Recientemente el Presidente Gabriel Boric se dirigió al país para presentar el Presupuesto 2026. La promesa central fue clara y reiterativa: entregar “la casa ordenada y con las cuentas claras”. Sin embargo, detrás de esta fachada de prolijidad fiscal, su gobierno ha decidido ejecutar un acto de profunda mezquindad política que contradice el espíritu republicano que dice defender. La supresión de la “glosa republicana” no es un detalle técnico; es un gesto de pequeñez que afecta la transición democrática.
Esta glosa constituye un fondo de libre disposición y es mucho más que una partida presupuestaria. Es una de las convenciones no escritas más valiosas de nuestra República, un pacto de buena fe entre adversarios que entienden que la gobernabilidad del país trasciende a sus propios mandatos. No es un lujo ni un regalo, sino el oxígeno financiero que permite a una nueva administración poner en marcha su programa sin dilaciones. Permite que la voluntad ciudadana, expresada en las urnas, no quede congelada durante meses en el laberinto de la burocracia y las negociaciones parlamentarias. Eliminarla es un acto de deslealtad institucional.
El argumento oficial -que promete reemplazarla por “más libertad para reasignar recursos”-, obligará a un gobierno recién instalado a iniciar su gestión desvistiendo a un santo para vestir a otro, a enfrentar a ministros contra ministros, a paralizar servicios públicos que ven amenazados sus fondos y a consumir un valioso capital político inicial en disputas internas.
Lo más incomprensible de esta medida es la amnesia selectiva que exhibe, un olvido que roza la ingratitud. El propio Presidente Boric, al asumir en 2022, recibió cerca de US$ 700 millones a través de esta misma glosa. Y no la recibió en tiempos de bonanza. La recibió de la administración de Sebastián Piñera, un gobierno que no solo enfrentó una crisis social y una pandemia, sino que además fue objeto de la más implacable hostilidad política por parte del actual oficialismo. Recordemos que su sector político no se limitó a la crítica; impulsó dos intentos de destitución en su contra a través de acusaciones constitucionales. A pesar de esa ofensiva, de esa búsqueda por acortar su mandato, el Presidente Piñera actuó con altura de miras y honró la tradición. Su gesto demostró que la estabilidad del país estaba por encima de cualquier cálculo o revancha. La decisión actual, en contraste, representa una involución vergonzosa de ese estándar republicano.
Si se normaliza esta práctica, cada gobierno saliente se sentirá con el derecho de minar la capacidad de acción de su sucesor. La buena fe se reemplaza por la sospecha, y la colaboración da paso a la obstrucción. El Estado deja de ser un proyecto a largo plazo para convertirse en un botín cuyo control se entrega a regañadientes y con las manos atadas.
Un verdadero estadista se mide no por la pulcritud de sus balances finales, sino por la grandeza con que prepara la continuidad del país. Deja una casa funcional, con las herramientas necesarias para que el siguiente habitante pueda construir sobre lo avanzado. Al optar por la mezquindad, el Presidente Boric no solo le falla a su sucesor; le falla a la República, dejando una herida en nuestra convivencia democrática que, lamentablemente, costará mucho sanar.

Demuestra lo que es este tipo, ignorante, soberbio, irrespetuoso, poco demócrata, desleal, no cumple reglas de amistad cívica, no tiene altura ni formación para ejercer ese cargo.