Lástima que el igualitarismo de nuestros progresistas prefiera una sociedad nivelada, sin espacio para que compitan, cooperen y florezcan mil talentos diversos.
Publicado el 04.02.2015
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¿Qué pasa con nuestros grupos dirigentes que se hallan tan confundidos frente a los exámenes, las calificaciones y los méritos? Por un lado algunos rechazan cualquiera forma de prueba como ocurre con el SIMCE, la selección académica o la PSU. Por el otro premian el lugar de ranking ocupado por los jóvenes dentro de su curso, publicitan con orgullo los puntajes nacionales y echan de menos estudiantes chilenos top en los exámenes PISA. En breve, repudian lo que parecen desear.

Al mismo tiempo, conservadoras o progresistas, las elites resaltan la importancia de las jerarquías, la movilidad ascendente, los grados y títulos y los ritos de iniciación, todos fenómenos de selección y consagración. ¡Y cómo no! Celebran así su propia posición en la sociedad, resultado de múltiples, sucesivos y sutiles procesos de selección.

Quizá ocurre a nuestras elites, especialmente progresistas, sentirse atrapadas entre la selección, el mérito y los exámenes que explican su propia biografía, status e identidad por un lado y, por el otro, el discurso que ellas mismas invocan negando la legitimidad de esos dispositivos de diferenciación. En vena psicológica esto podría llevar a radicar la actual confusión de nuestras elites en un agudo sentimiento de culpabilidad que buscarían superar proclamando un igualitarismo nivelador.

Mas no es ese camino el que me interesa seguir aquí. En cambio, me interpela el hecho de que las elites igualadoras -desde el leninismo/estalinismo hasta variadas sectas revolucionarias contemporáneas- son ellas mismas extremadamente jerárquicas, militaristas frecuentemente, y giran en torno a principios secretos de organización y reclutamiento o en torno a caudillos carismáticos o a fraternidades fuertemente cohesionadas, cuyos miembros son elegidos y ungidos por métodos paternalistas, clientelares, mafiosos, proféticos o misteriosos, totalmente ajenos a las reglas de la racionalidad, los torneos de mérito o la demostración de competencias.

No digo que nuestras élites se comporten así o se compongan de esas maneras premodernas, aunque entre sus miembros persisten a veces criterios tradicionales de clase social, patronazgo, nepotismo, patrimonialismo en la repartición de los cargos y toda suerte de atributos adscritos.

Más bien, se hallan confundidas, creo yo, por su propio discurso igualitarista, anti-selección y contrario a cualquier tipo de exámenes. Han terminado pensando que el mérito no es sino una máscara del “efecto cuna”, tras el cual se ocultaría la herencia convertida en logro. Cualquier éxito individual es percibido como el producto de un juego con cartas marcadas.

¿O será que nuestros ministros, senadores, diputados y toda la escalera de funcionarios directivos leyeron a Proudhon u otros socialistas utópicos y concluyeron que las diferencias de talentos son solo producto de las desigualdades sociales? Según esta óptica, en efecto, borradas las desigualdades sociales -esto es, emparejado el mundo de las estructuras- se eliminarían también automáticamente las diferencias de talento en lo alto, en las superestructuras de la educación y la cultura. Al medio bastaría con tener escuelas y liceos donde cada uno accede al azar y donde los aprendizajes transcurren sin exámenes ni calificaciones, de manera que al final todos los talentos se emparejan y desaparece su diferenciación.

Más sabio parece Rousseau, quien sostenía que es precisamente el talento el que nos hace desiguales. Y añadía: “a ese furor de distinguirnos es a lo que debemos lo que hay de mejor y de peor entre los hombres”; léase, digo yo, mérito y explotación, creatividad y envidia, industria e indolencia.

La diversidad de talentos lleva a la división del trabajo y ésta a la desigualdad de actividades y especializaciones, aprendizajes y méritos, rendimientos y posiciones. “El que cantaba o el que bailaba mejor, el más bello, el más fuerte, el más sagaz o el más elocuente fueron los más considerados, constituyendo este el primer paso hacia la desigualdad”, escribe el mismo Rousseau.

¿Puede haber entonces un igualitarismo no-nivelador? ¿Uno donde las desigualdades de origen sean compensadas en la medida de lo posible por colegios efectivos y donde luego cada cual aspire a desarrollar y realizar en plenitud sus capacidades? ¿Uno donde cada cual tenga garantizados sus derechos básicos por un Estado de Bienestar y, más allá, esté en condiciones de emprender y usar a full sus talentos y capacidades?

Recuerdo que en uno de sus escritos, Jean Paul Sartre sostenía (equivocadamente respecto de la URSS, pero correctamente como forma de imaginar el futuro de la democracia) que “el hombre tiene el sentido del progreso armónico y constante de su propia vida y de la vida social. Vive en un sistema de competencia establecido en todos los aspectos de la vida. La sociedad (democrática, aclaro yo) es una sociedad en un estado de competencia en todos su niveles. (…) La igualdad no es para ella una nivelación en la cual cada hombre viene a ser igual a otro. Es una jerarquía móvil creada espontáneamente a través del trabajo y del mérito”.

Esta idea, me parece a mí, debiera ser un eje del ideario socialdemócrata del siglo XXI. Lástima que el igualitarismo de nuestros progresistas prefiera una sociedad nivelada, sin espacio para que compitan, cooperen y florezcan mil talentos diversos.

 

José Joaquín Brunner, Foro Líbero.

 

 

FOTO: PEDRO CERDA/AGENCIAUNO.

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