“Mover la aguja”. Así se ha descrito el propósito —urgente y, por una vez, transversal— de revertir la caída de los nacimientos en Chile. La expresión es tecnocrática, pero la inquietud que la anima es de las más hondas que un país puede tener. Que el Estado se alarme ante una cuna vacía es un destello de cordura. La pregunta que importa, entonces, no es si hay que mover la aguja —hay que hacerlo—, sino hacia dónde empujar para que de verdad se mueva.
Las cifras no admiten eufemismo. Chile cruzó el umbral del reemplazo en 1999 y no ha vuelto a alcanzarlo; en 2025 la fecundidad se hundió hasta 0,99 hijos por mujer, la más baja de su historia y, por primera vez, bajo un hijo por mujer. El propio Gobierno proyecta que hacia 2028 habrá más funerales que partos. Como lo graficó la Ministra de Desarrollo Social, sin anestesia, de no actuar iremos más a los cementerios que a las salas de maternidad. No es un dato más entre otros: es la condición de posibilidad de todos los otros. Un país que deja de tener hijos deja, despacio, de tener futuro.
Por eso hay que celebrar que el Gobierno tome el toro por las astas. El Plan Chile Renace, con su comisión de expertos y su voluntad de poner el problema en el centro, nace de una alarma sincera y merece más aplauso que reparo. Y entre sus ocho ejes hay uno que, a mi juicio, vale por todos los restantes juntos, porque toca el nervio del asunto: la formación y estabilidad de los vínculos familiares. Ahí está la aguja. Quien lo formuló acertó, y hay que tomarle la palabra y seguirla hasta el final, porque ese eje, llevado en serio, dice mucho más de lo que su prudente redacción confiesa.
¿Qué es, en efecto, “estabilidad de los vínculos” llevada hasta el fondo? Es aquello que durante siglos sostuvo a la familia y la mantuvo abierta a los hijos: un compromiso fiel, público y para siempre. Tiene un nombre antiguo y exacto —matrimonio—, y la evidencia, esa que con razón el Gobierno pide atender, apunta a él con insistencia incómoda: donde el vínculo se afloja, la cuna se vacía. Las cifras chilenas lo gritan. En el mismo medio siglo en que el matrimonio se batió en retirada —de cerca de cien mil uniones anuales a poco más de sesenta mil—, la natalidad se desplomó tras él; hoy tres de cada cuatro niños nacen fuera del matrimonio, cuando en 1960 lo hacía uno de cada seis. No es que la convivencia no matrimonial sea menos fértil por un capricho: es que el compromiso estable, el que no se reserva de antemano la puerta de salida, es el suelo en que un hijo deja de ser un riesgo para volverse una esperanza.
Y no es una rareza local. En el mundo desarrollado, los demógrafos atribuyen al retroceso del matrimonio la mayor parte del desplome de nacimientos de este siglo (a falta de sentido común: L. Stone y S. James, Marriage Still Matters: Demonstrating the Link between Marriage and Fertility in the 21st Century, Institute for Family Studies & Wheatley Institute, 2023; L. Stone, Yes, Marriage Still Matters for Fertility: New Evidence, IFS, 2025: cerca del 75% de la caída de fecundidad desde 2007 atribuible al descenso del matrimonio).
Vale la pena, además, desarmar de antemano la objeción típica —que todo se arregla con plata, salas cuna y permisos—, porque los países nórdicos llevan décadas repartiendo exactamente eso y su natalidad se hundió igual: Finlandia cerró 2024 en 1,25 hijos por mujer, un tercio menos que en 2010, y su propia agencia estatal ya admite que sus generosas políticas familiares no explican su fecundidad. Si el bienestar y la inserción laboral bastaran, Helsinki rebosaría de niños. El problema es más hondo, y por eso aquel eje del plan es tan certero: la apertura a la vida es el fruto de un amor que confía, que se atreve a prometer para siempre porque se sabe acogido sin reservas. El hijo es el sí más incondicional que existe; difícilmente se le puede pedir a quien no ha aprendido a decir me doy y te recibo para siempre.
De ahí que fortalecer los vínculos no sea un adorno entre las ocho medidas, sino la medida. Y aquí me permito, con respeto y con esperanza, pedirle al Gobierno un paso más: que se atreva a decir la palabra. Ha tenido el coraje —nada obvio hoy— de nombrar la estabilidad del vínculo; le falta solo nombrar el vínculo estable por excelencia. No para excluir a nadie, sino porque las cosas se reparan cuando se las llama por su nombre y se descuidan cuando se las rodea. Quien no nombra la causa termina por no verla, y quien no la ve no puede atenderla. Hablar de “familias” en abstracto es cómodo y no molesta a nadie; pero la política pública que no se atreve a promover, expresamente, el matrimonio y su estabilidad se condena a mover la aguja en todos los indicadores menos en el que manda.
Sé lo que se objetará, porque se objeta siempre: que hablar en estos términos rompe el equilibrio político, tensiona la convivencia, azuza a los extremos y resucita la “discusión valórica” que todos dicen querer enterrar. Es la prudencia del que prefiere no mover el avispero. Pero cabe mirar de frente dónde nos ha llevado esa prudencia, porque la estrategia del silencio no ha funcionado nunca. Callar no es neutral: es ceder el terreno sin combatir. Mientras una mitad guarda el asunto bajo la alfombra “para no dividir”, la cultura no se detiene a esperar el consenso; avanza, y avanza en la dirección contraria, hasta que un día advertimos que hemos perdido el diccionario: que palabras como matrimonio, fidelidad o para siempre suenan ya a reliquia o a imposición. Y no está de más reparar en una asimetría que debería avergonzar a quienes callan por cálculo: los de la vereda del frente no padecen ese pudor. Saben exactamente lo que quieren, lo nombran sin complejos y, cuando tienen el poder, lo promueven sin pedir permiso. El silencio en materia no negociable no compra paz: compra derrotas a plazo. Lo he escrito antes y lo sostengo: el consenso que hoy se echa de menos no se construye callando, sino actuando; no es el punto de partida que exigimos antes de movernos, sino el punto de llegada al que solo se arriba después de haberse atrevido a decir y a hacer.
Conviene recordar, al final, por qué todo esto importa, y no es por la planilla previsional. Decía Chesterton que la maravilla de los niños es que cualquier cosa, para ellos, es una maravilla: cada niño que llega nos devuelve la capacidad de asombro que el mundo nos gasta. Aunque sobraran, ninguno sobra; cada uno es y “vale” más que el universo entero. Repoblar Chile no es una operación contable: es volver a creer que vale la pena unirse a alguien para siempre y abrir la casa a quien venga. La aguja se moverá —de eso no me cabe duda— el día en que nos atrevamos a empujarla donde de verdad responde: en la raíz, donde todo empezó a secarse. El resto, con ser bueno, es mover la aguja alrededor de la aguja. Y convengamos en que la cultura anti vida no se da vuelta en cuatro años. Por ello, no sería poca cosa que este Gobierno lograra el cambio que abre la puerta y funda todo lo demás: que, en adelante, no nos avergüence hablar de matrimonio.

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