Señor Director:
Agradezco a Sofía Salas su carta, porque me regala la ocasión de hacer precisamente lo que mi columna pedía: hablar de matrimonio sin complejos. Y conviene empezar por su método, porque asume una metodología característica de cierta sociología contemporánea y nada neutra: toda correlación favorable al matrimonio es reinterpretada como efecto de variables previas de selección. Esa misma lógica podría utilizarse para vaciar de contenido cualquier institución: si los matrimonios exitosos son exitosos únicamente porque las personas exitosas se casan, entonces el matrimonio nunca puede tener efectos propios. Sin embargo, precisamente las instituciones existen porque reconocen, protegen y favorecen conductas valiosas. Negar que el matrimonio tenga efectos institucionales equivale, en buena medida, a negar la razón de ser de las instituciones mismas. Por lo demás, ninguna política pública espera la prueba monocausal: el Estado promueve la escolaridad sin haber aislado cada causa del éxito escolar. No se trata de que el matrimonio lo explique todo, sino de que no explique nada, que es lo único que su carta necesitaría probar y no prueba, so pretexto de precisión conceptual.
Pero hay un pasaje suyo que merece gratitud especial. Concede que lo que ha cambiado en Chile no es la pareja ni el compromiso con la crianza, sino “la institucionalización jurídica de la pareja”. Exactamente. Ese es el punto entero. Una institución no es un adorno notarial sobre una realidad que seguiría intacta sin ella. La pregunta no es por qué la gente deja de casarse cuando el matrimonio conserva rasgos distintivos fuertes; la pregunta es por qué habría de casarse cuando progresiva y progresistamente se le han retirado esos rasgos. Dicho de otro modo: si todas las ventajas relevantes pueden obtenerse fuera del matrimonio; si la estabilidad ya no se presume como deber jurídico; si la diferencia sexual dejó de ser constitutiva; si la permanencia dejó de ser una expectativa social; entonces el matrimonio deja de ser una institución con identidad propia y se transforma en una ceremonia opcional. Donde había una institución que sostenía la apertura a los hijos queda una elección privada que ya no la sostiene. Su descripción no contradice lo que la columna lamentaba; lo fecha y, a la vez, deja muy claro qué se le ha ido retirando al matrimonio, que es justamente lo que una política seria tendría que devolverle.
Y agradezco a Sofía Salas, sobre todo, porque su carta ilustra mi tesis mejor que mi propia columna. Sostuve que hemos perdido el diccionario; ella lo confirma —desliz involuntario, asumo— al pedir estudios que demuestren que el vínculo estable entre un hombre y una mujer es el suelo natural de los hijos. Repárese en la magnitud de lo que se exige probar “con cautela”: no un punto oscuro, sino lo más evidente que existe. Pedir un paper indexado para creerlo es el síntoma: quien necesita un estudio para ver el sol no tiene un problema de datos, sino de mediodía. De ahí que su objeción central tenga mala puntería. Yo no sostuve que toda convivencia sea inestable, ni que cada hijo de casados esté mejor que cada hijo de convivientes. Sostuve algo más modesto y más difícil de negar: que una sociedad que deja de casarse termina teniendo menos hijos. La cuestión no era si toda unión libre es frágil, sino por qué unas uniones engendran más que otras; y una convivencia, aun estable, es menos fecunda que un matrimonio.
Datos hay en abundancia y concluyentes para quien los quiera —de Cummins a la demografía comparada—. Sin embargo, ofrecer papeles Q1 como si el asunto se dirimiera ahí sería entrar en la trampa. Hay verdades que las planillas ilustran, no fundan; las sabíamos antes de saber contar. Aristóteles lo dijo en cuatro palabras —la naturaleza nada hace en balde—, y el sentido común lo sabía sin haber leído a Aristóteles. De modo que no escribo para recomendar lecturas. Convertir lo evidente en hipótesis a demostrar y exigir prueba de lo que se ve a simple vista no es exceso de rigor: es haber extraviado la palabra que nombraba la cosa que no se quiere ver. Yo no la he extraviado, y por eso la diré una vez más, con todas sus letras y sin pedir permiso: matrimonio. Y si el solo decirlo todavía incomoda, habremos confirmado, otra vez, de qué iba la columna.
Álvaro Ferrer Del Valle – Director ejecutivo Comunidad y Justicia

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