Uno de los principios más elementales de nuestro “nuevo” proceso penal es, sin duda, la publicidad. La reforma procesal penal nos prometió a todos que las causas criminales ya no se ventilarían en las cuatro paredes del actuario; se nos dijo que la justicia no sólo debe hacerse, sino que además debe verse.

Por lo anterior, resulta inquietante -por decir lo menos- la falta de publicidad en el llamado caso ProCultura; justo cuando la investigación golpea al gobierno de turno y a todo su entorno político. Por ello, creo que esto no se trata de una mera cuestión técnica. La no transmisión de audiencias relevantes, en causas de alto interés público, a estas alturas ya no puede ser neutra. En este caso, en el que se ventila otra grave arista de corrupción que mancilla al gobierno saliente y en el que se imputa a personas inmiscuidas en las barbas del oficialismo -justamente ahora-  esta audiencia fue silenciada.

El contraste es elocuente. En el caso Hermosilla (llamado caso audios) el Presidente Boric no tuvo reparos en opinar a viva voz, marcando posiciones morales y políticas antes de que los tribunales hablaran, vociferando que “La élite cree que a los poderosos no se les puede tocar”. Hoy, frente al caso ProCultura, el silencio es brutal. No hay llamados a la transparencia, no hay discursos sobre probidad, no hay indignación republicana. Sólo mutismo selectivo, el que ha sido compartido además por la programación selectiva de las transmisiones judiciales de la audiencia ¿azar? ¿Coincidencia? No lo sé, pero lo que sí puede advertirse es que esta situación no es baladí y, por tanto, ciega a la opinión pública de una manera arbitraria.

¿Por qué se transmiten ciertas audiencias sí y otras no? Quizás, porque la publicidad expone contradicciones, desnuda debilidades y, sobre todo, incomoda a quienes preferirían que el proceso penal operara en penumbra cuando los investigados son “propios”. El problema es que la publicidad no es un favor del tribunal ni una concesión política: es una regla del Estado de Derecho, guste o no.

Los medios están para incomodar al poder, nos decía el -en aquel entonces- aspirante a Presidente de la República, pero ahora pareciera ser que dicha incomodad de verdad incomodó y, ante dicha incomodidad, se prefirió el silencio. Cuando la publicidad del proceso se vuelve selectiva, la justicia deja de ser un límite al poder y pasa a administrarse como un recurso comunicacional y en ese devenir, se erosiona la confianza mínima en que la ley se aplica sin miedo y sin amigos.

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