Las élites modernas, para decirlo con la clásica fórmula de Macchiavello, son siempre un producto híbrido de fortuna e virtù; resultado por tanto del destino y el azar por un lado y, por el otro, de la preparación y el esfuerzo. Bien haría la NM en reconocerse como élite y en asumir sin mojigaterías y excusas su responsabilidad de conducir.
Publicado el 25.02.2015
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I

Hemos venido discutiendo la forma como se componen las élites y la función del mérito para acceder a ellas. En términos del debate chileno: (i) Si acaso las élites son un mero producto de capitales heredados -económico, social, cultural, político- y (ii) si acaso la meritocracia es solo un discurso para ocultar esas herencias y presentarlas como un logro personal.

Sostenemos que ambas conjeturas son equivocadas y que la Nueva Mayoría (NM) se introduce en un callejón sin salida al asumirlas como verdaderas.

¿Que son las élites? Según la clásica definición del sociólogo norteamericano Wright Mills (1956), la élite del poder es un grupo cuyos miembros (habitualmente hombres) ocupan altas posiciones en la jerarquía de la sociedad,  facultándolos para adoptar decisiones importantes, de impacto público. Por tanto, es la clase que manda; una pequeña minoría privilegiada. Wright Mills pensaba que en los EE.UU. de su tiempo dicha jerarquía incluía únicamente las posiciones superiores de la política, los negocios y los militares. La sociología contemporánea añade otros campos estratégicos: las religiones e ideologías, los medios de comunicación, la academia y esferas estratégicas de la sociedad civil y la sociedad global.

En Chile, la élite política ocupa los cargos superiores del poder ejecutivo, parlamentarios, dirigentes partidistas, funcionarios directivos del Estado, technopols y tecnoburócratas, miembros superiores de los tribunales y fiscalía, etc. La élite económica son los grandes empresarios y miembros de las juntas directivas y órganos gerenciales de esas empresas; y forman parte de la élite cultural los intelectuales públicos, el alto clero, los mandarines de la academia y la república de las letras y, en general, los analistas simbólicos y elementos orientadores de la opinión pública y de instancias claves de la sociedad civil.

En los sectores tradicionalistas de la NM se cree a veces que estas diferentes élites se confunden en una sola entidad llamada clase dominante o dirigente y que poseen una composición social homogénea, aristocrático-burguesa, por decir así. De allí su instintivo rechazo a estas élites; la percepción de que ellas buscan -todas por igual- un status de distinción social y que se reproducen por vía familiar, de adscripción y delegación. El mérito, en tanto, solo serviría para legitimar (y encubrir) una común filiación de clase y los sutiles mecanismos de selección empleados para alimentarla.

II

Entonces, en este escenario, ¿dónde se ubica el estrato directivo de la NM, sus ministros, funcionarios superiores, parlamentarios, technopols y la alta burocracia que controla a los partidos (“oligarquías” partidistas, escribió el sociólogo alemán Robert Michels a comienzos del siglo XX)? ¿Integra la élite política o es una contra-élite, o una élite alternativa? Y quienes gruesamente comparten su ideología progresista socialdemócrata/socialcristiana y ocupan posiciones de influencia en la academia, la tecno-burocracia, la cultura, ¿no son acaso parte de las élites en cada uno de estos campos? ¿No se hallan conectados sus miembros a través de sutiles relaciones y redes, solidaridades y complicidades, con miembros de la élite económica y la élite del status social? Y por estos conceptos, ¿acaso no tendrían por necesidad que ser parte de aquella entidad que la propia NM evoca críticamente como clase dirigente, dominante o gobernante?
¡Sin duda, así es!

Lo cual muestra la confusión que existe en el seno de la NM. Proviene de tres errores estrechamente relacionados entre sí.
Primero, el error de creer que élites y clases sociales son una misma categoría o aquellas apenas una subcategoría de éstas. Deriva del hecho de que la NM, en particular su intelectualidad tradicionalista, no se acomoda ni se siente segura en un mundo post-marxista, de democracias capitalistas. En efecto, ¿qué clase social llega al gobierno con la NM y la Presidenta Bachelet? ¿La clase obrera acaso? ¿O una coalición socio-cultural “libremente flotante”, de centroizquierda, sin anclas de clase social? ¿O un sector progresista esencialmente pequeño burgués con anhelos de mayor riqueza pero ideológicamente contrario al lucro, el comercio, la especulación financiera, en breve, al capitalismo en sus manifestaciones más elementales?

Segundo, el error de pensar que las élites se fusionan en un único bloque; la élite del poder, según la bautizó Wright Mills. El hecho, sin embargo, es que en las democracias capitalistas contemporáneas, como ya sabía Vilfredo Pareto, uno de los padres de la sociología de las élites, éstas son diferenciadas y plurales y se hallan en constante estado de flujo.

Por un lado, como dice un comentarista de Pareto, las élites “no son permanentes: declinan, degeneran y mueren, unas veces con lentitud y otras con rapidez. No sólo disminuyen en cantidad, sino también en calidad, dejando lugar para la incorporación de nuevos elementos procedentes de otros estratos del agregado social y poniendo en movimiento la circulación de las élites”.

Por otro lado, tal circulación no solo es vertical (renovación por integración ascendente de elementos proveniente de estratos inferiores), sino también horizontal, en un doble sentido. Puede ser que una élite se renueva porque dentro de ella misma, o sea, en su mismo campo de actuación, nuevos contendientes reemplacen a los ocupante (incumbentes) de las posiciones superiores. O bien, porque una élite en su integridad es sustituida, revolucionariamente, por otra nueva élite, como ocurrió en la Francia de 1789, con el desplome del zarismo o, en el caso chileno, con el ascenso al poder en septiembre de 1973 de una élite militar-civil (“pinochetismo”) que pronto dio lugar a una elite económica donde convergieron old y new money.

