El monumento al general Manuel Baquedano está de regreso en su lugar. Después de años de haber sido retirado, el 10 de marzo del presente año volvió a Plaza Italia. El 17 de septiembre fue retirado el muro perimetral que todavía lo cubría, lo que sin duda es un símbolo del cambio que ha operado en Chile desde octubre de 2019. Finalmente, se puede decir que las cosas han comenzado a volver a la normalidad, por cuanto el general Baquedano ha recibido los honores correspondientes y adicionalmente se ha desarrollado un desfile militar por el lugar donde se encuentra el héroe de la Guerra del Pacífico. En un notable simbolismo, esto ha ocurrido el día de las Glorias del Ejército, que celebra y agradece a una institución de larga historia y muy querida por los chilenos.
El periplo no ha sido fácil, como hemos observado con dolor en estos últimos años. Se puede decir que el problema estalló con la revolución de octubre de 2019, cuando Baquedano -y también la tumba del soldado desconocido- se transformó en uno de los grandes objetivos a destruir por parte de la furia iconoclasta. Como sabemos, este monumento no fue el único afectado: en el camino fueron incendiadas iglesias y se destruyeron bienes públicos y privados; emergieron algunos símbolos como el “perro matapacos” y las banderas mapuches; la movilización adquirió un sello anarquizarte, que se mezclaba con legítimas intenciones de cambio social o constitucional. El lugar mismo de la concentración de las protestas experimentó mutaciones: algunos comenzaron a llamarle Plaza Dignidad, mientras Baquedano sufría ataques cotidianos, como un símbolo de lo que debía ser destruido. La violencia fue parte constitutiva de la movilización y del estallido, abriendo el camino a la revolución de octubre.
Todo ello, complementado con la inacción o errores desde el Estado, llevaron a retirar el monumento al general Baquedano desde su lugar tradicional, para ser llevado al Museo Histórico Militar, donde recibiría un mejor cuidado. Cuando la estatua de Baquedano fue retirada de su lugar tras años de agresiones, escribí un artículo al respecto, en el cual reflexionaba: “¿Qué debería hacer en esos casos el Consejo de Monumentos Nacionales, la sociedad o sus partidarios? Ese es el tema de fondo. La ubicación de las estatuas en una sociedad democrática no debiera resolverse por la fuerza física, por la destrucción y la violencia, sino que deberían regir los principios de la propia democracia y el Estado de Derecho” (“Baquedano: el lugar de la estatua”, La Tercera, 13 de marzo de 2021). Con Baquedano había ocurrido exactamente lo contrario a lo que debía esperarse.
En el proceso de destrucción de imágenes, bienes muebles e inmuebles y monumentos se mezclaron varias cosas. Desde luego, fue muy importante el momento histórico, el ambiente revolucionario y los ánimos cargados de rebeldía, deseos de cambios y decisión de avanzar, incluso si ello implicaba ir destruyendo parte de nuestra historia, o quizá precisamente porque había interés por cambiar nuestra comprensión del pasado. A ello se sumaron otros aspectos, como el desconocimiento histórico o la falta de comprensión sobre la consolidación de Chile republicano en el siglo XIX. No podemos dejar de mencionar un tema geográfico: la estatua estaba en el mismo lugar donde cada viernes se reunían los manifestantes y la primera línea, estaban los que genuinamente esperaban un cambio relevante en la sociedad, entremezclados con delincuentes y violentistas de distinto tipo, que terminaron “expulsando” a Baquedano de su lugar, al que ha regresado como correspondía.
No es primera vez que el general Manuel Baquedano retorna, históricamente hablando. En marzo de 1881 regresó triunfante, después de haber derrotado a sus adversarios en diversas batallas en la Guerra del Pacífico. El Congreso Nacional le entregó el título de Generalísimo del Ejército, además de miembro del Consejo de Estado. Su nombre incluso circuló en esta ocasión como eventual candidato presidencial, lo que finalmente no prosperó.
Diez años después, en 1891, Baquedano fue recibido nuevamente en la capital en un acto que se organizó cuando llegó desde una misión en Europa. El ambiente era muy distinto y lejano al espíritu unitario y patriótico de 1881: ahora Chile vivía una profunda división derivada del enfrentamiento entre el Presidente Balmaceda y la mayoría del Congreso Nacional, entre los partidarios del gobernante y los que se rebelaban contra él. En realidad, el ambiente anticipaba una guerra civil, el establecimiento de una dictadura o eventualmente una deposición armada del Presidente de la República. En ese contexto se organizó una cena de homenaje a Baquedano, de “500 cubiertos” como registró la prensa: “general mandad y obedeceremos”, fueron las palabras pronunciadas en uno de los discursos, que indicaban lo que pensaban los opositores: que en caso de ponerse Balmaceda fuera de la Constitución debía ser enfrentado por el militar más prestigioso de Chile, con el respaldo político del Congreso. Finalmente, Baquedano no participó en el conflicto intestino y sólo reapareció al final, cuando el propio José Manuel Balmaceda -derrotado en Concón y Placilla- lo llamó para que se hiciera cargo del país.
El regreso de este 2026 es distinto, pero no menos significativo. En parte, vuelve a tener un espíritu unitario, de restauración de instituciones, de funcionamiento del Estado de Derecho y derrota de la violencia. Esto se produce en el orden práctico y quizá también en el plano de las ideas y político, considerando la posición de los distintos sectores al respecto. Además, ocurre en un momento histórico interesante: nacido en 1823, para el Bicentenario de Baquedano su monumento estaba vacío. En cambio, ahora, en septiembre de 2027 se cumplirán 130 años desde el fallecimiento del héroe de la Guerra del Pacífico. Adicionalmente, en 2028 se cumplen el centenario del monumento al general Manuel Baquedano, con todo lo que ello implica: quizá ese sea el mejor momento para que Baquedano se vuelva a reencontrar con “el soldado desconocido”, para completar esta nueva historia.

😇😇😇😇😇😇😇😇😇