¿No percibe acaso nuestro progresismo la ruptura introducida por la modernidad, la democratización, la industrialización y la secularización entre la elite aristocrática de antaño y las elites contemporáneas? ¿No se da cuenta la NM que el IN dejó hace rato de ser un colegio de las cuatro cuadras para convertirse en un liceo de la movilidad social disputada (¡no patrocinada!), que ofrece una vía meritocrática de acceso a la clase dirigente?
Publicado el 11.02.2015
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I

A propósito de la posibilidad que el Instituto Nacional (IN) deje de ser un centro vital de formación de dirigentes y pase a convertirse en un (buen) liceo de nivelación para alumnos elegidos por sorteo, concluimos la semana pasada que la Nueva Mayoría (NM)  adolece de dos fallas en su sociología de las elites.

Primero, la idea de que toda elite es patrocinada; es decir, un círculo cerrado e impermeable al cual se ingresa solo por contar con los atributos reconocidos como valiosos por los miembros de ese club. Resultaría pues de un proceso de “selección controlada”,  según la clásica definición del sociólogo R.H. Turner (1960); una inducción apadrinada por los propios agentes de la cooptación. Ganan quienes han nacido para ganar.

Segundo, la creencia -derivada de esta (falsa) noción inicial- de que no es posible acceder por mérito al  círculo de elite, puesto que solo aquellos atributos adscritos -y no el esfuerzo, el desempeño, el logro y los resultados- son la condición imprescindible y el único medio legítimo de ingreso. Los ganadores juegan con cartas marcadas; no importa cuál sea su talento, esfuerzo o astucia. El mérito sería únicamente una máscara discursiva para encubrir ventajas heredadas.

En esta oportunidad abordaré la primera de ambas fallas argumentales; dejo para más adelante la otra.

II

Efectivamente, hubo una época en Chile -digamos, desde al boom de la riqueza salitrera hasta nuestra belle èpoque, “justo cuando el ocio aristocrático alcanzaba sus máximos niveles de esplendor”, según ha escrito Manuel Vicuña- cuando la elite fue casi toda ella, íntegramente, una asociación de status adscrito. Es la época que un historiador extranjero llama del “Chile pequeño”, del cual se decía que “cuatro cuadras de Santiago controlaban la nación”. Luis Orrego Luco (1866-1948) en sus Memorias (1984) recuerda “aquellos tiempos en que todos en Chile eran parientes”, fabulosa reducción del mundo social ancho y ajeno para hacerlo coincidir con los límites de la propia casta social. Se pertenece a ésta, como ocurre a nuestro memorialista, sus parientes, pares y antepasados, por nacimiento, por efecto de cuna, por el apellido, por la adscripción a un linaje, incluso más que por una identidad de clase compartida. Estamos más cerca de Weber que de Marx.

El historiador británico Harold Perkin describe a estas sociedades ante todo como una aristocracia; una jerarquía al interior de la cual los hombres ocupan su lugar en un orden de precedencia aceptado; una pirámide desplegada desde lo alto de una pequeña minoría de ricos y poderosos hacia capas cada vez más numerosas, pero de menor riqueza y poder, hasta descender a la gran llanura de pobres e impotentes.

III

En una sociedad como esa, y Chile entonces lo era, el status diferencial -sugiere nuestro historiador británico- era una parte “natural” del orden establecido, incuestionable, al cual uno se adscribía al nacer. Por su lado, los memorialistas del “Chile pequeño”, esa cúspide de la alta sociedad -entre 600 y 800 familias se calcula-, nos informan cómo era nacer y crecer en grandes menciones, ir a la escuela con los hijos de otras “familias conocidas”, descubrir el mundo a través de los lazos de parentesco, hacerse adulto en un tiempo de oligarquía, visitar Paris-Londres-Roma como parte de un itinerario familiar, tener hijos para continuar la línea dinástica, adoptar la modas traídas del Viejo Mundo y -a lo largo de esas vivencias- integrarse gradualmente a la elite santiaguina, casi sin notarlo, sin fricciones, como quien persigue un destino desde siempre conocido.

De hecho, las primeras líneas de las Memorias del Tiempo Viejo de Orrego Luco abren de golpe una ventana hacia ese mundo social que concentraba el poder, el prestigio, la riqueza y la influencia en un microcosmos de calles y apellidos. “Vivíamos entonces en la calle del Dieciocho, cerca de la Avenida de las Delicias, junto a la casa de la familia Campino Rivera, muy ligada por amistad a mi madre, y no lejos de la del doctor Petit, célebre especialista y el mejor médico de aquellos tiempos. Frente a nosotros vivía la señora Elisa Viel de Blanco, madre del ilustre hombre público don Ventura Blanco Viel y mujer del célebre periodista y escritor don Manuel Blanco Cuartín, todos amigos de mi familia”. La polis era una prolongación del hogar familiar; lo público echaba raíces en los salones y las tertulias.

