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El tiempo de la burocracia no es el tiempo de la infancia

Hay realidades que conmueven durante unos minutos y luego desaparecen de nuestra atención. La infancia que crece sin una familia es una de ellas. Nos indignamos ante el abandono, pero pocas veces preguntamos cuánto tiempo esperan esos niños o qué estamos haciendo para ofrecerles un futuro diferente.

En Chile, a diciembre de 2025, alrededor de 5.190 niños, niñas y adolescentes vivían en residencias de protección, según cifras difundidas por organizaciones vinculadas a la infancia. No todos están legalmente en condiciones de ser adoptados, pero la cifra revela la magnitud de un desafío que no admite indiferencia.

El tiempo de la burocracia no es el tiempo de la infancia. Mientras las instituciones tramitan expedientes, los niños crecen, atraviesan etapas decisivas de su desarrollo y pueden aprender, dolorosamente, a desconfiar de los vínculos. No se trata de acelerar adopciones a cualquier precio, sino de impedir demoras evitables y garantizar que cada niño encuentre oportunamente la solución familiar que mejor responda a sus necesidades.

Las heridas invisibles del abandono

El maltrato, la negligencia, el abandono y las separaciones reiteradas pueden dejar profundas huellas emocionales. El trauma puede manifestarse en desconfianza, temor al rechazo, aislamiento o dificultades para regular las emociones. Algunos niños parecen rechazar precisamente aquello que más necesitan: la cercanía y el afecto de los adultos.

No todos reaccionan de la misma manera. Sin embargo, estas experiencias exigen comprensión, preparación y apoyo especializado. Una adopción puede enfrentar dificultades no por falta de amor, sino porque la familia carece de herramientas para comprender la historia del niño y acompañar su recuperación.

Por eso, la preparación psicológica previa, la vinculación gradual y el acompañamiento profesional posterior deben ser parte esencial de una política responsable. Una familia estable y preparada puede contribuir decisivamente a reparar las heridas del abandono, pero necesita apoyo para sostener esa tarea.

Cuatro países, cuatro lecciones para Chile

La experiencia internacional demuestra que existen alternativas concretas para mejorar la protección infantil. No se trata de copiar modelos, sino de adaptar sus mejores prácticas.

Estados Unidos: buscar una familia para cada niño. El programa Wendy’s Wonderful Kids financia profesionales especializados que investigan los vínculos familiares y las redes de adultos significativos de niños que llevan tiempo esperando. Una evaluación encontró que los participantes tenían 1,7 veces más probabilidades de ser adoptados, con resultados superiores en determinados grupos de niños mayores y con necesidades complejas. Chile podría desarrollar equipos semejantes para buscar activamente familias para quienes tienen menos posibilidades de encontrarlas mediante los procedimientos habituales.

Corea del Sur: responsabilidad pública efectiva. En julio de 2025 entró en vigor una reforma que trasladó al Estado la responsabilidad central de los procedimientos de adopción, reforzando la supervisión pública. Su experiencia recuerda que la protección infantil no puede depender de esfuerzos dispersos: requiere instituciones coordinadas, procedimientos transparentes y garantías efectivas para los derechos de los niños.

España: fortalecer las alternativas familiares. La experiencia española destaca la importancia del acogimiento familiar para evitar que la residencia se prolongue innecesariamente, especialmente durante la primera infancia. Chile puede avanzar en la selección, formación y apoyo de familias acogedoras, sin confundir esta modalidad temporal con la adopción definitiva.

Colombia: crear vínculos y ampliar oportunidades. Iniciativas impulsadas por Kidsave han promovido encuentros entre niños mayores y adolescentes bajo protección y adultos voluntarios, favoreciendo relaciones significativas y ampliando sus redes de apoyo. Chile podría desarrollar programas de vinculación supervisada, con preparación de los adultos y salvaguardias para proteger emocionalmente a los niños, sin generar falsas expectativas.

