Mucho se discute en nuestro país acerca de la necesidad de construir embalses para almacenar agua en épocas de bajo consumo y/o capturar agua cuando ocurren eventos tales como inundaciones. Los agricultores de distintas regiones y comunas lamentan el poco avance de estas inversiones en infraestructura. Ello se debe a una combinación de factores tales como su elevado costo e impacto fiscal, su lenta ejecución que demora décadas, y la resistencia de vecinos que se podrían ver afectados.
Una forma complementaria que es utilizada en muchos otros países tales como Estados Unidos, Israel, España, Australia y los Países Bajos, es la infiltración artificial de acuíferos. Esto se refiere a la inyección de agua, mediante tecnologías tales como pozos, cámaras o balsas de infiltración, con el propósito de acumularla bajo el subsuelo: son verdaderos embalses subterráneos. Esta solución es comparativamente menos costosa e involucra plazos más breves y genera menor resistencia de parte de los vecinos que la construcción de un embalse. La clave de este tipo de proyectos es que el agua infiltrada, en años normales o de mayor humedad, pueda ser reutilizada posteriormente en años más secos.
En Israel, por ejemplo, la recarga de los acuíferos del Mar de Galilea y de las montañas del oeste se realiza desde los años sesenta. Dicha práctica permitió que los acuíferos sobreexplotados se convirtieran gradualmente en importantes reservas de almacenamiento de agua. Se considera que esta es una de las innovaciones más destacables del sistema de gestión hídrica de ese país ya que les permite acumular agua desalinizada y aguas residuales tratadas. La naturaleza interconectada del sistema de transporte de agua permite la explotación de acuíferos a nivel local en años secos, o su recarga artificial en años más húmedos. Por tanto, actúan como buffers entre períodos de menor y mayor disponibilidad hídrica (“swing suppliers”) y en simultáneo minimizan las pérdidas por evaporación en comparación con el almacenamiento al aire libre. Israel cuenta con 1.500 pozos de bombeo y monitoreo para realizar el manejo de los acuíferos como reservas de agua, lo que se reconoce como un proceso delicado que requiere una extensa red de piezómetros y un monitoreo sólido (Banco Mundial, 2017).
En Chile, contamos con algunas experiencias prácticas de recarga artificial. Así, por ejemplo, la Sociedad del Canal de Maipo impulsó un proyecto en 2013, localizado en el campus Antumapu de la Universidad de Chile. La iniciativa contemplaba la ejecución de pruebas piloto utilizando lagunas o piscinas de infiltración y pozos de inyección en la zona no saturada. Asimismo, la Dirección de Obras Hidráulicas del Ministerio de Obras Públicas, la Comisión Nacional de Riego y diversas organizaciones de usuarios de agua han impulsado este tipo de iniciativas. Sin embargo, en dichos proyectos la reutilización del agua infiltrada tenía grandes limitaciones debido a restricciones impuestas por la autoridad. Esto creó desincentivos a la inversión en este tipo de proyectos ya que no era posible utilizar los acuíferos como reservas o bancos de agua subterráneos, como sí se hace en otros países.
La buena noticia es que este año, la Dirección General de Aguas (DGA) aprobó el primer proyecto que permite la recarga artificial de aguas subterráneas y reutilización de las aguas infiltradas. Es un proyecto de la empresa sanitaria Aguas Andinas que contempla la recarga artificial del acuífero Mapocho Alto, mediante pozos profundos ubicados en el sector Las Hualtatas. La meta es inyectar 950 millones de litros al año provenientes de la Planta de Agua Potable de La Dehesa. El agua infiltrada puede ser extraída y utilizada en años secos. El proyecto contempla la instalación y mantención de un sistema de monitoreo y transmisión de extracciones efectivas continuo para evaluar el comportamiento del acuífero durante y después de la recarga.
Es relevante mencionar que en la modificación del Código de Aguas de 2022 se mejoró la norma relativa a la recarga artificial de acuíferos. Primero, se indica que se requiere contar con un informe favorable de la DGA y que existe la posibilidad real de reutilizar las aguas infiltradas bajo ciertas condiciones de monitoreo, por ejemplo. Además, establece exigencias de no afectación sobre otras extracciones para consumo humano, como también sobre la calidad de las aguas. Este cambio normativo es un mejor sustento para las autorizaciones de la DGA.
El potencial de desarrollo de este tipo de iniciativas, dado que la DGA ha autorizado la reutilización posterior del agua infiltrada, constituye una enorme oportunidad para mejorar el estado de muchos acuíferos. La DGA estima que un 62% de los sectores hidrogeológicos de aprovechamiento común (SHAC) presentan algún grado de sobreexplotación. De un total de 375 SHAC, 243 han sido declarados área de restricción o zona de prohibición (91 y 141, respectivamente; DGA, noviembre 2024). Muchos han sido explotados intensamente durante los años de extrema sequía y podrían recuperar gradualmente sus niveles sustentables mediante estos proyectos de infiltración artificial.
Para lograr un mayor desarrollo de este tipo de proyectos en el corto plazo, se requiere una combinación de al menos los siguientes elementos: i) estabilidad en las reglas del juego, ii) información y monitoreo del comportamiento de los acuíferos, iii) recursos, y iv) gestión eficiente de los sectores público y privado.
