Hace algunas semanas, el actor Luis Dubó calificó los recortes presupuestarios del gobierno al sector cultural como «un acto impúdico, absurdo, estúpido». El ajuste no es menor. $51.750 millones menos para el Ministerio de Cultura. Cerca del 10% de su presupuesto. Parte de un plan fiscal que busca recortar más de US$1.400 millones. Entiendo la molestia. A nadie le gusta que le “toquen el bolsillo”. Pero hay una pregunta que el sector cultural en Chile evita. ¿Por qué el arte tiene que financiarse con los impuestos de todos los chilenos?

Veamos lo que pasa cuando el arte se la juega en el mercado. La Avenida Corrientes en Buenos Aires está llena de lunes a lunes. Más de 30 salas activas, una cartelera con nuevas obras estrenándose semana a semana. El circuito teatral porteño se compara hoy con Broadway y el West End. El cine argentino no se queda atrás. El Eternauta, producida por Netflix con una inversión de US$15 millones, llegó al puesto número uno mundial entre las series de habla no inglesa y se llevó ocho premios Platino. Todo el equipo, argentino. Todas las locaciones en Buenos Aires.

En Chile también tenemos un caso que vale la pena mirar. Estudios Neverland partió hace siete años como un podcast grabado en el living de su casa por Edo Caroe y su equipo. Hoy son una productora con más de 70 personas, estudios propios en Providencia, una plataforma de streaming con suscripción mensual, shows en vivo y una operación multiplataforma que ya está fichando rostros de televisión abierta. Sin subsidios. Sólo la capacidad de entender a su audiencia y construir un modelo de negocio digital que genera valor por el cual la gente está dispuesta a pagar. Esa es la lección. La cultura no necesita subsidio. Necesita reinventarse.

Desde la política pública también se pueden hacer cambios. Por ejemplo, en Brasil existe la Ley Rouanet. El principal mecanismo de fomento cultural del país. No es un subsidio directo del Estado. Es una renuncia fiscal. Las empresas eligen qué proyectos financiar y el gobierno renuncia a cobrar ese impuesto. El privado decide.

Mismo modelo que en Argentina permitió el cofinanciamiento de El Eternauta. Se produjo con capital privado más el BA Cash Rebate del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, que devuelve hasta 20% del gasto de producción. Sin un peso del INCAA (Instituto Nacional de Cine y Artes Audiovisuales de Argentina).

Esto es muy distinto al modelo chileno, donde el Estado asigna directamente. Mecanismo que depende de la ideología de turno y que a veces falla, financiando incluso festivales de cine pornográfico con plata pública.

Luis Dubó es un tremendo actor. Hizo Machuca, La Nana, El año del tigre. Ganó el premio UNASUR. Si su próxima obra es buena, va a llenar la sala. Y si la sala se le queda chica, hoy tiene YouTube, Instagram o TikTok. Plataformas que le permiten llegar a millones de personas en todo el mundo sin pedirle permiso a nadie. No necesita plata del Estado. Necesita confiar en su propio talento. Y sobre todo reinventarse una vez más. Todos estamos en la misma.

Si los artistas chilenos siguen en el loop de que sin subsidio no se puede, eso no va a pasar. Si el gremio cultural quiere ganar este debate, tiene que dejar de pedir el restablecimiento del statu quo y empezar a proponer la modernización del sistema.

“La suerte favorece a la mente preparada”. No a los que solo reclaman. Que el público decida si su propuesta artística vale el precio de la entrada.

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1 Comment

  1. Muy de acuerdo. Las personas tenemos talentos y capacidades que nos permiten innovar más allá de lo que pensamos. Los artistas son una expresión de lo anterior. Ellos pueden ofrecer su arte a los ciudadanos igual como cualquier emprendedor. Que los chilenos decidan.

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