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La amplitud del resultado del plebiscito de salida en septiembre de 2022 sorprendió a moros y cristianos. La mayoría de las encuestas realizadas con anterioridad al referéndum vaticinaban entonces un triunfo estrecho del Rechazo. Esa supuesta estrechez dejaba la puerta abierta, incluso, para imaginar el resultado improbable, pero no imposible, del Apruebo. Grande fue la sorpresa que comenzó a desplegarse en horas de la tarde de ese domingo 4 de septiembre: un macizo rechazo al proyecto de la Convención Constitucional, que se elevó al 62% del electorado, convirtiéndose en uno de los resultados más inesperados de las elecciones en el país desde la recuperación de la democracia.
La explicación no tardaría en quedar a la luz. Se encontraba en el voto obligatorio, que había dejado de exigirse a partir de 2012, y cuyo cumplimiento en el plebiscito de salida llevó a casi duplicar la masa de votantes respecto de la que eligió al Presidente Gabriel Boric, apenas unos meses antes en diciembre de 2021. Se trataba de un gran contingente de personas -casi la mitad del electorado- que había dejado de sufragar del todo, incluso en las trascendentales elecciones presidenciales, completamente alejado de la política y de sus instituciones. Detectar confiablemente su comportamiento en las contiendas electorales, a las que acude ahora sólo para cumplir con una obligación legal, es un serio problema. Pronosticar resultados en este contexto se ha vuelto de pronto en un arriesgado ejercicio.
Hasta aquí el En Contra corre con ventaja en la gran mayoría de las encuestas de opinión pública que se han conocido. Pero ¿podría una nueva sorpresa dejar atónitos a los encuestadores en la tarde del próximo 17 de diciembre, cuando se conozcan los resultados del plebiscito convocado para esa jornada? Nadie lo sabe a ciencia cierta. En los diecisiete días que restan para la elección muchos indecisos tomarán la decisión que han venido postergando y su votación será determinante en el resultado final. Ellos podrían ser responsables de una sorpresa que todavía hoy asoma improbable.
En ese caso, el 27 de diciembre se promulgaría y entraría en vigencia la nueva Constitución Política de la República, la primera elaborada y aprobada en democracia en nuestro país. A partir de esa fecha quedaría derogada la Constitución que ha regido a generaciones de chilenos desde 1980, una derogación que anhelaron incansablemente quienes ahora se aprestan a votar En Contra para mantenerla vigente -su duración podría prolongarse al medio siglo o más. En cambio, una sorpresa en el próximo plebiscito culminaría en la publicación de la nueva Carta Fundamental en el Diario Oficial ese mismo 27 de diciembre, en lo que sería una de las “astucias” (Brunner dixit) más resonantes de nuestra historia reciente.
Y aunque para muchos nada demasiado dramático se juega en el plebiscito de diciembre, lo cierto es que no se juega poco: ni más ni menos que las reglas que van a regir nuestras vidas en sociedad por un tiempo que no será corto y, sobre todo, un marco institucional para dar origen al nuevo ciclo de desarrollo que el país requiere emprender sin demora. En poco menos de un mes, el 27 de diciembre, los chilenos podrían dejar atrás la Constitución de 1980, la de los cuatros generales, devenida en la Constitución de Lagos, e iniciar el día bajo el imperio de una nueva Carta Fundamental. Sería la gran novedad de ese miércoles, próximo al fin del año, que en caso contrario pasaría como cualquier otro día de los que han transcurrido ya por tanto tiempo en el país.

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