En los últimos años pocas cosas han despertado más resistencia que el octubrismo. Surgió con fuerza e incluso esperanzas en octubre y noviembre de 2019, bajo la sombra del estallido social. Representó un pensamiento, un estilo, una forma de acción política, un ideal, un espíritu. En pocas palabras, el octubrismo implicó la resistencia frente a la autoridad, la violencia destructora, la voluntad de cambio, la revolución en marcha, la tendencia iconoclasta, la intransigencia revolucionaria y la lejanía a la Constitución vigente, a las leyes y a las autoridades políticas, así como a las formas tradicionales de vida.
En un interesante artículo publicado en El Líbero, el intelectual José Joaquín Brunner define así al octubrismo: “el ethos, o sea, la visión de mundo, orientaciones, creencias, actitudes, valores, sentimientos y hábitos que definen la naturaleza de la revuelta. Dicho de otra manera: es la autocomprensión y los relatos que de ella emanan. Y, por ende, la saga, narrativa o leyenda que se teje en torno a la revuelta del 18-O”. Por lo mismo, no es un partido, ni una ideología ni un movimiento. Con todo, como buen académico, en otra oportunidad amplía y administra la información y reconoce que existieron muchos esfuerzos por dotar de contenido al concepto, que iban desde fórmulas difusas a otras más descriptivas, desde meras descalificaciones a esfuerzos de comprensión, como se puede observar en los trabajos y artículos de distintos analistas y columnistas.
El tema tuvo altibajos en los últimos años. Muchos interpretaron los resultados del plebiscito del 4 de septiembre de 2022 como una derrota definitiva del octubrismo, aunque sea siempre arriesgado predecir la evolución de los acontecimientos. De la misma manera, la segunda parte del gobierno de Gabriel Boric, así como la campaña presidencial de 2025, representaron una verdadera agonía del octubrismo, por cuanto fueron vaciándose muchas ideas y el espíritu que habían animado los últimos meses del 2019 y los años posteriores, que llevó a que la moderación sustituyera al pensamiento más extremo.
En cualquier caso, desde el punto de vista político el octubrismo tiene entidad y algo de historia: fue la revolución de octubre de 2019; de alguna manera la expectativa del gobierno de Gabriel Boric, el Frente Amplio y el Partido Comunista; y, por cierto, también la Constitución de la Convención: no solo su contenido, sino también su espíritu refundacional, su modo contestatario, el estilo de su representantes y la resistencia frente a la tradición constitucional chilena y los símbolos patrios.
Pronto a acabar marzo, y cuando todavía el gobierno de José Antonio Kast no cumple un mes en La Moneda, pueden advertirse ciertos rasgos que muestran el regreso del octubrismo. La calle, las protestas y la rebelión casi había desaparecido en los últimos años, en cualquiera de sus manifestaciones: sea feminista, estudiantil, constituyente, de pensiones o incluso el lumpen que participó de la “revuelta popular”. Pero Chile cambió: la llegada de José Antonio Kast al gobierno es razón suficiente para que comiencen a prepararse la izquierda en sus diversas manifestaciones, el anarquismo, los sectores frenteamplistas, comunistas, socialistas y otros, así como la oposición de los movimientos sociales, que tienden a manifestarse con más fuerza cuando gobierna la derecha.
Esta penúltima semana de marzo hubo un movimiento que muestra la nueva realidad. Ante la crisis del petróleo que ha afectado también a Chile, se produjo una situación propicia para las protestas y la unificación de la oposición. El alza de la bencina ciertamente perjudica a la población, en un país afectado con el exceso de deuda y de aumento del gasto público en los últimos años, sin que ello tenga un correlato en la calidad de vida de la población. Hay razones para estar enojados, para verse afectados en los bolsillos y pensar que las cosas están peor que lo esperado. La lógica es culpar al presente y no al pasado, al gobierno propio y no al de Estados Unidos o de Irán. La política es complicada y dinámica, y cualquier análisis requiere más complejidad e inteligencia que la fórmula fácil de la descalificación.
Respecto del octubrismo renacido –como se ha visto en las protestas y violencia de esta semana–, es bueno considerar ciertas realidades y eventuales problemas. En el primer caso, saber que habrá movilizaciones sociales y políticas contra el gobierno de Kast, a quien muchos no le dejarán pasar una, aunque frente a la pasada administración hubieran actuado con pusilanimidad, desidia o falta de convicciones. Además de eso habrá violencia, destrozos y dificultades de distinto tipo (de traslado y de orden público, por ejemplo). No podemos dejar de mencionar la erosión de la convivencia política, la desmesura, los ataques personales y la proliferación de mensajes, videos y otros en las redes sociales. Es decir, comienza la “fiesta de la calle” y es necesario prepararse para ello.
A pesar de lo anterior, el movimiento octubrista debe comprender la nueva realidad de Chile. Primero, entender que el propio fracaso histórico de los últimos años, que van desde la violencia del 2019 hasta el fracaso del proceso constituyente. En segundo lugar, es preciso comprender el tiempo histórico. José Antonio Kast triunfó de manera contundente en diciembre de 2025 y tiene un tiempo por delante para desarrollar su proyecto y promover los cambios que Chile apoyó en las urnas. Por lo mismo, la tentación antidemocrática debe ser rechazada, especialmente por el socialismo democrático. A ello se suma una cuestión práctica: el ambiente social y político es distinto, y si bien existe enojo por la crisis del petróleo y sus consecuencias en el país, como el alza de precios de la bencina, lo cierto es que los chilenos no están dispuestos a arriesgar tanto como lo hicieron entre 2019 y 2022: no están para aventuras constituyentes, refundaciones o la destrucción de lo logrado en las últimas décadas.
Con todo, el gobierno de Kast también debe considerar algunos aspectos importantes. El primero es que requiere perfeccionar su capacidad política, que es distinta a las cuestiones técnicas. De la política bien administrada deriva la consistencia comunicacional y la habilidad para comprender la complejidad de las decisiones del poder (esto significa que tiene dimensiones varias). Más importante que lo anterior es saber que la revolución de octubre no solo tuvo violencia y rebeldes antisistema, sino que por algún momento confirmó la existencia de diversos problemas sociales y se identificó con los anhelos de la población. Lo peor sería despreciar esos sentimientos y esas realidades, más todavía considerando que Chile está peor hoy que en 2019, en el plano económico y social. Hay menos empleo y más delincuencia, hay más familias viviendo en campamentos y otros problemas se han multiplicado. Es preciso empatizar con los dramas sociales, comprender los reclamos legítimos y trabajar con sentido de urgencia y presencia territorial. En otras palabras, es necesario trabajar más, trabajar antes y trabajar mejor.
Chile no quiere volver a vivir la experiencia del 2019, pero el octubrismo no está muerto, aunque se haya desdibujado y pareciera dormido. En la capacidad para enfrentar esa realidad se juega en buena medida el éxito del gobierno, y también de la oposición, aunque todavía no lo comprenda siquiera ella misma.
