Señor Director:

La agresión de un grupo de manifestantes contra estudiantes, ocurrida el 1 de octubre frente a la Casa Central de la Universidad Católica, exige una condena rotunda de todos los actores que participan del sistema político democrático.

Entre las reacciones que he leído, preocupan especialmente aquellas que condenan los ataques, pero sugieren que los estudiantes debieron abstenerse de manifestar su posición en esa instancia. Cuestionar sus ideas es legítimo; contextualizar la violencia que recibieron es inaceptable y contribuye a normalizarla.

La izquierda democrática y el progresismo deben establecer un cerco frente a quienes consideran la violencia un mecanismo aceptable de acción política. Ese compromiso debe ser orientado por los principios democráticos que abrazan y no en función del cálculo táctico o conveniencia política.

La historia chilena y mundial advierte sobre las consecuencias de normalizar la violencia política. Si no se le pone atajo, se convierte en una bola de nieve que termina por legitimar el odio, la intimidación y el terror como herramientas para imponer proyectos políticos.

Que estos actos sean protagonizados por estudiantes universitarios resulta especialmente grave. El debate y el contraste de ideas forman parte del ADN de la universidad. Si no es aquí, ¿dónde?

Jaime Aragón Leyton – Cientista Político

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