“Odio y amo. Por qué me pasa esto, acaso te preguntes. No lo sé, pero siento que pasa y me torturo”. Como el poeta romano Catulo, que vivió en siglo I antes de Cristo yo, en pleno 2026, vivo en una contradicción latente. Odio el fútbol y amo el fútbol, en partes iguales y sin que ninguna ceda terreno. Es difícil de explicar. El comportamiento tribal, esa masa que se mueve desde las graderías y siempre al compás de la pelota, me resulta insoportable. Y, sin embargo, ese mismo movimiento me parece de una belleza casi cegadora: el asombro que produce la hazaña, el triunfo que se juega en un segundo, simplemente me emociona. Con los años he aprendido a convivir con esa dicotomía. Así que después de haber renegado del fútbol en más de alguna publicación, no tengo ningún problema en transformarme, llegado el momento, en la hincha más acérrima del planeta.

Confieso también, y sin vergüenza, mi amor por Argentina. Mi candidato natural, siempre. Sin embargo, a medida que el Mundial avanzaba hacia las instancias decisivas, me fui encontrando cada vez más sola frente al televisor. La audiencia con la que compartí esas transmisiones se repartía entre todos menos entre los míos. Y, cuando España hizo el gol que la convirtió en campeona del mundo, el ambiente se tiñó de una sensación de alivio extrañamente parecido a la justicia.

Lo más curioso vino después. La alegría reinante no fue solo un desahogo sudamericano de vecinos celosos, fue la concreción de un diagnóstico global que denunció la soberbia, la provocación y el exceso de una selección que, según medios de todo el mundo, confundió el orgullo con la prepotencia.

No juzgaré a Argentina, tampoco a su selección. En eso ya está media prensa europea. Sin embargo, no puedo dejar de preguntarme por qué a los chilenos esa crítica -que el VAR debería revisar antes de que yo misma decida si la comparto- nos calza tan bien, por qué la sentimos tan propia, tan nuestra, casi como una revancha histórica que no necesitó jugarse en una cancha.

Creo que la respuesta puede resultar fastidiosa, al menos para algunos: nos sentimos cómodos en nuestra propia medianía. Y esta medianía no nació con el pitazo que terminó aquella final de lluvioso domingo: se arrastra desde Portales, desde esa forma de Estado que prefirió el orden a la gloria, la administración al héroe, el peso y la medida al arrebato bolivariano. Somos, al menos desde el siglo XIX, la república contable de un continente de caudillos. No tuvimos héroes militares ni políticos carismáticos, y con el tiempo dejamos de quererlos: preferimos, sin darnos mucha cuenta, funcionarios grises, disciplinados, casi anónimos, que garantizaran continuidad antes que épica. Y, aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid, es la misma virtud que el novelista español Javier Marías le atribuye a su Tomás Nevinson: un hombre que sirve mejor cuanto menos se le nota, porque la eficacia no necesita aplausos, solo resultados.

Por eso la escena reciente que tuvo como protagonista a la exvocera de gobierno Mara Sedini resulta tan reveladora. Ella relató que, al asumir, alguien del entorno de poder le explicó las reglas del juego con una frase que bien podría ser nuestro escudo nacional: «(…) este es el gobierno de los fomes, nos vestimos fome, hablamos fome, respondemos fome». Acto seguido, el biministro Claudio Alvarado respondió a las acusaciones de Sedini evadiendo la controversia, y afirmó: “Si mi respuesta en ese sentido es fome, lo lamento (…).” Esta no es solo la imagen de una administración: es el autorretrato de un país. Y lo notable es que, guste o no, esa fórmula nos funciona. No ganamos mundiales, ni siquiera vamos, pero tampoco nos incendiamos -salvo aquel octubre que se escapó de las manos- con la misma frecuencia que nuestros vecinos. La mesura, tan poco heroica, nos ha dado más estabilidad que gloria.

Hace justo un siglo, Vicente Huidobro firmó su Balance Patriótico, un diagnóstico feroz sobre este mismo país: “(…) adorando a Chile, amando a su patria desesperadamente, como se ama a una madre que agoniza (…)”, la acusó de cargar todos los inconvenientes de un pasado glorioso sin nunca haber pasado por la gloria, de ser un pueblo resignado, satisfecho en su propia insignificancia. Cien años después, esa resignación sigue ahí, intacta. Y, sin embargo, donde Huidobro veía una vergüenza que había que extirpar a gritos, hoy quizás, algunos, la leemos como una fórmula que, mal que le pese al poeta, terminó funcionando. Como quien no espera demasiado de la vida rara vez se decepciona, nosotros hace tiempo asumimos que jamás nos tocará deslumbrar. Puede que esa sea, precisamente, nuestra manera silenciosa de ganar: sin épica, sin héroes, sin Messi; sin presidentes con motosierras ni presidentas verborreicas y glamorosas. Pero también, sin la resaca que viene después de haber apostado todo a un solo hombre y a una sola noche. Siempre tortuga, nunca liebre. Y, a estas alturas, ya deberíamos saber cómo termina la fábula.

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