Chile no dejó de crecer solo por falta de inversión. Dejó de crecer porque dejó de ser eficiente. Esa es la conclusión incómoda, indesmentible y estructural que salta de la evidencia numérica que muestra la productividad de las últimas tres décadas.
Durante los años 90, el país vivió una fase excepcional. La Productividad Total de Factores (PTF) crecía en torno a 3% anual, explicando buena parte del dinamismo económico junto a la mayor inversión y aumento del capital humano empleado.
Era un crecimiento “intensivo”, en el sentido que no solo se acumulaban más recursos, sino que además se usaban cada vez mejor. Éramos más eficientes usando esos recursos. Pero ese motor se fue apagando. A comienzos de los 2000 la PTF se desaceleró a niveles marginales o directamente se fue a cero; luego se estancó por más de una década y, entre 2014 y 2023, derechamente cayó nuevamente y llegó a valores negativos.
El resultado es claro: hoy Chile crece, pero lo hace de forma extensiva. O sea, solo con más capital y más empleo. Pero no más eficiencia. En 2024, por ejemplo, el crecimiento del PIB fue explicado casi íntegramente por crecimiento de trabajo y capital, con una PTF cercana a cero. Es un modelo que tiene un techo conocido. Esta situación difícilmente permite superar las tasas de crecimiento mayores a 2% o 2,5% anual que hemos vivido en el último tiempo.
Las consecuencias son profundas y acumulativas. Primero, salarios reales estancados: la productividad es la base del ingreso real, y sin mejoras en eficiencia no hay espacio sostenible para aumentos. Segundo, menor recaudación fiscal: se estima que Chile podría haber recaudado hasta 5% adicional del PIB si hubiese mantenido mayores niveles de crecimiento. Tercero, un mercado laboral más débil y dependiente del ciclo externo, particularmente a los precios del cobre, lo que fue clave en la década del 2000-2010.
El rezago también es evidente en perspectiva internacional. Chile produce cerca del 50% por hora trabajada que el promedio de la OCDE (Chile US$ 27 versus OCDE US$ 54), lo que no refleja menor esfuerzo, sino menor valor agregado por unidad de trabajo. La economía sigue concentrada en sectores menos intensivos en conocimiento, como la minería y la producción de alimentos, con baja inversión en I+D (Chile invierte 0,34% del PIB versus el 2,68% de la OCDE) y limitada adopción tecnológica, sobre todo en empresas de menor tamaño.
¿Por qué ocurrió esto? No hay una sola causa, pero el diagnóstico converge sobre factores que hoy ya son estructurales, y que no son fáciles de cambiar de un día para otro. Factores conocidos como una fuerte debilidad en la formación de capital humano, donde la raíz se debe buscar en la base de la educación escolar, técnica y falta de capacitación; baja innovación de todo tipo; exceso de regulación que frena la inversión y alarga los periodos de inversión; y una matriz productiva poco diversificada. En síntesis, Chile siguió creciendo en “cantidad”, pero dejó de mejorar en “calidad”.
El leve repunte observado en 2024–2025, el primero en más de una década, es una señal positiva, pero aún insuficiente para hablar de un cambio de fondo. La convergencia hacia niveles de ingresos de países desarrollados, que fue una realidad en los 90, hoy parece algo muy lejano.
Salir de esta trampa exige una agenda clara. Reducir la permisología y dar certidumbre legal a la inversión; transformar el capital humano con foco en habilidades de futuro, como automatización e inteligencia artificial; elevar significativamente la inversión en innovación; y acelerar la digitalización sobre todo en las pymes. Pero también implica algo más incómodo: mejorar la productividad del propio Estado, hoy parte muy relevante del problema.
La historia reciente deja una lección simple pero contundente. Las economías no prosperan solo acumulando recursos. Prosperan cuando aprenden a usarlos mejor. Y Chile, por ahora, dejó de hacerlo hace más de una década.

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