“…el mundo se enturbia, parece. Y el alma cae en una telaraña de barro. Eso es la confusión. Lo peor, dicen”. Así cuenta el “kenkitsatatsirira” de los machiguengas, que le ha contado a su vez Tasurinchi, el yerbatero, en El Hablador, la novela de Mario Vargas Llosa. Es también la palabra -y la condición- que mejor describe hoy el estado de la izquierda chilena. No se trata de un mal momento político o de una derrota circunstancial. Se trata de algo mucho más profundo: una crisis de identidad. La incapacidad para responder las preguntas más elementales de toda fuerza política: ¿Quiénes somos? ¿Qué proyecto ofrecemos al país? ¿Cuál es el horizonte hacia el cual queremos conducir a Chile?
Existe una excepción, claro. El Partido Comunista, cuyo presidente advierte periódicamente que el partido adhiere al marxismo y al leninismo, reiterando aquello que figura expresamente en su Declaración de Principios inscrita en el Servicio Electoral y que define la aspiración a sustituir el capitalismo por un orden que el marxismo denomina dictadura del proletariado. Aunque, la verdad sea dicha, es un secreto a voces que dentro de ese partido también cunde la confusión y que son muchos quienes, quizás conscientes del anacronismo, no están de acuerdo con la definición y de ahí precisamente el recordatorio periódico al que se siente obligado Lautaro Carmona.
Pero, así como el Partido Comunista conserva una respuesta heredada del siglo 19, la izquierda democrática parece no disponer de ella en el siglo 21. Vive instalada en una incertidumbre permanente acerca de su propia naturaleza. Se multiplican los seminarios, las columnas y los congresos y conferencias ideológicas. Sin embargo, las preguntas siguen sin respuesta.
No deja de ser comprensible que buena parte de esas reflexiones se concentre en las enormes transformaciones que ha experimentado la economía mundial. Después de todo, quienes nos proclamamos o creemos ser de izquierda o de centroizquierda hemos tenido, con mayor o menor intensidad, una relación con el marxismo en algún momento de nuestras vidas, lo que lleva a volver la mirada hacia las «fuerzas productivas» intentando comprender cómo la globalización, la robotización y ahora la inteligencia artificial han modificado radicalmente la organización de la producción y el mundo del trabajo. Pero por importantes que sean esas transformaciones, hasta ahora no entregan respuestas a las preguntas decisivas.
Quizás ocurra que la dificultad para encontrar esas respuestas no radica en la complejidad del mundo contemporáneo, sino en un problema mucho más simple. El hecho de que todos o casi todos quienes tratan de resolver la identidad actual de la izquierda (partidos o personas) han guiado (o siguen guiando) su quehacer político o intelectual por un motivo central: el anticapitalismo.
Todos los partidos de izquierda, o centroizquierda en Chile, nacieron a la vida con esa impronta que quedó plasmada en la experiencia del gobierno de la Unidad Popular cuyo objetivo declarado en su “Programa Básico” afirmaba que «la tarea fundamental que el Gobierno del Pueblo tiene ante sí es terminar con el dominio de los imperialistas, de los monopolios, de la oligarquía terrateniente e iniciar la construcción del socialismo en Chile». Y hace cincuenta años nadie dudaba de qué socialismo se hablaba: los modelos de referencia eran la Unión Soviética, China o Cuba. La Democracia Cristiana, por su parte, aunque distante del marxismo, proponía una «vía no capitalista de desarrollo» que desembocaría en una sociedad “comunitaria”.
Hoy, muchos ya no tenemos esa motivación, lo que significa que dejamos de ser anticapitalistas. Otros muchos más son conscientes de lo mismo, pero no se atreven a admitirlo o, quizás prisioneros de una suerte de obligación moral heredada de décadas anteriores sienten que abandonar el anticapitalismo equivale a una traición. Y como la aceptación de esa verdad es el único punto de partida posible para contestar esas acuciantes preguntas (¿qué somos? ¿qué queremos ofrecer?), las preguntas quedan sin contestar y son substituidas por balbuceos o un angustiante vuelo en círculos sin poder enfrentar el verdadero dilema.
Un dar vueltas en círculos que puede llegar a adoptar formas grotescas. Es lo que ocurrió con el Frente Amplio y el resultado de su reciente Congreso Ideológico, en el que se declaró ecologista, feminista y socialista. Nadie puede poner en duda las dos primeras características pues basta recordar el proyecto constitucional rechazado en 2022, donde ambas inspiraciones alcanzaron su máxima expresión. Pero al mismo tiempo, seguramente impelido por su anticapitalismo, ha levantado una definición socialista y declara representar a trabajadores y a pequeños y medianos empresarios. Sólo cabe preguntarse entonces a qué socialismo aspira: ¿A una sociedad de pequeñas y medianas empresas privadas -capitalistas desde luego- impedidas de crecer para no convertirse en el enemigo, esto es en una gran empresa? ¿Impedidas de innovar, crecer y desarrollarse y con ello hacer crecer y desarrollar económicamente a su país? Y hay que decir que, dentro de su grotesca confusión, el Frente Amplio tuvo al menos la entereza de describir o más bien sugerir el socialismo al que aspiran, mientras que otros que viven aún presa de la tendencia instintiva a considerarse a sí mismos anticapitalistas, no pueden definir ni menos describir el orden con que aspiran a substituirlo.
La confusión actual de la izquierda chilena se superará cuando sus dirigentes e intelectuales acepten decir en voz alta lo que muchos ya piensan en privado: salvo el Partido Comunista, la izquierda chilena dejó de ser anticapitalista. Desde ese reconocimiento podrá reconstruir su identidad. Podrá responder qué es y qué ofrece. Podrá dejar de prometer una sustitución que no desea ni sabe describir, para concentrarse en modelar el capitalismo existente hasta convertirlo en un orden en que cobren vigencia principios como la justicia social, la igualdad de oportunidades, la protección de los sectores vulnerables y la ampliación de derechos, que son principios que desde siempre han animado a la izquierda. Remover esa lápida moral les permitirá definir las características del capitalismo que desean construir. Esa es, probablemente, la única tarea histórica que hoy tiene sentido para la izquierda.
David Cornwell, ese gran escritor a quien el mundo conoció como John Le Carré, inicia sus memorias que tituló Volar en Círculos con la descripción de un club de tiro cerca del Casino de Montecarlo, en el que palomas capturadas para ese efecto avanzaban por galerías hasta salir al cielo del Mediterráneo sin otro objeto que servir de blanco a las escopetas de los “deportistas”. Relata Le Carré que aquellas palomas que lograban sobrevivir y así estuviesen heridas, volvían al lugar en que habían nacido bajo el techo del casino, en el que las esperaban las mismas trampas que las habían llevado al sitio de su sacrificio y al que las llevarían de nuevo. Es la suerte inevitable de quienes vuelan en círculos para volver siempre a su lugar de origen, que es, quizás, la suerte que espera también a los partidos de la izquierda democrática chilena hoy, si no redefinen su rumbo: la extinción.

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