento golpea el rostro, donde los buques recalan desafiando canales complejos y donde la soberanía no es un discurso de gabinete, sino un ejercicio diario de templanza, trabajo y permanencia.

Durante décadas, el país se acostumbró a pensar el desarrollo únicamente a través de la acumulación de «activos»: construir un muelle aquí, asfaltar un tramo allá o inaugurar una infraestructura aislada. Pero la experiencia internacional más lúcida -desde los puertos inteligentes de Singapur y Róterdam hasta la vanguardia de navegación en Noruega- nos demuestra una lección tajante: la geografía por sí sola no genera ventajas estratégicas. La geografía ofrece posibilidades; la estrategia nace cuando una sociedad aprende a gobernar y conducir sus flujos.

Magallanes es, por excelencia, un formidable sistema vivo de flujos: flujos de carga que garantizan la conectividad y continuidad territorial de nuestros compatriotas aislados; flujos de naves comerciales que dinamizan la industria del salmón y generan miles de empleos directos e indirectos; flujos de naves científicas y turísticas que cruzan hacia la Antártica; y flujos de naves que cruzan el Estrecho de Magallanes y otros, operacionales, que diariamente son coordinados y articulados por nuestros agentes de naves y autoridades marítimas. Si esos flujos sufren fricciones burocráticas, si carecen de puertos adecuados o si la toma de decisiones no cuenta con herramientas modernas como la inteligencia artificial y la infraestructura cognitiva de datos, la ventaja natural se diluye en frustración.

No podemos permitir que el futuro de Magallanes se decida por inercia o por visiones fragmentadas. La logística antártica no puede caminar divorciada de la infraestructura portuaria, más que necesaria en Punta Arenas con un Puerto de Aguas Protegidas; el desarrollo energético no puede planificarse a espaldas del cabotaje y de los servicios navieros locales; y la preservación ambiental no debe levantarse como un dogma que asfixie la conectividad y el legítimo derecho de sus habitantes al progreso. Necesitamos una síntesis, una mirada de Estado que vincule la reflexión de largo plazo con el sudor de la operación diaria.

Este próximo miércoles 23 de septiembre, desde las 09:00 horas, abriremos las puertas de la Sala de Artes Escénicas del Centro Cultural Municipal «Claudio Paredes Chamorro» para encontrarnos cara a cara. Reuniremos en un mismo salón al mundo del trabajo marítimo, a la Armada de Chile y su Tercera Zona Naval, a los gremios productivos, a los científicos polares, al mundo académico, al turismo antártico, a las autoridades regionales y, muy especialmente, a la ciudadanía magallánica.

Queremos escuchar la voz de quienes habitan el Estrecho de Magallanes -tema hoy muy en boga-, de los jóvenes que sueñan con estudiar y trabajar vinculados al mar, de los emprendedores y de la gente de mar. El propósito de este encuentro no es redactar un acta de buenas intenciones que termine archivada en una biblioteca; nuestro anhelo es forjar entre todos las bases conceptuales de una auténtica «Declaración de Punta Arenas», un marco soberano que trace las prioridades públicas y privadas de la macrozona para las próximas décadas.

Hace 112 años, Liga Marítima acuñó una máxima que se grabó a fuego en la memoria nacional: «El porvenir de Chile está en el mar». En este 2026, reafirmamos esa certeza agregándole su coordenada geográfica definitiva: ese porvenir se escribe y se defiende desde Magallanes.

Esta cita cobra una vigencia aún más apremiante a las puertas de un nuevo aniversario, este 21 de septiembre, de la epopéyica toma de posesión del Estrecho de Magallanes por la goleta Ancud en 1843, por parte del Capitán Juan Williams. Una hazaña de audacia y visión del Estado de Chile que consolidó el mandato del Uti Possidetis Iuris heredado de la Corona española -conforme al cual este paso interoceánico siempre perteneció a los títulos territoriales de Chile-, adelantándose providencialmente por escasas 48 horas a las pretensiones de la fragata francesa Phaëton. Recordar esta raíz histórica no es un mero ejercicio nostálgico, sino un imperativo soberano indispensable en estos días, cuando recientes y desafortunadas controversias levantadas desde allende los Andes pretenden revivir cuestionamientos anacrónicos sobre aguas e infraestructuras australes que son, en derecho, doctrina y ejercicio efectivo, indudablemente chilenas.

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