Estas experiencias coinciden en una idea fundamental: el sistema debe organizarse alrededor de las necesidades de cada niño, y no de la comodidad de los procedimientos administrativos.

Cinco medidas para que la espera deje de ser un destino

1. Saber cuántos niños esperan y desde hace cuánto tiempo. Chile necesita un registro nacional actualizado que permita conocer las edades, la situación jurídica y el tiempo de permanencia de los niños en residencias. La información debe distinguir a quienes pueden ser adoptados de quienes necesitan reunificación familiar, acogimiento u otras alternativas. Sin un diagnóstico transparente no es posible establecer prioridades ni exigir resultados.

2. Buscar familias para los niños que más esperan. Siguiendo la experiencia estadounidense de Wendy’s Wonderful Kids, deberían crearse equipos especializados que trabajen con un número acotado de niños, reconstruyan sus vínculos familiares y comunitarios e identifiquen adultos capaces de ofrecerles estabilidad. La prioridad debe incluir a niños mayores, adolescentes y grupos de hermanos, sin convertir la búsqueda de familias en una asignación apresurada.

3. Evitar que las residencias se conviertan en soluciones permanentes. La experiencia española invita a fortalecer el acogimiento familiar mediante formación, apoyo económico para los gastos de cuidado y acompañamiento profesional. Cuando el regreso con la familia de origen no sea seguro ni posible, el Estado debe evaluar oportunamente otras soluciones estables. El acogimiento y la adopción son modalidades distintas, pero ambas deben responder al interés superior del niño.

4. Incorporar el trauma al centro de la preparación adoptiva. Las familias necesitan formación previa sobre abandono, apego y desarrollo infantil, además de una vinculación gradual y apoyo psicológico después de la llegada del niño al hogar. No basta con evaluar si los adultos desean adoptar; es necesario prepararlos para comprender las reacciones emocionales del menor y acompañarlo cuando surjan dificultades. El seguimiento debe prevenir las crisis, no limitarse a intervenir cuando la convivencia ya está en riesgo.

5. Establecer responsabilidades, plazos y resultados verificables. Los organismos de protección y las instituciones competentes deben coordinarse mediante metas públicas y evaluaciones periódicas. El éxito no puede medirse únicamente por el número de adopciones concretadas, sino también por la reducción de las esperas evitables, la estabilidad de las soluciones familiares, la preservación de los vínculos entre hermanos y el bienestar de los niños. La experiencia de Corea del Sur refuerza la importancia de una responsabilidad estatal clara y de procedimientos transparentes.

Estas medidas requieren recursos y voluntad política, pero no parten de cero: aprovechan experiencias internacionales que Chile puede adaptar, evaluar y perfeccionar. Lo inaceptable es que la falta de coordinación o de apoyo termine prolongando indefinidamente la espera de un niño.

Una deuda que nos concierne a todos

No todos los niños necesitan ser adoptados; todos necesitan crecer protegidos, escuchados y rodeados de vínculos seguros. Cuando el regreso a la familia de origen no sea posible ni seguro, deben buscarse oportunamente otras soluciones permanentes, incluida la adopción cuando corresponda.

La adopción tampoco termina con una sentencia judicial. Comienza una nueva responsabilidad: ayudar a construir una relación estable, comprender las heridas del niño y garantizar que la familia no quede sola ante las dificultades.

La pregunta es cuánto tiempo más permitiremos que la burocracia, la falta de recursos o la indiferencia prolonguen una espera que, para un niño, representa años irrepetibles.

La infancia no puede defenderse por sí sola. Necesita un Estado que responda, instituciones coordinadas y una sociedad dispuesta a mirar más allá de la conmoción pasajera.

La adopción seguirá siendo una tarea pendiente mientras haya niños esperando una familia y soluciones que no llegan a tiempo. No podemos devolverles los años perdidos, pero tenemos la obligación de impedir que sigan perdiendo su infancia.

Embajador (r), Presidente Fundación Sinergia Humanitaria

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