¿No estamos ahora mismo, con el segundo gobierno Bachelet, sumidos en una transición sin ruptura de continuidad entre élites políticas, de technpols, de familias partidarias y operadores culturales, donde justamente se hallan en juego las nociones de élite, de patrocinio y disputa, de adscripción y adquisición, de contendientes e incumbentes?
Publicado el 18.02.2015
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I

El círculo dorado de la elite aristocrática con su poder soft -consistente en el monopolio de la política, la riqueza y el prestigio social y cultural- comenzó a resquebrajarse en Chile a fines del siglo XIX cuando aparecieron miembros de una clase social emergente dispuestos a disputar el ingreso a aquella cúpula esplendorosa en razón de sus propios méritos, antecedentes, esfuerzos y logros.

Frente al status adscrito de la vieja oligarquía -el “Chile pequeño”- se levantó entonces una capa de hombres (y algunas escasas mujeres) cuyo status en la política, la economía, la cultura, la academia, las letras, el clero y las FF.AA. era adquirido; un logro obtenido como resultado del trabajo, la inteligencia, la astucia y el azar. Tratábase pues de nuevos grupos  ascendentes impulsados por una movilidad “disputada” (contested), como la llaman los sociólogos; es decir: competitiva, de emulación y propia de contendientes.

La aristocracia dominante percibió esa amenaza como una intrusión en asuntos de su exclusiva competencia, y a los medios utilizados para ese logro y ascenso -típicamente la educación, el comercio, las nuevas profesiones, la prensa, las ciencias e ingenierías, etc.- como vehículos espurios y expresiones de un flagrante “arribismo”, desprovisto de cualquier distinción o virtud.

La pugna entre la vieja sociedad de las “familias conocidas” y emparentadas entre sí y con el Estado por un lado, y por el otro la sociedad mesocrática emergente, fue tornándose cada vez más intensa. La élite aristocrática comenzó a perder control del entorno más próximo al Presidente de la República, y del propio Presidente. En la conciencia oligárquica, Balmaceda simboliza por eso el comienzo del fin de su hegemonía. Según relata Luis Orrego Luco en sus Memorias, los hombres de la oligarquía “concibieron su oposición a Balmaceda como un gesto de defensa y desagravio ante el ascenso de políticos advenedizos (burócratas en control de los codiciados recursos del Estado enriquecido con las rentas salitreras), en teoría faltos de las virtudes cívicas, de la legitimidad y del don de mando convencionalmente atribuidos a la élite tradicional”. Luego, cuando Guillermo Puelma Tupper afirmó que “todos los caballeros figuran en la oposición, solamente los siúticos, los infelices, los empleados públicos, están con el Gobierno [del Presidente Balmaceda]”, revela el filón de clase social que comenzaba a agrietar el dominio de la élite aristocrática. Años después, el líder conservador Abdón Cifuentes escribió, recordando el mismo episodio: “La sociedad en todo lo que representaba de más influencia y prestigio por el talento, el nacimiento, la fortuna, la ilustración, aun en el clero y en el ejército, se puso en favor del Parlamento”.

Esto es, la aristocracia, habituada a mandar la República, estrechó filas frente al ascenso de una clase intermedia que no era ni burguesa ni proletaria, sino simple y llanamente mesocrática.

II

Pronto se identificaron con este término el Partido Radical y la masonería, los técnicos y las nuevas profesiones, los maestros normalistas y los profesores de humanidades, la pequeña burguesía de la capital y las provincias, los empleados públicos y privados, la mayor parte de los artistas e intelectuales, los militares y grupos rentistas. El eje social de la hegemonía política había empezado a girar.

Efectivamente, a partir de 1920 casi todos los presidentes de Chile así como la mayoría de los ministros, subsecretarios, parlamentarios, alta burocracia y technopols tienen origen mesocrático. Al mismo tiempo confieren a la élite política chilena una estructura, un tono y un estilo cultural crecientemente de clases medias. Suma y sigue. A lo largo de la segunda mitad del siglo XX, las élites de origen mesocrático se diversifican y especializan asumiendo progresivamente la conducción de la mayoría de las diferentes esferas de valor o subsistemas de la sociedad. En cada caso, eso sí, con el contrapeso residual de las antiguas familias de la dominación oligárquica: menor en la política que en la economía, por ejemplo; o de mayor gravitación en la esfera de la sociabilidad distinguida que en aquella de las artes y las letras; o bien con decreciente presencia en la élite de los catedráticos pero, en cambio, con participación -ostensible todavía hoy- en ciertas oficinas de abogados, en el servicio exterior y en el mundo vitivinícola.

III

¿Y cuál era el talento invocado como el motor de la nueva clase en su ascenso hacia la cima de la sociedad? Según comenta Hobsbawm en un famoso pasaje: “El talento representaba la competencia individualista, la “carrera abierta al talento” y el triunfo del mérito sobre el nacimiento y el parentesco. La ciencia y la competencia en los exámenes eran el ideal de la escuela; en otras palabras, estaba naciendo la meritocracia”. Hacía pues su ingreso en escena un fenómeno típicamente burgués y capitalista en su pureza inicial, pero que en nuestro medio local aparece trasplantado como un valor de clase media, más próximo al Estado que al mercado.

