Señor Director:
En respuesta a una anterior columna mía, Roberto Astaburuaga da a entender que he sostenido que la Iglesia debe silenciar su voz en el debate público. Cabe señalar que Astaburuaga habla de “la Iglesia” (debo suponer que es la Iglesia Católica), mientras yo hablo en plural, puesto que aquello que señalé en mi columna tiene un alcance más amplio. Precisamente termino mi columna señalando “la Iglesia Católica y otras organizaciones religiosas pueden tener un papel importante en la vida social en un Estado laico como el chileno, siempre y cuando respeten la diversidad y la libertad de expresión de otros ciudadanos. La clave es que la Iglesia presente argumentos racionales y basados en la evidencia, y que no pretenda imponer sus creencias a otros”.
Dado que Astaburuaga parece no haber entendido mi columna, pondré dos ejemplos concretos. Para los musulmanes, la protección de la vida embrionaria comienza 40 días después de la fecundación, haciendo referencia al momento en que Dios insufla el alma en el embrión (verso 23:14 del Surah Al-Mu’minun); este es un argumento de fe que difícilmente es compartido por personas de otros credos. Por otra parte, para los Testigos de Jehová, el principal motivo por el cual rechazan las transfusiones de sangre tiene un origen bíblico: “Pero carne con su vida, que es su sangre, no comeréis” (Génesis 9:4-6). Los líderes espirituales de ambas religiones tienen todo el derecho de poder intentar que otros, no creyentes, sigan estos mandatos. Pero es muy probable que sólo aquellos que profesan la respectiva creencia lo hagan suyo, puesto que son argumentos de fe, no susceptibles de ser examinados por la razón.
En cambio, cuando los pastores nos hablan de la dignidad humana, del respeto al vulnerable, de la preocupación por la niñez y la educación de los jóvenes, su llamado debe ser escuchado por todos, puesto que no apelan a la fe, sino que a la razón (o si se quiere, también a la compasión y a la solidaridad).
Sofía Salas Ibarra – Docente investigadora en bioética, Universidad del Desarrollo

No es así la cosa. Ud en forma arbitraria define cuando es lícito opinar y cuando no, hace un distingo raro y no fundado entre fe y razón. Todos tienen derecho a opinar y a entregar sus razones, el que decide es cada persona individual, libre e irrepetible, eso es libertad, vivir en democracia y en estado de derecho. No cabe la figura de árbitros iluminados designados por nadie.