“Quien gane con la IA, gana”. La frase de Donald Trump contiene una verdad estratégica: la IA no es solo tecnología: es una disputa por productividad, poder militar y capacidad de fijar las reglas del futuro. Por eso descartó ralentizarla: mientras Estados Unidos debate cómo avanzar con seguridad, China busca avanzar más rápido.

Las voces que piden frenar se multiplicaron tras la renuncia de Jacob Coxon, investigador de 27 años que trabajó tres años en OpenAI y Anthropic, quien advirtió que la IA podría escapar del control humano. Su testimonio merece atención, pero no constituye un veredicto. No reveló un descubrimiento secreto ni un incidente concluyente: ofreció una interpretación sobre la velocidad del avance. Una predicción extrema no se vuelve certeza por provenir de la industria.

La alarma ganó peso cuando Dario Amodei, fundador de Anthropic, pidió “un ritmo más lento” y recibió el respaldo de Sam Altman y Elon Musk. Allí surge una paradoja: quienes solicitan desacelerar continúan invirtiendo y compitiendo por llegar primero. Cuando quienes lideran una carrera piden que todos corran más lento, corresponde preguntar quién gana con la pausa.

Una moratoria global difícilmente sería respetada por China. Sí podría congelar posiciones, convertir la seguridad en barrera de entrada y consolidar a quienes ya poseen capital, talento y capacidad computacional. El apocalipsis también puede ser una estrategia competitiva.

La regulación importa. Estados Unidos ha tendido a innovar primero y corregir después. Europa eligió anticiparse con una regulación preventiva. El contraste es elocuente: según Stanford, en 2025 la inversión privada en IA alcanzó US$285.900 millones en Estados Unidos y apenas US$20.900 millones en Europa: casi catorce veces menos. En IA generativa, la distancia fue cercana a cincuenta veces. Europa produce reglas; Estados Unidos, empresas y modelos. China tampoco espera: Xi Jinping acaba de ofrecer a los BRICS modelos abiertos, fábricas inteligentes y plataformas digitales.

Las alarmas tampoco han detenido la adopción. En 2023, más de 30.000 personas pidieron pausar por seis meses los grandes experimentos de IA. Desde entonces, ChatGPT pasó de unos 100 millones de usuarios semanales a más de 1.000 millones. No prueba que el miedo causara su crecimiento, pero sí que las advertencias amplificaron la conversación mientras la carrera continuaba.

Para empresas y directorios, la respuesta no es acelerar ciegamente, sino aprender más rápido y gobernar mejor: experimentar con límites, proteger datos, supervisar decisiones críticas y detener aplicaciones de daño irreversible.

Chile no debe elegir entre la ansiedad regulatoria europea y una carrera sin salvaguardas. Necesita adopción rápida, responsabilidad exigente y regulación proporcional al riesgo. Porque perder el control de la IA también es descubrir que otros construyeron el futuro mientras nosotros discutíamos si debíamos empezar.

Socio de Consultoría de PwC Chile

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1 Comment

  1. China también rechazó la posibilidad de involucrarse en tal iniciativa. China tiene su propia visión del desarrollo de la IA. No se involucra en la competencia de frontera (al menos públicamente), que obliga a inversiones cuantiosas, y copia lo que le interesa para sus propios fines, que es ganar la guerra económica, aplicando la IA a su industria de producción de bienes que compra occidente. Mejores y más baratos, es la estrategia. Por otro lado el desarrollo de la IA es barato y fuertemente controlado por el estado, obligando a que los desarrollos sean de código abierto, y todos deben contar con «timbre de agua». La IA es una amenaza para el tipo de régimen por lo que debe controlarla completamente, tal como a su población. Es de imaginar el descalabro que provocaría a ese régimen una IA sin control.

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