Hace unas semanas planteé, como tema de debate, la crisis de identidad que sufren hoy los partidos que conocemos como izquierda democrática. Debido a esa crisis, no fueron capaces de ofrecer una alternativa consistente a la Ley de Reconstrucción presentada por el gobierno, frente a la cual sus acciones que más se recordarán serán, probablemente, una presentación ante el Tribunal Constitucional que más parece una suerte de “saludo a la bandera” y ¡la abolición del interés compuesto! que, si no fuera vetada por el Presidente, probablemente obligaría a la eliminación de esta materia de los cursos de economía y de negocios de todas las universidades del país… por ilegal.

De no superar su crisis de identidad, la izquierda democrática volverá a tener una pálida actuación frente al nuevo paquete de propuestas -esta vez dedicado a la seguridad pública- que el gobierno acaba de presentar. Confundidos como están, corren el riesgo de seguir poniendo todo su empeño en intentar crear grandes circunstancias a partir de pequeñas situaciones (a veces detalles), mientras el gobierno logra su propósito inicial.

La confusión de la izquierda democrática es un efecto de las mutaciones que ha experimentado la sociedad en el nuevo siglo. En la medianía del siglo pasado ser de izquierda significaba proponerse superar el capitalismo para construir una sociedad socialista. Los caminos podían ser distintos -la revolución, las reformas, la vía democrática o la «vía no capitalista de desarrollo» de la Democracia Cristiana-, pero una certeza los sintetizaba: el capitalismo era una etapa histórica destinada a ser superada.

Hoy esa certeza ha desaparecido y no ha surgido otra igualmente clara. La caída del bloque soviético, las reformas introducidas en China (una impresionante economía capitalista regida por una dictadura comunista) y la evolución de los países socialdemócratas europeos han terminado por demostrar que las economías de mercado no eran un fenómeno pasajero de la historia, sino el marco dentro del cual terminarían desenvolviéndose prácticamente todas las sociedades democráticas.

De ahí que la crisis de identidad que vive la izquierda democrática pueda ser expresada con una interrogante simple: ¿qué significa ser de izquierda en una sociedad donde ya no existe una alternativa creíble al capitalismo? Desde luego no es una interrogante que oprima o deprima al Partido Comunista de Chile. Ellos tienen un camino definido desde el momento de su fundación hace más de cien años y no se apartan un centímetro de él, sin parar mientes en las transformaciones que haya experimentado la sociedad durante ese siglo ni durante los casi dos siglos que han transcurrido desde que Carlos Marx y Federico Engels lo trazaron.

La izquierda democrática no comparte el camino que ofrece el Partido Comunista, pero hasta ahora no ha hecho explícita esa realidad. Simplemente ha dejado de actuar como si creyera posible reemplazar el capitalismo, aunque sea incapaz de explicitarlo. Y por no hacerlo, su identidad continúa anclada a un supuesto que ya nadie comparte plenamente. Y lo más importante: en esa condición no puede ofrecer una alternativa de futuro creíble al país, pues siempre terminará enredada en los pliegues de la confusión entre su ser real y un pretendido ser que es más que nada nostalgia de aquel tiempo en que todas las respuestas terminaban englobadas en esa aspiración de “acabar con el capitalismo”.

Para salir de su confusión, la izquierda democrática podría comenzar por hacerse cargo de que aquellos principios prácticos que la han cobijado hasta ahora más allá de su obsesión anticapitalista, esto es la justicia social, la igualdad de oportunidades, la movilidad social, la protección de quienes carecen de poder, la dignidad del trabajo, la ampliación de las libertades o la lucha contra los privilegios, siguen vigentes en el capitalismo, porque en él no han desaparecidos ni los problemas sociales ni la pobreza ni la desigualdad ni la exclusión o los abusos del poder económico. Hecha esa constatación, su problema de identidad encontraría una vía simple de solución si invirtieran la pregunta que ahora los abruma: si en lugar de preguntarse por qué otra cosa reemplazar al capitalismo, se preguntaran cómo construir un capitalismo mejor. Uno más justo, igualitario en oportunidades, sin obstáculos a la movilidad social, protector de quienes carecen de poder y dignificador del trabajo, en el que las libertades estén en constante ampliación y los privilegios en constante retroceso.