IV

Hace un tiempo, una revista capitalina se preguntaba: ¿la elite nace o se hace? Pues bien, ya lo sabemos. Queda claro que hasta la belle èpoque, la elite chilena nacía, no se hacía. Se llegaba a ser parte de ella por una movilidad que los sociólogos llaman “patrocinada” (sponsored). ¿Y quiénes eran los padrinos, los patrocinantes? Ante todo las familias, sus apellidos -de abuelos, padres, esposas, hermanos, tíos, cuñados, sobrinos-; esa densa red de vínculos, apoyos, recursos. Por tanto, el  imprescindible, invaluable, capital social que llegado el momento permitía hacerse también de capital económico, de capital político y expresarse, como no, bajo la forma de capital cultural, con sus rasgos de distinción, sus códigos estéticos, juicios de buen gusto y maneras apropiadas a la diferenciación del status aristocrático.

Dice Manuel Vicuña: “En la mente de los contemporáneos, los lazos de parentesco entre las casas patricias homologaron a la elite nacional con una gran familia cuyas tupidas ramificaciones cubrían la mayoría de las posiciones de poder y privilegio en la sociedad”. La familia, agrego yo, era el epicentro del Estado y la parte más conspicua del mercado; era el nodo de las más tupidas y dinámicas conexiones con el entorno; el ligamen que unía pasado y futuro y proyectaba el status bajo la forma de un linaje.

El patrocinio familiar se entretejía luego con variadas otras expresiones de mecenazgo y  patronazgo que servían como dispositivos de socialización e integración en la elite:  participación en colegios ultra selectivos, como el IN, entonces parte de las redes patricias; el viaje de iniciación a Europa; las fiestas y bailes, puerta de entrada al mercado matrimonial; los estudios superiores, de preferencia del derecho; las primeras ocupaciones, facilitadas por la red familiar; las reuniones del Club de la Unión y la exhibición de sí mismos desde los palcos de la Ópera; el ingreso a la política o al diarismo como parte de la responsabilidad pública que cabía asumir a los miembros de la elite. De esta manera apunta Gabriel Salazar : “… por oferta graciosa, herencia o gestión oficiosa,  [los herederos de la elite] podían acceder sin dificultad a posiciones importantes en la Administración, Congreso Nacional, Gobierno, o en sociedades mineras, agrícolas, bolsa de comercio o en la banca. Todas esas posiciones habían sido y eran “lugares”

frecuentados y dominados, desde antaño, por las grandes familias”.

V

En suma, hablamos de una época de elites patrocinadas, con status y roles adscritos, sujetas a dispositivos de herencia y criterios particularistas, cuya máxima distinción era un modo de ser aristocrático, “cuando las relaciones personales bastaban para formarse una imagen de conjunto de quiénes componían los círculos selectos de la sociedad santiaguina”, para citar nuevamente a Manuel Vicuña.

¿Por qué una parte de nuestros círculos progresistas de la NM, que no llegó por herencia ni por patrocinio a ocupar su lugar en los grupos influyentes de hoy, sostiene a pesar de todo (incluso negando su propia experiencia existencial) que toda elite es producto de la adscripción y el parentesco? ¿Cree de verdad hallarse todavía en un “Chile pequeño” al cual se asciende solo por  virtud de la cuna y el apellido? ¿Piensa en serio que origen y destino se confunden como ocurría entre los centenares de “familias conocidas” que dirigían al país desde sus mansiones y clubes, desde el gobierno y el Congreso, desde la banca y las sociedades mineras? ¿No percibe acaso nuestro progresismo la ruptura introducida por la modernidad, la democratización, la industrialización y la secularización entre la elite aristocrática de antaño y las elites contemporáneas? ¿No se da cuenta la NM que el IN dejó hace rato de ser un colegio de las cuatro cuadras para convertirse en un liceo de la movilidad social disputada (¡no patrocinada!), que ofrece una vía meritocrática de acceso a la clase dirigente?

En suma, ¿cómo no percibir que la propia noción de elite ha cambiado y que aquella de antaño, de base familiar y composición aristocrática, ha desaparecido casi por completo dando paso a diferentes élites, cada una con sus propias dinámicas de reclutamiento y circulación?

Sobre estas interrogantes volveremos la próxima semana.

 

José Joaquín Brunner, Foro Líbero.

 

 

FOTO: CRISTOBAL ESCOBAR/AGENCIUAUNO

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