Señor Director:
En su columna «Mover la aguja», Álvaro Ferrer señala que en Chile cerca del 75% de los niños nacen fuera del matrimonio. El dato es correcto. Sin embargo, conviene preguntarse qué nos dice realmente esa cifra.
Nacer fuera del matrimonio no es equivalente a nacer fuera de una relación de pareja estable, ni implica necesariamente menor compromiso parental o peores condiciones para la crianza. En una sociedad donde la convivencia se ha vuelto frecuente y socialmente aceptada, el estado civil de los padres ya no constituye, por sí solo, un indicador suficiente de la calidad de los vínculos familiares. El matrimonio puede ofrecer beneficios jurídicos, sociales y económicos para las familias. Sin embargo, si se desea sostener que constituye una herramienta eficaz para mejorar el bienestar infantil o revertir la crisis de natalidad, la carga argumentativa es mayor. No basta con constatar que los matrimonios han disminuido. Es necesario demostrar que las parejas casadas son más estables, que esa estabilidad se traduce en mejores resultados para los hijos y que las diferencias observadas no se explican por factores como educación, ingresos o características previas de quienes deciden casarse.
La comparación con el Chile de mediados del siglo XX también requiere cautela. En aquella época existían fuertes incentivos legales y culturales para contraer matrimonio y una menor aceptación social de la convivencia. Lo que ha cambiado en Chile es, en gran medida, la institucionalización jurídica de la pareja, no necesariamente la existencia de la pareja ni el compromiso con la crianza.
La discusión sobre el bienestar infantil merece evidencia y precisión conceptual. La disminución de los matrimonios es un hecho. Que ello equivalga automáticamente a una disminución del compromiso familiar o que fomentar el matrimonio baste para fortalecer a las familias y aumentar la natalidad es precisamente lo que debe demostrarse.
Sofía Salas Ibarra – Docente investigadora en bioética, Universidad del Desarrollo
