¿Son imprescindibles las elecciones? En el mundo occidental de hoy, cualquiera diría que los comicios presidenciales forman la médula de la democracia liberal. Representa la posibilidad de un cambio pacífico y competitivo entre personas e ideas.

Sin embargo, un conspicuo representante del Foro de Sao Paulo y del ALBA, como el nicaragüense Daniel Ortega, piensa que no. Notificó hace pocos días, a quien quisiera escucharlo, que tan inútil juego llegaba a su término. Nunca más.

Se debe reconocer que el antiguo guerrillero sandinista tiene una tremenda capacidad para captar el Zeitgeist que le ha tocado vivir. Cincela con precisión cada maniobra que pone en práctica.

Gracias al apoyo de tropas cubanas llegó al poder en 1979; inalcanzable con sus esmirriadas columnas guerrilleras. Inauguró a partir de entonces un proceso revolucionario inédito. Ortega pasó a personificar al “pueblo”, esa palabra sagrada que conecta a revolucionarios con todo tipo de versiones del progresismo.

Fueron muchos quienes se deslumbraron con la Nicaragua sandinista. Se quiso ver allí un modelo socialista “amplio y plural”. En él se embarcaron incluso los llamados sectores progresistas de la “burguesía nacional”. Sacerdotes jesuitas se unieron entusiastas al jolgorio. Nadie tenía temores a desviaciones ni menos a fanatismos.

Por lo mismo, aun cuando un hospital de la capital fue bautizado con el nombre de “Carlos Marx”, la dictadura del proletariado no estaba en el horizonte. Managua se convirtió en la capital (momentánea) de ideas percibidas como novedosas. Por allí desfilaron no sólo Yasser Arafat, Fidel Castro y los líderes de cuanta causa revolucionaria existía en el mundo de aquellos años. También una buena cantidad de socialdemócratas fascinados con aquel experimento.

Pero Ortega siempre fue un paso adelante. Olfateó antes que nadie el fin de todo ese mundo hiper-ideologizado de la Guerra Fría. Ante el espanto de sus aliados, llamó a elecciones. Quería darle un aura democrática a su régimen. Hubo muchos enojos con su decisión; especialmente en La Habana.

La arriesgada maniobra fracasó y tuvo que entregar el poder en 1990, al perder ante Violeta Chamorro. Estallaron recriminaciones internas. El partido gobernante prácticamente se pulverizó y el sueño de la revolución “amplia y plural” se esfumó. Ortega estuvo a punto de desaparecer en el anonimato.

Sin embargo, no pasó mucho tiempo y volvió al escenario. Urdió un mecanismo personalista y, casi por arte de magia, revivió. Ganó las elecciones de 2007. Aprendió la lección y, desde entonces, se ha mantenido de forma ininterrumpida en el poder. Se convenció que las elecciones debían ser opacas y controversiales.

Ortega captó que, sólo alejándose de la carga ideológica, el progresismo se renovaría. Para ello había que echar mano al populismo y estimular la demagogia. Su experiencia se ha convertido en un auténtico modelo.

A poco andar, captó también la nueva lógica geopolítica imperante en el mundo y decidió actuar sin remilgos. Su país es uno de los pocos en el mundo que reconoce diplomáticamente a Abjasia y Osetia del Sur. Ha hecho sustanciosas adjudicaciones mineras a empresas chinas. Y así, una larga lista de acciones que dan cuenta de ello.

Ortega dirige hoy un régimen susceptible de denominar “comunismo tropical”; un concepto que conecta con la descripción sugerida por Enrique Krauze para casos extremos. En su magnífica obra “El Mesías Tropical”, explica parte de las excentricidades del mexicano Andrés Manuel López Obrador. Krauze sostiene que los entornos físicos exuberantes y volcánicos estimulan la hubris a niveles desopilantes.

Con Ortega, Nicaragua derivó en un régimen autoritario con fuertes trazos totalitarios. Diezmó a la oposición política, reprimió a la iglesia católica (en 2023 expulsó al nuncio apostólico), ilegalizó a prácticamente todas las ONG, terminó con la libertad de prensa y mantiene a raya policial cualquier perturbación molesta. Mano firme contra la sociedad civil.

Su “comunismo tropical” ha desarrollado también un simbolismo delirante. Sus aspectos discursivos lo constituyen la antigua escuela ideológica unido a creencias de pueblos ancestrales, envuelto todo esto en un sincretismo religioso rústico. Rozando lo hilarante, instaló hace unos años unos árboles de lata en las calles para que sirvieran de elementos estéticos de adoración.

Figura central de toda esta peculiar amalgama es su esposa, Rosario, a quien Ortega ungió como copresidente de la República hace algunos años.

Como todo matrimonio, la pareja tiene sus altibajos. Ello se refleja en la marcha del gobierno. Por eso, desde el año pasado, existen en el país dos cancilleres. Uno, cercano a él y el otro leal a ella. Realismo mágico a raudales.

Ninguna de sus extravagancias sugiere, en todo caso, que haya perdido la brújula. Con el anuncio de no organizar más elecciones, ha dado un verdadero golpe de cátedra en materia de su particular “gobernanza”.

Hay que crear narrativas ad hoc, hay que lidiar con observadores internacionales demasiado opinantes, hay que generar algunos espacios para que opere una cierta oposición. En suma, incluso la manipulación exige dedicarle tiempo. Bajo tal premisa, ¿sirve de algo escenificar nuevos comicios?

Para cualquier observador de la realidad latinoamericana, el fenómeno orteguista es interesante. De paso, no pocos políticos deben mirarlo con envidia. Y, con una pizca de suspicacia, se puede pensar que su modelo responde a una especie de laboratorio para el advenimiento del “neo-progresismo”.

Como se sabe, nada en política es descartable. Varias de las emergentes figuras del “neo-progresismo” regional ya han demostrado su tentación a no reconocer los resultados y a mirar las instituciones como algo accesorio. Total, el “pueblo” es el que manda.

Por ahora, resulta sugerente constatar la diferencia entre las tremendas críticas prodigadas por los progresistas de todos los pelajes en contra de Bukele, Milei, Meloni, y, hasta hace poco, en contra de Orban, y la indulgencia para con los suyos; como con Ortega. El desdén por las elecciones es considerado algo nimio. La benevolencia con Chávez, Maduro, Evo y otros, preanunciaba la decisión de Ortega.

Basta darle seguimiento a la prensa o a RRSS para tener una aproximación del calibre de esta curiosidad. Dicho sea de paso, el “insoportablemente antidemocrático” Viktor Orban convocó a elecciones y abandonó el poder apenas conoció los resultados.

Resumiendo, Ortega y su séquito no viven traumas funcionales. El modelo -sin elecciones- seguirá gozando de buena salud. Interesante será ver la reacción del progresismo cuando el matrimonio logre introducir una sucesión dinástica. Es el último sueño de Ortega, ese incombustible líder de la revolución “amplia y plural” de 1979.

Académico de la Universidad Central e investigador de la ANEPE.

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