José Joaquín Brunner ha estado planteando esta perspectiva en diversos artículos de opinión y en reflexiones que publica en su propio blog. En una de ellas, titulada sugestivamente “¿Hay vida después del socialismo?”, señala: “Durante cien años, la izquierda creyó que su misión era derrocar por completo el capitalismo, reemplazándolo de una sola vez por un nuevo orden planificado desde el centro, controlado por el Estado y liberado de la anarquía del mercado. Este sueño… no condujo a la emancipación sino a su opuesto: economías burocratizadas, sociedades vigiladas y libertades suprimidas en nombre de una libertad futura”. Y concluye: “Esa perspectiva no se supera con un enfrentamiento prolongado ni con una autopsia interminable. Se supera con convicción: la lucha no es contra el capitalismo, sino dentro de él… Reconocer esto… significa dejar de luchar contra un ‘fantasma’ para enfocarnos en qué y cómo se debe cambiar, ‘en la medida de lo posible’”. Y en otra reflexión reciente avanza un paso más, afirmando que la izquierda democrática debiera reivindicar como propia la democracia liberal progresista. La expresión desplaza el eje del debate a la calidad de las instituciones democráticas, la vigencia de las libertades, la igualdad de oportunidades y la capacidad de construir sociedades abiertas donde el crecimiento económico y la justicia social no se perciban como objetivos incompatibles.

Mario Waisbluth ha ido aún más lejos en aquello de “dejar atrás” el fantasma del anticapitalismo, para abordar lo que él llama “un nuevo ciclo de progreso”: publicó en diciembre pasado un libro que tituló gráficamente “Qué hacer con Chile”, en que plantea 10 propuestas -organizadas en 3 pilares- que se distribuyen en 61 líneas de acción. Sobre esa base describe trece elementos que configuran una visión de lo que podría llegar ser nuestro país si se adoptaran las propuestas que él plantea. En su prólogo a este libro, Sebastián Edwards nos indica que en la base de esta visión “…está la idea de un Chile próspero, solidario, tolerante e inclusivo” que confirma que “Chile también debe ser un país lleno de oportunidades, un país justo, con una cancha pareja, sin obstáculos para nadie”.

¿Acaso esos no deberían ser los objetivos de una izquierda democrática que busca transformar la sociedad sin necesidad de definirse por aquello que combate, sino por aquello que aspira a construir? Una izquierda que comprenda que el capitalismo no constituye el problema que debe eliminarse, sino la realidad económica que debe modelarse. Si ese cambio llegara a producirse, la izquierda democrática volvería a tener algo de lo que ha carecido por demasiado tiempo: un proyecto para el futuro de Chile. Y podría también estructurar una oposición madura, inteligente y constructiva no sólo al actual gobierno, sino que a cualquier adversario con el que deban lidiar en un marco democrático.

Economista y escritor. Exsubsecretario de Economía y exembajador de Chile

Participa en la conversación

1 Comment

  1. Parece una idea muy cuerda e interesante. El problema es que eso fueron entre 1990 y 2013. Entonces ahí viene un problema de fondo y de credibilidad. Creen de verdad en ello o es un medio, un camuflaje para sortear el maremoto?????? Creen en ello o creen en los caminos de 1965, 1967, 70/73, o 2019????? La propuesta efectuada es un fin en si mismo o un medio, y revertida la situación vamos por el poder total nuevamente??????????????????????

Deja un comentario
Debes ser miembro Red Líbero para poder comentar. Inicia sesión o hazte miembro aquí.