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La encíclica Magnifica Humanitas de León XIV probablemente será recordada como uno de los documentos más relevantes del pensamiento social cristiano en la era digital. No sólo porque aborda de manera frontal el impacto de la inteligencia artificial, sino porque lo hace desde una pregunta profunda: ¿qué significa seguir siendo humanos cuando la técnica parece querer redefinirlo todo?

Su tesis central es clara: el problema de nuestra época no es meramente tecnológico, sino antropológico y espiritual. La IA puede transformar radicalmente la economía, el trabajo, la política, la educación y hasta las relaciones humanas, pero ninguna innovación será verdaderamente progreso si pierde de vista la dignidad de la persona. La técnica nunca es neutral; siempre expresa la visión sobre el ser humano de quienes la diseñan, financian y utilizan.

La encíclica se sitúa explícitamente en continuidad con Rerum Novarum de León XIII, publicada hace 135 años. Así como la Iglesia debió pensar éticamente la revolución industrial, hoy debe discernir las consecuencias de la revolución digital y del poder tecnológico particular que domina buena parte del mundo contemporáneo. León XIV evita tanto el entusiasmo ingenuo como el rechazo alarmista. La IA puede servir al bien común: curar enfermedades, ampliar el acceso al conocimiento, facilitar el trabajo humano y mejorar la vida social. El riesgo aparece cuando la lógica tecnológica termina subordinando la verdad, el trabajo, la libertad o la misma experiencia humana.

Uno de los aportes más originales del documento es la apelación a dos imágenes bíblicas contrapuestas: Babel y Jerusalén. Babel representa la tentación de construir un mundo autosuficiente, homogéneo y dominado por el poder técnico; Jerusalén simboliza, en cambio, la reconstrucción comunitaria basada en la responsabilidad compartida, el diálogo y la apertura a Dios. La gran disyuntiva contemporánea no estaría entre aceptar o rechazar la tecnología, sino entre usarla para dominar o para servir.

La encíclica plantea advertencias concretas. Señala que la verdad se ha convertido en un “bien común” amenazado por la manipulación digital; que el trabajo humano no puede quedar sometido a la lógica de las máquinas; y que nuevas formas invisibles de control pueden erosionar silenciosamente la libertad. Especialmente lúcida resulta su crítica al “paradigma tecnocrático”, que reduce todo -incluida la persona- a información, eficiencia y rendimiento.

Pero quizás el corazón del texto está en la reivindicación de la fragilidad humana. León XIV afirma que el límite, la vulnerabilidad y la dependencia no son defectos que deban eliminarse mediante la tecnología. Precisamente allí reside parte esencial de nuestra humanidad. Ninguna IA, por sofisticada que sea, puede reemplazar la experiencia del amor, el sufrimiento compartido, la conciencia moral o la apertura a la trascendencia.

En tiempos fascinados por la promesa de superar lo humano, Magnifica Humanitas repara en que el verdadero progreso no consiste en producir máquinas cada vez más poderosas, sino en desarrollar una civilización donde la persona humana siga estando en el centro.

Director Centro Ética y Sostenibilidad Empresarial ESE Business School

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