Señor Director:
Sofía Salas nos tranquiliza: las religiones pueden hablar en público… siempre y cuando digan lo que ella considera razonable. Es decir, pluralismo con bozal. Un pluralismo tan abierto que excluye de entrada cualquier argumento que supere su definición privada de razón. Así, en nombre de la diversidad, se pide uniformidad; en nombre de la libertad de expresión, se predica censura previa.
Sus ejemplos lo confirman. Cita a musulmanes y testigos de Jehová para demostrar que hay convicciones religiosas incomunicables. Y, con un elegante giro, concluye que sólo pueden entrar en la plaza pública aquellas afirmaciones que ella apruebe como “razonables”. Pero ¿qué es lo “razonable”? El filtro es tan neutro como un examen que sólo aprueba a los que piensan igual que el examinador.
De este modo, se nos pide a los creyentes no “imponer” nuestras creencias… imponiéndonos la creencia liberal de que sólo la razón reducida merece ser escuchada en la plaza pública. Se acusa a la Iglesia de fideísmo, pero se cae en el fideísmo secular: fe ciega en una neutralidad imposible sobre la cual el diálogo es discusión de sordos.
El verdadero pluralismo no consiste en domesticar la voz de la Iglesia, sino en permitir que se escuche en toda su amplitud. No es la primera vez que se pretende silenciar la voz de la fe en nombre de la razón. Durante la Revolución Francesa, la Virgen María fue expulsada de Notre Dame y en su lugar se entronizó a la “diosa Razón”. Una fiesta solemne, con discursos grandilocuentes, cantos a la neutralidad y promesas de libertad universal. Todos sabemos el desenlace: no vino la paz de los libres, sino la guillotina, los templos convertidos en establos y el reino del terror. La razón, cuando se queda sola y se proclama diosa, indefectiblemente se traiciona a sí misma, siendo reemplazada por la fuerza de una dictadura.
La propuesta de Salas, en versión light, se parece mucho a esa escena: “saquen a María del debate público y pónganle flores a la diosa Razón”. Una sustitución elegante y aséptica que, en nombre de la neutralidad, termina siendo la más dogmática y violenta de las religiones.
Roberto Astaburuaga Briseño – Abogado de Comunidad y Justicia

Brillante
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