Durante años hemos hablado de Chile desde la crisis: seguridad, crecimiento, confianza y convivencia. El diagnóstico se volvió costumbre hasta confundir el descontento con la desaparición del vínculo nacional.
El estudio Orgullo Chileno 2026, elaborado por Marca Chile e Ipsos a partir de 3.200 encuestas, muestra que el 78% se identifica fuertemente con su nacionalidad y el 71% siente orgullo por el país. Son los registros más altos desde que comenzó la medición, en 2019.
Después del estallido social, la pandemia, dos procesos constitucionales fallidos y una confrontación política que convirtió diferencias en trincheras, seguimos reconociéndonos como chilenos porque, aun bajo el ruido, la patria permaneció.
Nada asegura que ese sentimiento perdure. Una nación se aprende en la escuela, los símbolos y las instituciones. El Estado puede cuidar ese vínculo o desgastarlo.
En los 26 cantones suizos conviven cuatro lenguas nacionales y fuertes autonomías territoriales. En 2024, Ipsos registró un 65% de fuerte orgullo nacional. Su cohesión se apoya en instituciones confiables, federalismo y democracia directa. Los suizos no necesitan parecerse para reconocerse como parte de un mismo país.
Chile tampoco tiene que escoger entre diversidad e identidad. Pueblos originarios, inmigrantes y tradiciones diferentes caben en un relato común que todos puedan conocer, discutir y continuar.
Durante demasiado tiempo confundimos la valoración de la diversidad con el abandono de lo común. En 1998, Educación Cívica dejó de ser una asignatura autónoma y sus contenidos se distribuyeron en el currículo. Solo mucho después recuperó un espacio propio en tercero y cuarto medio. La dispersión tuvo un costo.
Las responsabilidades están repartidas, pero tienen nombre institucional. Gobiernos de distinto signo cambiaron el currículo sin asegurar continuidad en la formación cívica. Las reformas educacionales no protegieron debidamente los liceos públicos de excelencia. Entre 2015 y 2023, la matrícula de los emblemáticos cayó 16%, mientras sus sostenedores y las autoridades fueron incapaces de resguardarlos de la violencia. Los partidos convirtieron nuestra historia en otra trinchera y renunciaron a sostener un relato mínimo compartido.
En el mundo académico y cultural también ganó terreno la sospecha ante los símbolos y la idea de patria, como si todo relato común escondiera una imposición. Conocer los abusos y las deudas de Chile es indispensable, pero convertirlos en la única herencia deja a las nuevas generaciones sin razones para cuidar lo recibido ni voluntad para mejorarlo. Hablar con orgullo del país llegó a parecer ingenuo o reaccionario.
Elinor Ostrom mostró que la cooperación se sostiene cuando las comunidades participan en sus reglas y pueden exigir que se cumplan. Una nación requiere esa misma experiencia de legitimidad y reciprocidad.
El 9 de septiembre, AthenaLab presentó Identidad y Cohesión Nacional: Chile en perspectiva, de John Griffiths y Aldo Cassinelli. El informe puede abrir una conversación que Chile ha postergado sobre qué nos mantiene unidos, dónde se abrieron las fracturas y cómo influyen la educación, la cultura, las instituciones y la migración.
Esa conversación debe traducirse en decisiones. La formación ciudadana necesita continuidad desde la enseñanza básica y debe incluir historia, instituciones, derechos y deberes. Los liceos públicos de excelencia merecen ser recuperados, con reglas que reconozcan el mérito y protejan las oportunidades de quienes más dependen de la educación. Fuera del aula, necesitamos espacios públicos y ritos republicanos que vuelvan a reunirnos.
Un estudiante que termina la escuela sin comprender los episodios esenciales de nuestra historia pierde parte de su vínculo con el país. Un barrio entregado al narcotráfico aprende que las reglas comunes no valen para todos. Ninguna bandera puede compensar indefinidamente esas experiencias.
Ser chileno en una sociedad más diversa no depende del apellido, del lugar de nacimiento ni de una supuesta pureza cultural. Significa compartir responsabilidades y afectos, reconocer una historia común y participar en la construcción de la que viene.
Ese 78% constituye un capital social y político que Chile no debería desperdiciar. Existe una base más sólida de lo que sugiere la conversación pública para recuperar acuerdos y emprender proyectos colectivos.
Después de años preguntándonos qué país queremos, llegó el momento de ocuparnos del país que estamos formando. Aún hay patria, ciudadanos. Falta volver a hacernos responsables de ella.

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