En su columna dominical del 12 de mayo, titulada “¿Quién es el coñete?”, Carlos Peña comentaba la solicitud del Presidente Boric a los bancos para que no sean “coñetes”, y se hacía una interesante pregunta: “si acaso será verdad que la economía se dirige a sí misma, sin que la voluntad importe”. La respuesta -casi siempre, por lo demás- es inequívocamente negativa. La voluntad importa y mucho, qué duda cabe. El mundo económico se desvive por conocer, mejor todavía prever, las decisiones de política monetaria de la Reserva Federal, expresiones de la voluntad por antonomasia.
Otra cosa es que los resultados de las decisiones que de su ejercicio se obtienen sean los que sus autores persiguen. Un ejemplo ilustrativo es el caso de los retiros de fondos de las cuentas de ahorro previsional, cuyo objetivo se cumplió a cabalidad: permitirle a las personas usar una parte de esos fondos para disponer de liquidez cuando sus ingresos se habían encogido a causa de la crisis sanitaria. Pero las consecuencias de esas decisiones, emanadas de la voluntad del sistema político, no pudieron ser evitadas, prevaleciendo lo que el columnista denomina “la voluntad casi antropomórfica de los precios” -no otra cosa es la tasa de interés a la que se otorgan los créditos en el sistema bancario.
La voluntad política, traducida en sendas reformas constitucionales que dieron origen a los retiros, produjo una inflación de dos dígitos, obedeciendo previsiblemente a “las leyes del firmamento económico”. Ante eso, como también era enteramente previsible -para eso existe-, el Banco Central no tuvo otra opción que elevar la tasa de política monetaria, lo que a su vez ha generado las elevadas tasas de interés a las que todavía prestan dinero los bancos.
Se comprueba así que la voluntad, “por más democrática que sea su proceso de formación” (Peña dixit) no puede liberarse de las restricciones que impone el manejo del dinero, y que no puede hacer caso omiso a las «leyes del firmamento económico», una omisión que está en la base de ese exceso de voluntad que es el voluntarismo, y que suele ser la causa de los más graves desequilibrios fiscales de que se tenga noción.
Así, la respuesta a la interrogante del rector, quizá con algo de sorpresa, es que el «coñete» es el mismísimo Banco Central -aunque el apelativo sea de suyo desafortunado-, cuando comenzó elevar la tasa de política monetaria a mediados de 2021 -no por nada llamada tasa rectora, a la que sujetan los bancos de plaza-, la que alcanzó a inéditos dos dígitos en más de dos décadas.
Cabe aplicar aquí el conocido teorema de Thomas: “Si las personas entienden como real una determinada situación… (que a partir del enorme incremento del dinero en el sistema no se produciría inflación), esta será real en sus consecuencias”. A lo habría que añadir que rara vez es posible escapar de ellas cuando se trata de reglas básicas del sistema económico.
