El Presidente José Antonio Kast se caracterizó, durante su trayectoria política, por tener posiciones claras incluso en temas difíciles y polémicos, aunque dichas posturas no estuvieran de acuerdo con las mayorías circunstanciales. En ocasiones obtuvo malos resultados, como en la elección presidencial de 2017; en otras los números mejoraron considerablemente, aunque no le permitieron llegar a la cima, como en 2021. Finalmente, sus ideas coincidieron con la mayoría ciudadana, como ocurrió en 2025, lo cual le permitió ser elegido Presidente de la República.
En esta línea, en numerosas ocasiones Kast y sus partidarios se han referido a la batalla cultural como uno de los ejes de su estilo político y de una tarea relevante en el ámbito público. Por ejemplo, en el Programa de Gobierno de 2021, el candidato republicano usó el concepto como autorrepresentación: “De este esfuerzo ha venido a conformarse lo que podemos llamar «Nueva Derecha», una opción política determinada a retomar la batalla cultural, ideológica y programática para retomar el camino de la verdadera dignidad humana y el desarrollo”. Esas eran las ideas que se repetían en el Political Network for Values, que le correspondió liderar al propio Kast durante algún tiempo.
Como sabemos, la campaña presidencial de 2025 tuvo algunas diferencias respecto de las anteriores. Quizá la más importante fue que se concentró principalmente en el concepto gobierno de emergencia, considerando la gravedad de los problemas en seguridad, en la economía y en el ámbito social. De esta manera, el gobierno de Kast debería implicar un cambio en la tendencia seguida por Chile en los últimos años: crecimiento de la delincuencia, la inmigración ilegal y el crimen organizado; un bajísimo crecimiento económico y la proliferación de variados problemas sociales. Por todo ello, se entiende que este “gobierno de emergencia” haya decidido dejar fuera de la discusión contingente la mencionada batalla cultural, aunque el ideario del Presidente de la República sea el mismo que abrazó desde los comienzos de su carrera política. Eso le llevó a decir en su momento, por ejemplo, que no le gustaba del Presidente Sebastián Piñera su “falta de convicción” y a dejar la UDI porque ya no lo representaba en su estilo y en el énfasis que esperaba en distintos temas culturales, entre otras cosas. El año 2006 el diputado José Antonio Kast afirmó con claridad: “En la vida hay principios que no se tranzan: la protección de la vida del que está por nacer, el reconocimiento de la familia, el derecho de los padres a educar a sus hijos”. En muchas otras ocasiones se refirió a estos mismos asuntos, siempre en una postura similar. Hoy es evidente que la situación es distinta, las responsabilidades de José Antonio Kast ya no son las del diputado o del candidato a la primera magistratura, sino las del Presidente de la República. Será evaluado en esta calidad y no en el ámbito de las ideas o de su trayectoria previa.
A pesar de lo anterior, tanto el Presidente Kast como su gobierno en general, deben tener claro que constituye un riesgo muy grande permanecer en la ambigüedad en estos temas, aunque no sean el centro de las políticas públicas de la administración. Es lo que ocurre precisamente en el tema del aborto. Hace algún tiempo la ministra de la Mujer, Judith Marín, fue consultada sobre eventuales cambios a la ley de aborto vigente en Chile (el llamado aborto en tres causales). En esa ocasión Marín señaló: “Chile ya tuvo una discusión al respecto, los parlamentarios de la época también discutieron al respecto, emitieron su opinión y así también Chile ya zanjó esta materia. Existe también una legislación al respecto y, en ese sentido, lo entendemos. Estamos enfocados en avanzar en las prioridades que nos hemos trazado: empleo, prevención de la violencia contra las mujeres y también en el ámbito social”. Esta es una respuesta posible, pero no resuelve ni clarifica el tema, enreda y contradice al propio gobierno en otros ámbitos. ¿Nos podemos imaginar por un momento que el ministro Jorge Quiroz hubiera dicho el 11 de marzo que el tema de los impuestos ya fue discutido y que “Chile ya zanjó esta materia”? No habría habido Plan de Reconstrucción en algunos aspectos centrales. ¿Alguien puede pensar que la ministra María Paz Arzola vaya a decir sobre el Sistema de Admisión Escolar (SAE) que “los parlamentarios de la época” ya lo discutieron y emitieron su opinión y que por ende existe una legislación al respecto, por cierto, también zanjada? La respuesta es clara, como vemos en la agenda del Ministerio de Educación. Más bien parece que el tema del aborto es un asunto de segunda categoría o que derechamente se quiere eludir (la otra alternativa es que haya habido cambio de posición al respecto, aunque no parece ir por ahí la respuesta).
Hace unos días, a propósito del proyecto de ley “Escucha su corazón”, hubo una consulta a la ministra de Desarrollo Social, María Jesús Wulf, quien respondió escuetamente: “En esto cito a Michelle Bachelet: cuando hablamos de aborto, llegamos tarde”. Sin duda se trata de una curiosa referencia, muy distante de lo planteado por ella misma y por el Partido Republicano en el pasado, y también de sectores de derecha o conservadores cuando se discutió el proyecto promulgado por Bachelet como ley en 2017. Entre ellos el propio José Antonio Kast.
Tal como prometió al país, el Presidente Kast no debe transformar su administración en una permanente batalla cultural. Debe cumplir con éxito los propósitos planteados en materia de seguridad y desarrollo económico. Sin embargo, el gobierno también debe comprender el riesgo de la ambigüedad, la indefinición o el abandono de ciertos ideales. El primer problema que ello implicaría es de consistencia política. El aborto ¿es un crimen o no lo es? Según eso se debe abordar quizá no la eliminación de la ley –que no es prioridad legislativa ni cuenta con votos en el Congreso– pero sí la necesidad de atenuar algunos de sus efectos y no quedarse simplemente en que ya fue legislado y decidido por un Congreso hace una década atrás.
El segundo problema que se le puede presentar al gobierno es la posibilidad de que otras fuerzas políticas terminen representando mejor el ideal de los republicanos que su propio partido. Eso, además, tiene un potencial riesgo político: permitir un forado “por la derecha”, o el surgimiento de una oposición más decidida en ese mundo. En este caso se podría utilizar el mismo argumento de Kast contra Piñera en marzo de 2020, cuando el Partido Republicano se declaró de oposición: “No somos nosotros los que nos hemos alejado de la derecha, sino usted y parte de la coalición que lo respalda, quienes han capitulado sus principios y convicciones frente a la izquierda y han abandonado a sus electores”.
En el tema de política nacional la situación es diferente. El cambio cultural que se ha producido en Chile es grande y diversas encuestas muestran la adhesión mayoritaria de los chilenos al aborto “en tres causales” y a otras transformaciones experimentadas en el país. Por lo mismo, la visión cultural del gobierno se encuentra en una clara minoría, a pesar de su victoria política. Sin embargo, el gobierno debe afinar su discurso en los temas culturales o valóricos, y la mejor manera de hacerlo es de acuerdo con sus propias convicciones, aunque ello no implique la elaboración inmediata de políticas públicas o una discusión legal meramente testimonial. Quizá a este gobierno no le corresponda, como dijeran en el pasado, asumir la batalla cultural, pero podría ser mucho peor un tránsito desde la batalla cultural a la abdicación cultural.

Notable columna. Si no se defiende lo esencial se falta a un deber de conciencia, y se deja de sembrar para el futuro, «para cuando esas ideas o principios les llegue su tiempo», como dijo un intelectual francés del S. XIX.
Clarisimo.Gracias Alejandro