Credit: PUCV

En una ponencia universitaria, un profesor critica una ley vigente y la universidad donde trabaja activa contra él protocolos de acoso, hostigamiento, violencia y discriminación arbitraria. El episodio no es un caso ficticio de literatura distópica, sino un hecho ocurrido en la Universidad Católica de Valparaíso la semana pasada. Un biólogo y doctor en Ciencias argumenta críticamente contra la ley de identidad de género y el programa “Crece con orgullo” y el resultado es el recién descrito. Como ha destacado Gregorio Binda, el mundo de Orwell parece está muy cerca. ¿Se equivoca? Guardando las distancias, es posible que no.

El argumento del biólogo de la UCV se funda en la idea de que, científicamente, el cambio de sexo no existe (“Todas las células de mi cuerpo son XY […]. Ninguna reflexión profunda individual, colectiva o cultural y social podrá cambiar esa naturaleza de mi ser varón. Tampoco lo podrán hacer las hormonas o la cirugía”) y en la idea de que se expone a niños y adolescentes vulnerables a daños físicos y psicológicos severos. Se podrá estar de acuerdo o no con esta crítica o incluso con el modo de formularla, pero el caso revela el problema de que hay cosas que ya no se pueden decir. Más aún: hay cosas que en la universidad, el lugar por definición del pensamiento libre, no se pueden decir.

Hechos como éste se suelen caracterizar como orwellianos por razones conocidas. En su famosa novela 1984, Orwell bosqueja un agobiante futuro en que todo se encuentra bajo la mirada omnipresente del Gran Hermano, un líder cuyo influjo alcanza los rincones más recónditos de la vida social. Las lógicas de control que rigen este mundo se vinculan con el miedo: quien se escapa de la norma, del discurso oficial, sólo puede temer las consecuencias. En la sociedad de Orwell existe el Ministerio de la Verdad, cuyo cometido es reescribir continuamente la historia, velar por que los hechos se ajusten al relato dominante. No pueden quedar cabos sueltos.

Hace tiempo que somos conscientes de que dinámicas como ésta no operan únicamente en regímenes totalitarios. Que la tiranía del pensamiento dominante ejerce un poder análogo en democracias liberales es casi una experiencia cotidiana, en que todos percibimos de un modo u otro el riesgo de expresar ciertas ideas. El mero hecho de plantear una pregunta o de escribir una columna como ésta puede ser motivo de funa. Y nadie quiere estar en las listas negras. Nadie quiere ser tildado de reaccionario, retrógrado o transfóbico.

No es difícil entender el temor que puede haber llevado a las autoridades de la UCV a responder de ese modo a los dichos de uno de sus profesores: la fuerza de ciertos grupos activistas o la presión de los mismos estudiantes puede resultar muy intimidante. El miedo ejerce su poder y se manifiesta tanto en la censura como en la autocensura. Cabe compartir o no los argumentos sobre una ley, pero pareciera que sólo un temor muy grande puede llevar a excluirlos del debate racional universitario y tratarlos como acoso, hostigamiento, violencia o discriminación arbitraria.

Hay otro aspecto relacionado con lo anterior por el que este episodio puede ser considerado orwelliano. Quien no adhiere públicamente al nuevo “sentido común” que instaura el poder anónimo corre el riesgo de ser tratado como paria, de situarse fuera de los márgenes de la civilización. Como en la novela de Orwell, el Gran Hermano produce la unidad, la cohesión, la funcionalidad del mundo. La paradoja es que, para conseguirlo, necesita del miedo, de la delación, del recelo recíproco. La “hermandad” de esa sociedad se fragua en la desconfianza, en el aislamiento: el silencio forzado es el precio de integrarse.

Así, las autoridades universitarias, aunque no busquen construir una sociedad de rasgos totalitarios, podrían estar empujando en esa dirección al sucumbir a esta ilusión orwelliana: la de pensar que la censura y la homogeneidad discursiva pueden producir la cohesión, la unidad, un mundo en que entre todos nos cuidamos.

Pero no todo es tan armónico, tan redondo. Las grietas que han aparecido en el discurso hegemónico en los últimos meses -el informe británico Cass, que puso en duda el supuesto consenso científico en torno a la hormonización cruzada de niños, y diversos reportajes en medios chilenos- sugieren que la realidad es mucho más compleja. La unidad nunca se consigue por la fuerza, por la mera clausura de la racionalidad. Pretenderlo en la universidad, el lugar de la razón, es al menos utópico.

Investigadora de Signos, Universidad de los Andes.

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1 Comment

  1. Siempre los liderazgos y rectificaciones tienen que venir del extranjero…..se supone que si se invierte tantos recursos para formar profesionales universitarios es para que tengan fuerza de argumentos, convicción, liderazgo y practicarlo. Ya cuando caso todas las universidades las controlan minorías bulliciosas y violentas y la gran mayoría se retira y les deja el campo abierto, habla mal, muy mal de vuestras formaciones, creencias y sólida valentia….una lastima, huele a una generación de pusilánimes y cobardes

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