Comenzado el mes de mayo, Chile conmemora el Mes del Mar. Este año, la Armada, a través de su Comandante en Jefe entrega una mirada que hace pensar en la identidad de nuestra nación: Pensar a Chile desde el mar. En un emotivo discurso dado en la transparencia hormigonada del Teatro de Concepción el almirante Cabrera condujo una reflexión sobre el rol y valor asignado al océano: “El mar es conexión, es el ejercicio pleno de nuestra soberanía, es el motor del desarrollo y es, por, sobre todo, nuestro destino manifiesto”.

Celebrar el mes del Mar se convierte en una fiesta patriótica que conecta con diferentes dimensiones de la constitución del país. La Guerra del Pacifico, sin duda es punto de inflexión en la historia de Chile y en la conformación de la identidad de los actuales destinos de la nación. Esta guerra se trataba de defender a chilenos, y parte de la pelea se dio en el Desierto de Atacama. Finalmente, el control marítimo decidió el destino del conflicto. Así se configuró el límite norte del país, y con ello, una nueva manera de “ser chileno”.

Si hablamos de conformar la identidad del comportamiento colectivo de nuestra chilenidad que nace después de esta guerra, hay a lo menos cinco condiciones que parecen sostener la manera en que hoy enfrentamos los desafíos sociales colectivos.  El primero, nos impregnamos de la astucia, gallardía y la inteligencia de los que tuvieron que enfrentar el desafío bélico que Bolivia y Perú nos arrastraron. Chile poseía un ejército menor y recursos limitados, pero supo envolverse en un entramado de tecnología, logística e inteligencia marítima que terminó por amplificar sus capacidades y engrandecerlo más allá de su tamaño real.

Los distintos líderes de la época, civiles y militares, como diría el presidente Patricio Aylwin, articularon una estructura de defensa sofisticada que logró unir marinos, empresarios, comerciantes, diplomáticos y funcionarios portuarios en una red de información, abastecimiento y estrategia. Gran parte del éxito nacional se apoyó en la anticipación y manipulación de la información de los países enemigos y en una valentía que se iluminaba de astucia colectiva.

Una segunda consolidación nacional fue entender el mar como escenario permanente, fue en esta guerra el lugar de las grandes batallas: En América Latina, la Guerra del Pacífico ocupa un lugar parecido al que las guerras navales tienen en epopeyas mediterráneas. La imposibilidad de moverse por tierra, con un desierto casi inhabitado, a excepción de desabastecidas ciudades, bases salitreras y puertos, convirtió al Pacífico en el espacio donde se decidió el destino de los pueblos. Surge nuestra costa como marca de la identidad social de nuestro país y de cada ciudadano.

Esto concatena con la tercera característica que nace después de esta disputa: la capacidad de implementar avances tecnológicos, que siempre vienen asociados a los conflictos bélicos. El territorio marítimo es más de cuatro veces la superficie del territorio continental, esto implica que se debió y aún debemos desarrollar capacidades superiores en innovaciones operativas y técnicas. Hoy esto se refleja en que poseemos en el país infraestructuras reconocidas internacionalmente como el Metro, la edificación en altura en país sísmico, el uso de tecnología informáticas y en tantos ejemplos que nacen de la ingeniería militar y marítima.  

“El destino oceánico de Chile”, precioso concepto, constituye otra dimensión esencial de nuestra identidad, pues el vínculo histórico con el Pacífico nos conectó tempranamente con Oceanía y Asia, transformando los puertos en puntos estratégicos que proyectaron el intercambio y la facilidad de abrirse al mundo desde la navegación. El mar impulsó una poderosa vocación exportadora que convirtió al país en una plataforma conectada al mundo y articulada desde sus costas hacia los grandes circuitos del comercio global.

La quinta y última dimensión identitaria que emerge luego de la Guerra del Pacífico, es tal vez la más reconocida internacionalmente y es nuestra relación con la minería, una vocación productiva inscrita en la memoria de generaciones, presente en la historia de las familias chilenas. La industria minería representa hoy cerca del 60% de las exportaciones del país y continúa siendo la gran fuerza que tracciona la economía nacional, movilizando empleo, inversión, innovación y desarrollo a lo largo del territorio. Sobre esa energía histórica también emergen nuevas industrias estratégicas, los requerimientos en madera para ferrocarriles, la forestal, alimentaria y agroexportadora, todas ellas evolucionando en estos casi 150 años incorporando innovación, abriendo oportunidades y proyectan el desarrollo chileno desde sus regiones hacia el mundo.

Al conmemorarse los 147 años de la heroica contienda de Arturo Prat en la Batalla de Iquique, donde la grandeza vino desde el dolor de una pérdida, es también momento de pensar cómo nuestro orgulloso Norte ha determinado la configuración geográfica, económica, política, social y esencia de la chilenidad.  

Cabe entonces la pregunta: ¿Chile le ha devuelto realmente la mano al Norte? Porque proteger la soberanía no consiste únicamente en resguardar fronteras, vigilar el mar o controlar el territorio desde la tierra. La soberanía también se construye mejorando la calidad de ciudades, barrios, llevando agua y vida al desierto, e invirtiendo en los espacios donde miles de chilenos viven, trabajan y levantan al país cada día.

A casi 150 años de la integración nacional, sería importante impulsar un Pan Macrozona Norte que honre el aporte histórico de un territorio que ha dado riqueza, identidad y proyección al país. Cada región, cada uno de sus centros poblados y cada villorrio aislado debieran prepararse para celebrar un aniversario cargado de identidad, memoria y sentido de pertenencia, mejorando la conectividad, la integración territorial y el bienestar de las familias.

Que sus habitantes vuelvan a sentir que los puertos no son sólo muelles y containers, sino lugares estratégicos que conversan con sus ciudades; que el agua y la energía llegan como progreso compartido a cada hogar; y que el desarrollo deja de pasar de largo para arraigarse, por fin, en la vida cotidiana de quienes habitan el norte de Chile.

Así como durante la Guerra del Pacífico la estrategia y el abastecimiento fueron decisivos, hoy el verdadero reconocimiento nacional hacia el Norte Grande debiera expresarse en ciudades plenamente integradas al desarrollo: una Antofagasta que, a casi un siglo y medio de su ocupación el 14 de febrero de 1879, se consolide como nodo económico moderno con infraestructura sanitaria y urbana acorde a su riqueza; una Iquique orgullosa de un sistema logístico, caminero y de conectividad que armonice su belleza costera con su vocación exportadora ligada a los puertos y a la ZOFRI; y una Arica que, junto a la fuerza simbólica de su Morro, recupere plenamente su condición industrial y agrícola,  fértil desde iniciativas como Pampa Concordia y sus valles interiores. El abandono prolongado de estas ciudades estratégicas es una deuda territorial, es una forma silenciosa de olvidar el sacrificio, el trabajo y el aporte histórico del Norte para Chile.

Que la sangre derramada por más de 2.800 compatriotas, hombres y mujeres que entregaron su vida por el futuro de Chile, encuentre también reconocimiento en un país más consciente de su historia, su valor, de la riqueza estratégica, humana y oceánica que habita en el Norte Grande y sobre todo en la preciosa identidad que une astucia, inteligencia, humildad, fortaleza y un patriotismo que se enciende con la brisa del mar.  

Arquitecto/ Dirigente Gremial Araucanía

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1 Comment

  1. Como estamos en el Mes del Mar y por mi respeto y admiración a la Armada de Chile, la felicito por su noble iniciativa, ímpetu e intusiasmo.

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