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El Mundial recién terminado volvió a mostrar cuán rápido cambia la evaluación de quienes lideran. Una victoria puede convertir cada decisión en acierto, mientras una derrota instala dudas incluso sobre aquello que funcionó durante años. Esa forma de juzgar también está presente en las empresas y condiciona la manera en que directorios y gerencias eligen, sostienen o reemplazan a sus ejecutivos.

En Chile todavía existe una fuerte tendencia a medir a los líderes por la fotografía más reciente. Un buen trimestre eleva reputaciones, pero una crisis puede instalar dudas sobre la mejor de las trayectorias. Bajo esa lógica, las organizaciones corren el riesgo de confundir desempeño coyuntural con capacidad de conducción, especialmente cuando necesitan tomar decisiones bajo presión.

La elección de un alto ejecutivo suele comenzar por los antecedentes visibles. Experiencia en la industria, cargos equivalentes, resultados financieros y participación en procesos de crecimiento. Son criterios necesarios, aunque no suficientes para anticipar cómo actuará una persona cuando el escenario cambie, el equipo pierda confianza o la estrategia deje de funcionar. Ahí aparece la parte menos cómoda de la evaluación: conocer la forma en que ese líder construye relaciones, enfrenta el fracaso y revisa sus propias convicciones.

Los equipos que logran sostener un alto desempeño en el tiempo suelen combinar diferentes trayectorias, roles y generaciones, mientras sus líderes ajustan el plan cuando la realidad contradice la idea inicial. Para hacerlo, se requiere leer el contexto, comprender las capacidades disponibles y corregir sin perder el foco. Esa disposición sigue siendo necesaria en muchas organizaciones, donde cambiar de opinión puede interpretarse como una señal de debilidad.

En el mercado chileno se valora la seguridad que transmite una trayectoria conocida. Contratar a alguien con una trayectoria predecible facilita la explicación del nombramiento, aunque también puede llevar a repetir soluciones diseñadas para problemas anteriores. Cada empresa tiene una cultura, una historia y tensiones propias. El ejecutivo adecuado depende de ese contexto y de su capacidad para comprenderlo antes de intervenir. En ese sentido, el liderazgo no se define únicamente por los resultados obtenidos en el pasado, sino también por la capacidad de leer una organización, escuchar antes de actuar y adaptar el propio estilo a una realidad diferente.

Los líderes más efectivos no llegan necesariamente con todas las respuestas. Llegan con las preguntas adecuadas, identifican dónde están las capacidades y resistencias de la organización, y distinguen qué debe preservarse, qué debe evolucionar y qué necesita transformarse. Más que replicar una fórmula exitosa, su verdadero aporte está en construir una respuesta pertinente para el desafío particular que tienen por delante.

El liderazgo adquiere valor en la capacidad de sostener a un equipo después del éxito, atravesar una derrota y volver a decidir sin refugiarse en fórmulas conocidas. Los resultados importan, pero la verdadera medida de un líder aparece cuando cambian las circunstancias y la organización sigue necesitando una dirección clara en la cual confiar.

Managing Director en Stanton Chase Chile

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