Cuando se trata de la relación entre cultura y vida, fe y moral, y fe y razón, en el mundo moderno, no puede dejar de mencionarse el fructífero y luminoso diálogo entre Jürgen Habermas, recientemente fallecido, uno de los máximos exponentes de la racionalidad moderna, y el Cardenal Joseph Ratzinger, uno de los máximos exponentes de la fe católica, en el diálogo sostenido entre ambos, publicado como The dialectics of secularization (on reason and religion), Ignatius Press, 2005 (las traducciones son mías).
No deja de ser interesante que Habermas, quien es la personificación del pensamiento liberal y secular en la cultura contemporánea, plantee que tal vez haya llegado la hora de mirar a la religión no solo como un hecho sociológico, al interior de un ambiente marcadamente secularizado, sino que “la filosofía debe tomar este fenómeno en forma seria y desde adentro, por así decirlo, como un desafío cognitivo”. Añade que el tema de la razón y la revelación es un tema recurrente en la filosofía; ello, en la medida que, cuando la razón reflexiona sobre sus fundamentos más profundos, descubre que debe sus propios orígenes a algo distinto a ella misma.
En otras palabras, la razón que toma conciencia de sus propios límites se trasciende a sí misma en la dirección de algo distinto. Es así como en este diálogo entre el discurso secular que postula estar abierto a todos los hombres y el discurso religioso que depende de las verdades de la revelación, hay un amplio campo de posibilidades abiertas al diálogo y el encuentro: “la filosofía tiene buenas razones para aprender de las tradiciones religiosas”; más aún, la filosofía “debe estar preparada para aprender de la teología, no solo por razones funcionales (…) sino por razones sustantivas”, especialmente en el contexto (que ya se insinúa en el debate intelectual) de una sociedad post-secular.
Por su parte, el Cardenal Ratzinger argumenta acerca de la necesidad de la filosofía y de la razón en una serie de dimensiones; entre ellas, la necesidad de introducir controles éticos y legales frente a un poder con capacidad no solo para hacer (o construir) sino para destruir, como nunca antes se ha visto, lo que abre todo un campo de posibilidades de encuentro entre las distintas culturas; la necesidad de acompañar con una mirada crítica el desarrollo de las ciencias (y de las distintas disciplinas académicas), las que por sí solas no son capaces de dar con un ethos que sepa distinguir entre el bien y el mal; la de relevar el papel del derecho, de la ley y la política en la regulación de las relaciones de poder (para evitar que sea la ley del más fuerte la que prevalezca), al servicio de la justicia (y no del privilegio de unos pocos), asumiendo que la democracia es la forma más apropiada de establecer y articular un orden político (partiendo de la base que aquella no puede descansar solo en el principio de la mayoría); para qué decir la necesidad de actuar en conjunto frente a la creciente identificación entre fanatismo religioso y terrorismo, lo que supone que la religión debe ser colocada bajo la tutela de la razón, tras la búsqueda de una convicción ética efectiva que permita hacer frente a los desafíos de nuestro tiempo.
La Iglesia, continúa Ratzinger, apela no solo a la fe sino a la razón y a la naturaleza, junto con admitir que las apelaciones a la ley natural y a las leyes de la naturaleza, tras la búsqueda de un consenso ético, no han encontrado mayor respuesta en el mundo (secular) moderno. Un ejemplo de esto último es el concepto mismo de derechos humanos, el que debiera asumir que la persona es sujeto de derechos y que su ser conlleva y presupone la existencia de “valores y normas que deben ser descubiertos, pero no inventados”.
Entonces, concluye el cardenal Católico, el gran acuerdo con Habermas pareciera tener relación con la existencia de una “sociedad post-secular”, lo que significa (1) que hay que hacerse cargo de las patologías en la religión, que son extremadamente peligrosas (piénsese en lo que se ha dicho sobre fanatismo religioso y terrorismo, lo que significa ni más ni menos que “la religión debe estar permanentemente disponible a ser purificada y estructurada por la razón”); (2) también hay que hacerse cargo de las patologías de la razón, lo que significa que esta última no puede permanecer dentro de sus propios límites, y (3) la fe cristiana y la fe secular occidental deben ser vistas (y verse a sí mismas) como socias en el diálogo intercultural, sin sucumbir a la tentación de un falso euro-centrismo. En síntesis, ambas deben escucharse entre sí y relacionarse con otras culturas, a partir de la “esencial complementariedad de la fe y la razón”.
Es este último, sin ir más lejos, el verdadero sentido de la encíclica Fides et Ratio, del Para Juan Pablo II, promulgada en 1998, la que empieza con esa bella alusión a que “La fe y la razón son como las dos alas con las cuales el espíritu humano se eleva hacia la contemplación de la verdad”.
En tiempos de la polarización y agresividad de todos los días, en Chile y el mundo, el bello y frucífero diálogo entre Habermas y Ratzinger nos recuerda que no hay sustituto para el día (a través de) y logos (palabras, ideas, amor).
