Hermosilla

No me gusta cuando callas porque estás como ausente

¿En cuánto tiempo se instala la idea de que la justicia es discriminatoria y de que los poderosos la manipulan a su favor? Eso depende de cuánto se demoren en llegar las explicaciones cuando se destapa un caso como el de Hermosilla.

La percepción ciudadana necesita unos pocos días para instalarse. Han pasado semanas y las explicaciones nunca llegaron.

No me refiero a fallos judiciales. Ya sabemos que la justicia es lenta hasta para salvarse. Tampoco se trata de que hablen intermediarios encargados de vincular a la Presidencia, los tribunales, el Senado y todo tipo de aspirantes a ocupar puestos. No es cosa de mensajeros, sino de destinatarios, ni de veredictos, porque se requiere de aclaraciones entendibles por quienes han perdido la confianza.

En la derecha lo que más se ha escuchado es el silencio de Andrés Chadwick y su efecto ya es muy negativo. Sea cuando sea que se decida a hablar ya será tarde, dejará con gusto a poco y la sensación de que hay cosas que se guarda. Lo que diga a partir de ahora será decepcionante. Nadie se demora un mes en dar explicaciones sencillas y sinceras.

Chadwick dejó pasar tanto el tiempo que ya no puede extrañar que se eleve el tono de los que piden que tome la palabra, no por obligación jurídica, sino por responsabilidad política. Por eso son cada vez más, como el presidente del Senado, José García Ruminot, quienes le estén pidiendo “una participación más activa en explicarle a la ciudadanía”. Si todavía se lo tienen que pedir es que ha llegado tarde.

Las palabras pronunciadas en momento oportuno hubieran detenido las consecuencias directas en la persona del exministro, pero esa oportunidad ya pasó y a punta de ausencias nada se detiene. Un rodado dio paso a una gran avalancha que siguió rumbo a su partido y al gobierno en el que participó. Ellos deben asumir una sospecha más que una acusación, pero que no por difusa es menos dañina.

Esto parece la antítesis del espíritu original de la UDI en el que cada uno parecía estar al servicio de una misión política. La nueva actitud asemeja a la versión posmoderna de los tres mosqueteros: “todos para uno y uno para sí mismo”.

Hermosilla hoy y mañana, Hermosilla toda la semana

Sin embargo, no hay que equivocarse. Estamos ante una falla institucional, no ante un problema circunscrito a la derecha. Queda en evidencia una práctica de reproducción en el poder entre los de siempre, mediante apoyos cruzados.

Hay Hermosilla para todos, porque nadie dijo que el Señor de los Corrillos se especializara en influir únicamente a la actual oposición. Sin acceso a todo el espectro de los que toman decisiones no hubiera podido cumplir su cometido, o fueron otros los que mediaron porque nadie tiene el monopolio de esta función.

No hay que reírse de la desgracia ajena, sobre todo cuando no es ajena. La reacción ciudadana ante el caso Hermosilla no va a distinguir entre moros y cristianos. El voto ciudadano, ahora en versión obligatoria, no se definirá por acontecimientos del pasado, sino por lo que sucede en estos días. Y, después de tanto desprestigio, no hay motivos para esperar aplausos.

Entre votos nulos, la dispersión de opciones y la preferencia por los independientes, el malestar ciudadano, con justificación de sobra, se volverá a expresar. En general, el desempeño político es pobre. Las derrotas o tropiezos más importantes de nuestras figuras conocidas no se han originado en debates de interés. Lo común es que los jugadores se marquen solos o se tropiecen con la pelota.

Si hay Hermosilla para todos, importa saber cómo los actores políticos se preparan para cuando se conozca la verdad completa. Si nuestras instituciones son mucho menos correctas de lo que suponíamos, se están defendiendo mucho más de lo que esperábamos. Del marasmo no saldremos sin más acuerdos constructivos.

La oposición está dispersa, dividida y en competencia hacia adentro, pero con la primera opción de ganar. Aquí como en el oficialismo, el problema se presenta con los que están al lado, más que con los del frente. Los acuerdos solo predominarán cuando una alianza de moderados de ambas riveras termine por predominar.

Nos esforzamos por cuidar nuestros defectos

Estamos en un ciclo de bajo desempeño político transversal. No se nota más porque es un mal compartido y se asemeja a la normalidad. Sin embargo, percibimos que son más los problemas que se acumulan que los que se resuelven.

Al estallido ha seguido una crisis de credibilidad en la justicia, en el intertanto las coaliciones a ambos lados del espectro no se han consolidado. En el proceso constituyente los extremos se mostraron incapaces de asumir un liderazgo que sigue vacante. Muchos se ofrecen desde fuera de la política como salvadores, pero decepcionan pronto y ya no regresan, la ignorancia de sus reglas básicas suma nuevos errores y no soluciones.

Puede que Daniel Mansuy tenga razón al señalar que “la derecha no está preparada para ganar la presidencial ni para gobernar”, y que le falta “hambre” de victoria porque ni aún perdiendo deja de tener el control. Pero más significativo aún es la común preferencia por la comodidad en perjuicio del sentido de urgencia en asegurar la gobernabilidad en peligro.

La derecha perdió con Sebastián Piñera a un líder al que no le ha encontrado reemplazo. El actual liderazgo de este sector es deficiente, porque no se han constituido los equipos que se necesitan a su alrededor y la falta de coordinación se hace sentir a cada paso.

Lo más fácil de proponer es cambiar a los demás en vez de mejorar el desempeño propio. Ahora se está llamando “reforma política” a la disminución de los partidos y a una mayor sanción a la renuncia a las tiendas partidarias, que hoy no significa una pérdida simultánea de un escaño parlamentario

Disminuir el número de partidos importa, pero mucho más determinante es que estas organizaciones, sin importar su tamaño, puedan defender puntos de vista relevantes y alcanzar acuerdos con sus adversarios. Chile Vamos tiene partidos importantes en el país y, sin embargo, no pasa esta prueba. No van a ser cambios en la legislación los que alteren este hecho.

Más que el número de partidos, el problema del sistema político es la cantidad de numeritos que se mandan, aún aquellos de los que debiera esperarse una conducta más responsable. La indisciplina no se detiene en los partidos pequeños.

Se quiere enfrentar las debilidades institucionales, pero al mínimo costo y, como esto se percibe, la credibilidad va en retroceso. No sirve seguir administrando crisis de coyuntura. No hay ausencia de consensos, hay incapacidad de la elite política de convertirlos en acuerdos que se aprueben. Sin el entendimiento de los moderados eso no va a ocurrir. La gobernabilidad sigue a la espera de conductores.

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