Tercero, el error de concebir la historia de una manera unívoca y simplista, como suele hacer nuestra intelectualidad tradicionalista de izquierda cuando cree que “todos los movimientos históricos han sido, hasta ahora, movimientos de minorías en beneficio de minorías”, como señala Marx en el Manifiesto Comunista de 1848, para luego agregar con pathos utópico que solo “el movimiento proletario es el movimiento espontáneo de la inmensa mayoría en beneficio de la inmensa mayoría.”

Claro está, ya Pareto había respondido a Marx en la Introducción a los Sistemas Socialistas (1902), que “desgraciadamente, esta verdadera revolución, que debe aportar a los hombres una felicidad sin mancha, no es más que un espejismo decepcionante, que nunca se torna en realidad; se parece a la edad de oro de los milenaristas: siempre escapa a sus fieles en el mismo momento en que la creen poseer”.

III

En última instancia, lo que el pensamiento de la NM se resiste a asimilar es el concepto realista o schumpeteriano de democracia, según el cual la característica de un gobierno democrático no es la ausencia de élites sino la presencia de élites en competencia pacífica entre sí, las cuales a su vez se hallan sujetas a las dinámicas paretianas de circulación vertical y horizontal.

De hecho, ¿qué es la NM en sus estratos superiores, con sus redes y relaciones expandiéndose hacia todos lados -desde la vicepresidencia del mayor banco del país hasta las oficinas de la CUT, desde los salones de La Moneda hasta los salones de la alta burguesía- si no una parte vital de nuestra élite política y también de las élites de otros campos, como el de los negocios, el académico, el del mundo mediático, el de la cultura y la sociedad de los apellidos?

Qué duda cabe, la NM, y antes de ella la Concertación, han sido la expresión  máxima y el principal círculo de la élite política chilena de la post-dictadura. Han ocupado posiciones claves del Ejecutivo, han sido la primera fuerza del Parlamento, han administrado las palancas decisivas del Estado, han gestionado poderes regionales y comunales y han ejercido una robusta influencia ideológico-cultural dentro de la sociedad. A tal punto que durante el período del último cuarto de siglo el único gobierno (administración Piñera) que interrumpió temporalmente la hegemonía de las políticas socialdemócratas (de tercera vía), en la práctica las mantuvo y prolongó activamente.

¿Y qué composición social tiene esa élite concertacionista que dirigió la transición y consolidación de la democracia?

Básicamente, guste o no, una composición de clase media en sus varios estratos: altos, medios y bajos; con un núcleo principal de personas (el núcleo gobernante o ruling class) que tienen 17 o más años de educación y ostentan grados, títulos y posgrados; con escasa presencia de apellidos de ‘familias conocidas’ y sin parentesco -salvo excepcionalmente- con el “Chile pequeño” de las “cuatro cuadras”. Un núcleo, pues, de hijos de profesionales, de padres de alta burocracia pública, de estamentos directivos de variadas organizaciones y empresas medianas; en fin, una élite de composición mesocrático-superior con una cultura interna pluralista, llena de diversidades de todo tipo, con retensiones ocasionales de distinción por el lado del capital cultural y con una cultura material próspera, no de plutócratas, pero de gente emprendedora (en lo económico, social y político), cosmopolita y no infrecuentemente deseosa de vincularse con la élite económica (old y new).

En breve, una élite que entiende, aun sin querer reconocerlo, que ambas élites fundamentales de las democracias capitalistas -la política y la económica- se necesitan mutuamente: porque una comanda en lo básico el crecimiento, la inversión y la generación de empleos y, la otra, crea y protege el orden de la propiedad, de los contratos y de los negocios que los hacen posibles, junto con asegurar el acceso a oportunidades y bienestar.

Es claro que la formación de esta específica élite concertacionista ahora devenida NM y el acceso de miembros de este conglomerado a posiciones superiores en diversos campos del poder no han sido por mera herencia, apellidos o mecanismos de patrocinio. Digamos así: han sido el producto de una ascendente movilidad ‘disputada’; han llegado a ocupar posiciones de influencia por medio de una “carrera de talentos” y desempeño; en suma, por méritos. Pero no solo eso: también por certificación educacional más que por padrinazgo familiar; por sus ligaduras forjadas en los laberintos de la política antes que en las cámaras de comercio; combinadamente por camino del Instituto Nacional  y de otros establecimientos “emblemáticos”, así como por colegios privados progresistas (o no); en fin, más por algún tipo de competencia que por pertenencia a la clase de “los herederos”.

¿Significa esto entonces que estamos ante una élite política y partes de diferentes otras élites que son puramente meritocráticas? ¡Por cierto que no! En ninguna sociedad existe algo así como “meritocracia pura” o “puro mérito”; por completo independientes de ventajas sociales o escolares, de redes y solidaridades, de encuentros fortuitos y la ayuda de los dioses.

Las élites modernas, para decirlo con la clásica fórmula de Macchiavello, son siempre un producto híbrido de fortuna e virtù; resultado por tanto del destino y el azar por un lado y, por el otro, de la preparación y el esfuerzo. Bien haría la NM en reconocerse como élite y en asumir sin mojigaterías y excusas su responsabilidad de conducir.

 

José Joaquín Brunner, Foro Líbero.

 

 

 

FOTO: JUAN GONZÁLEZ/AGENCIAUNO

 

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