octubrismo

Pasó algo curioso durante el estallido. La Plaza Italia, el ombligo de Santiago, fue rebautizada por los manifestantes como “Plaza Dignidad”. El lugar no sólo cambió de nombre durante la fiebre octubrista. También fue el templo pagano de todos quienes profesaron esa fe poco clara y, por lo mismo, lugar de peregrinación, de celebración de matrimonios y rituales donde se prometía una patria nueva, un Chile despierto, hijo de las manifestaciones. Cualquiera que haya visto lo que quedó, con ojos de adulto, habría notado la pobreza simbólica del lugar: la decoración artesanal con flores en potes de yogur, animales hechos de lana de colores, papelitos de buenos deseos, más propios de un jardín infantil que del epicentro de un fenómeno social. Los manifestantes llenaron la entrada al Metro con tierra y, encima de eso, pusieron rollos de pasto; rollos que, como nadie los regó, se volvieron una capa más de polvo.

Por eso, las palabras del diputado Jaime Bassa ante el retorno de la estatua restaurada de Baquedano a la plaza significan mucho: “Pongan el monumento que quieran, esa plaza es y seguirá siendo Plaza Dignidad”. No se trata de un mero juicio político o histórico, pues al reivindicar ese nombre, se reivindica todo un imaginario. Con sus palabras, revive la nostalgia kitsch del feísmo y el frenesí violento de las manifestaciones, la romantización de los enfrentamientos entre la primera línea y Carabineros, como si olvidara que la república (y no solo el gobierno de Piñera) pendía de un hilo. Aunque hoy pocos reivindican directamente ese sentir y nadie osaría declararse octubrista, por aquel entonces muchos cayeron rendidos ante la estética atronadora (aunque fea) que bañaba las calles. Basta recordar la apología que se hizo de los elementos más violentos de las protestas tanto en el Senado como en el Festival de Viña (como hizo Stefan Kramer). Siempre puede volver, y algunos quieren hacerlo volver (basta con ver el video que publicó el propio Bassa en Twitter).

Porque bajo la aparente buena intención de escuchar los dolores aún no resueltos de los chilenos, se esconde la pulsión de retomar aquel proyecto refundacional que fracasó. Se esconde, sobre todo, la ceguera de quienes tuvieron en sus manos la posibilidad de encauzar el momento de mayor fragilidad institucional desde el retorno a la democracia. Como si el tiempo transcurrido entre 2019 y hoy fuera sólo un paréntesis amnésico, como si se pudiera retroceder la vida del país a ese entonces para, ahora sí, asistir al parto de un nuevo Chile. Se ha insistido mucho en la necesidad de que las izquierdas hagan una autocrítica. Hasta ahora, se ha limitado a emplear distintas variantes de la frase “no puedes ir más rápido que tu pueblo”, a apuntar a defectos del proceso, a la performance estrafalaria de algunos convencionales y dirigentes de partidos. Pero se ha dicho considerablemente menos sobre cómo las izquierdas interpretaron lo que sucedía en la calle, su rendición al asambleísmo y su falta de argumentos para frenar los impulsos más radicales (producto de una argumentación que se rendía acrítica ante la “agencia del pueblo”).

Ese es el imaginario que subyace a las palabras del diputado Bassa, uno que se sujeta al desborde de aquel octubre como el medio por el cual se pueden modificar las reglas del juego, aferrado a un momento en que la historia parecía estar de su lado. En nombre de la realidad, de “problemas sociales” mencionados con vaguedad, aparece justamente lo contrario: una negación de esta, un intento desesperado por retomar un programa de refundación maximalista al que la ciudadanía dio la espalda.

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