Mayo no es un mes cualquiera para Chile. Es el mes en que el Pacífico trae hasta el presente el eco de Iquique, el ejemplo del capitán Arturo Prat y el sacrificio de quienes hicieron de la entrega a la patria una forma superior de servicio.
Pero las Glorias Navales no comienzan en 1879. Entre 1818 y 1820, bajo el impulso de Bernardo O’Higgins y el genio naval de Lord Thomas Cochrane, Chile comprendió que su independencia no podía sostenerse solo en tierra. La creación de una escuadra nacional fue una decisión estratégica de enorme trascendencia: la expresión de una visión de Estado que reconocía en el mar una condición esencial del destino nacional.
Ese legado no puede ser olvidado. Las Glorias Navales son el recordatorio de que el poder marítimo ha sido, en los momentos decisivos de nuestra historia, un factor determinante para la soberanía, la seguridad de nuestras rutas y la proyección internacional del país.
Precisamente por eso, mayo también debe ser un mes de reflexión responsable. Honrar a la Armada exige formular una pregunta incómoda, aunque necesaria: ¿estamos cuidando adecuadamente las capacidades operativas que esa historia nos obliga a preservar?
Las capacidades navales no se improvisan. Una fragata, un submarino, los sistemas de mando y control o el soporte logístico no se reemplazan de un año para otro. Cuando la modernización queda sometida a ciclos presupuestarios breves o decisiones postergadas, el deterioro no siempre se percibe de inmediato, pero termina afectando la disponibilidad y la eficacia operacional.
A ello se suma el capital humano. Sin marinos capacitados, motivados y disponibles, incluso la mejor tecnología pierde valor operacional. Y el creciente empleo de las Fuerzas Armadas en Estados de Excepción genera costos reales en entrenamiento y disponibilidad que no pueden financiarse indefinidamente con los recursos ordinarios de la defensa.
La defensa nacional no debe tratarse como una urgencia ocasional ni como materia subordinada al clima político del momento. Es una responsabilidad del Estado que requiere continuidad, planificación plurianual, financiamiento adecuado e inversión tecnológica sostenida.
Saludar a la Armada en sus Glorias Navales es reconocer su historia y agradecer el servicio de sus hombres y mujeres. Pero también es asumir el deber de no descuidar las capacidades que le permiten cumplir su misión. Los héroes de Iquique pertenecen a Chile. Y honrar su ejemplo exige cuidar, con responsabilidad y visión de futuro, la herramienta naval que el país necesita para proteger su soberanía y sus intereses permanentes.
Que mayo nos recuerde no sólo lo que fuimos capaces de construir, sino la responsabilidad de conservar y fortalecer aquello que sigue siendo esencial para Chile.
*Maricarmen Garrido Iracheta – Instituto Libertad e Ignacio Mardones Costa – Vicealmirante (r)

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