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Esta semana, distintos medios informaron sobre un nuevo problema para la industria tecnológica con un nombre casi tan atractivo como preocupante: «RAMageddon». Este problema, se refiere a que la creciente demanda por chips destinados a inteligencia artificial está comenzando a tensionar la oferta mundial, elevando el precio de computadores y otros dispositivos. En el caso de Apple, elevó en Estados Unidos los valores de sus computadores Mac y Tablets iPad entre 15% y 25%; en el caso del Apple, TV superó el 50%. 

Una vez más, un componente casi invisible nos recuerda cuánto depende el mundo de recursos que damos por sentados.

Pero mientras leía estas noticias, pensé que la verdadera escasez en el futuro podría no ser la de chips, sino otra.

Porque lo interesante no es que estén faltando chips, sino dónde están yendo. Cada vez más, un mayor número de ellos se destinan a entrenar modelos de inteligencia artificial, construir centros de datos y aumentar una capacidad de procesamiento que hace apenas unos años parecía inimaginable. En definitiva, la escasez de chips proviene de la necesidad de producir más respuestas, más contenido, más análisis y más recomendaciones.

Y esa abundancia podría terminar generando una nueva escasez.

Durante décadas, el conocimiento fue un activo escaso. Encontrar información requería tiempo, acceder a expertos era difícil, elaborar un buen análisis demandaba horas de trabajo. Hoy, en cambio, una buena parte de ese conocimiento es inmediato. La inteligencia artificial redacta informes, resume documentos, propone estrategias, analiza datos y responde preguntas en cuestión de segundos.

Paradójicamente, mientras más chips necesitamos para generar esas respuestas y estas se vuelven abundantes, el uso del pensamiento crítico y el criterio están comenzando a escasear. Hoy, el verdadero desafío ya no es obtener una respuesta. Es saber si esa respuesta tiene sentido. Es distinguir un dato relevante de uno anecdótico, una correlación de una causalidad, una buena idea de una idea simplemente bien escrita. 

Y ese desafío tiene profundas implicancias para quienes lideran organizaciones.

La inteligencia artificial democratiza muchas capacidades que antes eran exclusivas de unos pocos. Esa es, probablemente, una de las mejores noticias de esta revolución tecnológica. Pero también significa que aquello que nos diferenciará dejará de ser la capacidad de producir información y pasará a ser la capacidad de interpretarla.

No es casualidad que la palabra «criterio» provenga del griego kritērion: la facultad de juzgar, de discernir. No se trata de acumular más información, sino de separar lo importante de lo accesorio. Y esa habilidad, a diferencia de un chip, no se fabrica en una planta industrial ni se compra con una inversión multimillonaria. Se construye con experiencia, curiosidad, pensamiento crítico y la disposición a hacerse buenas preguntas.

Quizás dentro de algunos años ya no hablemos de escasez de chips. La industria encontrará nuevas formas de producirlos y la oferta volverá a equilibrarse. Pero hay una escasez que ninguna fábrica podrá resolver por nosotros. En un mundo donde las respuestas serán cada vez más baratas, rápidas y abundantes, el recurso verdaderamente escaso será el criterio para decidir qué hacer con ellas.

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