Contigo en la distancia
Tal como habíamos anticipado en la hora más oscura de la negociación constitucional, finalmente el acuerdo se logró. Esto se explica por dos razones, porque no se puede tener un país por meses a la espera de un resultado que no se alcanza, y por que uno de los bandos cedió unilateralmente en sus posiciones con la finalidad de conseguir su interés principal: que el proceso tuviera continuidad.
En la decisión de ceder tuvo un rol protagónico el Presidente Boric, quien respondió a las críticas posteriores diciendo con llaneza: “perdimos por el 62 por ciento”, refiriéndose al Plebiscito.
Las críticas al acuerdo han venido de los dos polos. Desde la izquierda, tratando de introducir temas adicionales al acuerdo, pero sin poder desdecirse de la palabra empeñada. Desde la derecha dura, la crítica se ha concentrado en el rechazo a la idea misma del acuerdo, puesto que su preferencia era la de radicar el asunto en el Congreso y olvidarse del resto.
Lo que sigue es la tramitación expedita del acuerdo en el Parlamento, donde no habrá dificultad alguna para alcanzar los quórum de aprobación. Al fin y al cabo, como decía Nicanor Parra, “la izquierda y la derecha unidas jamás serán vencidas”.
Lo que debemos tener claro es que lo que se ha aprobado difiere por completo del proceso anterior, al punto de que se le puede considerar su inverso.
Lo que hace la gran diferencia es que, luego del estallido social, la clase política estuvo dispuesta a eclipsarse en favor del procesamiento de las demandas ciudadanas. Como se tenía plena conciencia del escaso prestigio que tenían los partidos y el Congreso, se facilitó que los movimientos sociales y los independientes tuvieran todas las facilidades para expresarse y representarse.
El resultado está a la vista, pero no puede pasarse por alto que lo que vimos en la Convención fue expresamente permitido por los parlamentarios, en especial por los senadores. A los constituyentes se les entregó carta blanca, mínimos controles y todo el tiempo del mundo.
Ahora es al revés. Es la clase política la que vuelve por sus fueros y es la derecha la que toma todas las precauciones que pudo imaginar para que no se repitiera el episodio anterior. El papel entregado a la ciudadanía es el menor que ha tenido hasta ahora en el proceso constituyente. Ratifica, pero influye poco, su participación se acepta como un hecho inevitable, pero se la saca del centro de la escena. Si esto fuera una canción, su título sería “contigo en la distancia”, como en el bolero.
La receta que se está cocinando
Los verdaderos actores en lo que sigue del proceso serán los parlamentarios, los que consiguen este efecto directamente y a través de los expertos. Esta es la nueva cocina y el regreso de la política más tradicional. Del proceso constituyente pasamos a un tratamiento reconstituyente de los actores más tradicionales de la política y, dentro de ellos, de la derecha en rol protagónico.
En el “Acuerdo por Chile” se señala que los firmantes concuerdan establecer mesas de trabajo para hacer propuestas concretas al nuevo órgano electo, sin fijar fechas para hacerlo, es decir, en cualquier momento. Lo harán en concordancia con las bases constitucionales, incluidas en el documento y que son el marco dentro del cual se deben mover.
Los parlamentarios son también quienes escogen al Comité Experto, establecidos a partes iguales entre la Cámara y el Senado. Los expertos, a su vez, tienen el doble de tiempo de funcionamiento que la instancia electa (10 meses versus 5) y le entregan un borrador para que lo discutan.
Para evitarse cualquier sorpresa, los expertos siguen participando de la instancia electa una vez que se instala y hasta su término, con derecho a voz. Sin duda, participarán de las comisiones de trabajo que se conformen.
El mismo “Consejo Constitucional” es pequeño en tamaño, se elige del mismo modo que el Senado y favorece las grandes coaliciones. En esta instancia la derecha alcanzará el número suficiente de votos como para vetar algo que no le parezca. Pero, sobre todo, tendrá a su favor las otras instancias intervinientes que, a semejanza del actual Congreso, la representa en un número cercano a la mitad.
Si una impensable rebelión se pudiera producir, se estableció un “Comité Técnico de Admisibilidad”, también generado por el Parlamento, que vela porque nada se escape de lo aceptado en las mencionadas bases constitucionales, que son parte del acuerdo.
Ni Houdini se podría escapar
Las prevenciones no parecen tener límites. Un ingenuo ciudadano podría pensar que todo esto pudiera ser cierto pero que, una vez constituido, el Consejo Constitucional podría aprobar con libertad lo que estime conveniente. Ya cerca del 28 de diciembre se podría uno enternecer con tamaña inocencia.
Dejo aparte el hecho de que al Consejo se lo esperará con borrador de Constitución, reglamento definido y tiempo muy acotado. Si llegara a resolver algo “inconveniente”, no hay de qué preocuparse.
Los expertos podrán elaborar un informe con la gentil intención de “que mejoren la redacción y comprensión de normas”. Si a los consejeros no les parece, tampoco es problema. Si alguna de estas mejoras no se acepta se constituye una comisión mixta, compuesta a partes iguales por expertos y consejeros, que deciden por 3/5 de sus miembros. Sí, entendió bien, ¡los expertos también votan! Y si no salen con la suya, todavía puede ser discutida su propuesta en el plenario.
Con todo lo dicho, podría pensarse que el producto de este proceso, previamente “atado y bien atado” no va a conseguir el apoyo de muchos. Eso sería un error. Entusiasmo, desde luego que no habrá, pero apoyo sí se puede concitar.
Se han tomado todas las precauciones imaginables para que no se repita la experiencia anterior, pero muy pocos son los que querrían que tal cosa aconteciera. Desechados los temores, se podrá pensar mucho más en positivo. En medio de tanto amarre, se consensuó un concepto rico en implicancia: el Estado social y democrático de derecho, eso consagra la búsqueda progresiva de una sociedad que perfecciona su libertad y su equidad.
Puede también asegurarse de mejor forma la gobernabilidad democrática, favoreciendo los gobiernos de mayoría y con respaldo parlamentario. También es posible que el reconocimiento de los derechos de las personas, así como los derechos sociales, culturales y ambientales recojan mucho de lo ya elaborado antes. Como diría Boric, después de semejante derrota no se puede aspirar a más.
*Víctor Maldonado es analista político.