Pero no nos precipitemos. Mientras en Chile desaparecía gradualmente la sociedad aristocrática (¡no la aristocracia como estamento!), comenzaba a formarse en su reemplazo una sociedad más compleja, con diversas élites funcionales, clases y segmentos. Se reducía el radio de influencia de la movilidad patrocinada y emergían, aquí y allá, zonas de movilidad disputada. Se formaba una clase media al amparo del Estado y de ciertas actividades privadas e intelectuales. El status adscrito subsistía en unos cotos reservados -ciertos colegios, salones, clubes, círculos sociales, matrimonios, fraternidades, etc.- mientras florecía el status adquirido; o sea, aquel asociado a posiciones elegidas o ganadas que refleja las destrezas, habilidades y esfuerzos de los agentes.

Inés Echeverría de Larraín (Iris) escribió en aquellos días en la revista Silueta (agosto de 1916): “Con nuestra mayor sorpresa apareció una clase media que no sabemos cuándo haya nacido, con mujeres perfectamente educadas, que tenían títulos profesionales y pedagójicos, mientras nosotras sabíamos apenas los misterios del rosario… Entonces sentimos el terror de que si la ignorancia de nuestra clase se mantenía dos jeneraciones más, nuestros nietos caerían al pueblo i viceversa “.

IV

El terreno sobre el que se expande la clase media es el de la creciente urbanización, desarrollo de los servicios públicos y privados, modernización capitalista, secularismo en la cultura, burocratización y expansión de la educación secundaria y superior. El motivo educacional sobre todo opera como un mito identitario y eje de la visión de mundo  mesocrática. De allí la fuerza que adquieren en el imaginario de nuestra clase media el Estado docente, los liceos, la Universidad de Chile, los títulos, la profesión docente, la ciencia y la técnica, la cultura de los saberes modernos y la ética del ascenso individual y por méritos.

Los debates del Centenario con sus modulaciones antioligárquicas, nacionalistas, de protección estatal, industrialismo, capacitación técnica y denuncia y rescate de la “cuestión social” son, en buena medida, un reflejo del nuevo liderazgo político-intelectual de base mesocrática y meritocrática. En esos años, en efecto, comienza a producirse un verdadero cambio de marea en materia de orientaciones políticas y de gobernanza de la nación. Como dice Azun Candina Polomer: “Cundió entonces en los círculos críticos a la oligarquía la idea de una mesocracia, en el sentido de un gobierno meritocrático, moderado y nacionalista -en el sentido proteccionista y patriótico del concepto- que en términos de discurso político fue recogido primero por el primer gobierno de Arturo Alessandri Palma (1920-1924), luego por los gobiernos de coalición del Frente Popular y el Partido Radical (1938-1952) y más avanzado el siglo, por el proyecto de “revolución en libertad” de la Democracia Cristiana, que proponía las reformas profundas que el país necesitaba sin las convulsiones de una revolución socialista”.

¿Y no cabría poner acaso en la misma línea de filiación mesocrática a las élites de la Unidad Popular, con sus incrustaciones revolucionarias pequeño-burguesas, y luego a los diferentes gobiernos de la Concertación, todos con una similar impronta de clase y sus naturales vaivenes de inclinación hacia el polo burgués o el polo popular, junto con una circulación lenta o más rápida de las élites políticas, su composición partidaria y cambiantes alianzas? ¿No estamos ahora mismo, con el segundo gobierno Bachelet, sumidos en una transición sin ruptura de continuidad entre élites políticas, de technpols, de familias partidarias y operadores culturales, donde justamente se hallan en juego las nociones de élite, de patrocinio y disputa, de adscripción y adquisición, de contendientes e incumbentes? ¿Y acaso no es todo esto, precisamente, lo que aparece envuelto en el affaire Dávalos?

V

Sin duda, al comenzar el siglo XXI estamos lejos de las cuatro cuadras del “Chile pequeño”, familístico, patriarcal, de base oligárquica y arquitectura aristocrática. ¿Significa esto que nuestra sociedad ha dejado atrás todo rasgo de movilidad patrocinada y status adscrito, de cuna y apellido, para transformarse en un reino puro de la meritocracia y los roles adquiridos por la habilidad y el esfuerzo personal? ¿Acaso participamos todos por igual en la carrera abierta de los talentos, sin padrinos ni “inversionistas ángeles”, versión capitalista del ángel guardián “que te toma y te lleva como el viento” según reza el verso de Gabriela Mistral?

Sería un error, sin duda, sostener tan optimista tesis. Hoy nuestras élites funcionales -cada una en el ámbito de su relativa autonomía- son el resultado de principios contradictorios de composición y operación. Hay en ellas mérito y patronazgo, selección controlada y auténtica competencia, esfuerzo y nepotismo, apellido y astucia, azar e inducción apadrinada.

Como sea, y habremos de volver sobre esto, ahora existe una diversidad de élites y no más una sola y unificada desde el salón hasta el Estado, desde la producción a la distinción cultural. Y por lo mismo hay también una mayor diferenciación y pluralidad de medios y oportunidades para participar en las redes que entretejen el dominio de la sociedad. Este es el escenario -como veremos próximamente- en que la NM tiene que justificar su propia participación en las élites existentes y tomar posición frente a la selección y el mérito.

 

José Joaquín Brunner, Foro Líbero.

 

 

FOTO:CRISTOBAL ESCOBAR/AGENCIAUNO

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