A nadie le gustaría vivir la zozobra y la angustia de tener un trabajo inestable y sin garantías sociales mínimas. Pues bien, los informales, alcanzan a toda una legión de 2,7 millones de personas. Habitando en su gran mayoría en el ámbito de la incertidumbre, agravado por un horizonte incierto, tanto por no contar con seguro de cesantía y ante una venidera vejez, que irremediablemente llega, en ascuas, por la ausencia de cotizaciones previsionales.
Ciertamente, algo más de la mitad son trabajadores independientes, (45%) que se sustentan por sí mismos, con mayores espacios de libertad y con la satisfacción de sus atisbos de emprendimientos, sin embargo, con alta dosis de vulnerabilidad.
Hay que tener presente que casi la mitad de los trabajadores informales son “dependientes”, 1.2 millones, es decir, con un vínculo de subordinación. Laboran en una unidad económica privada, ajena a la supervisión formal del SII y descumplen con sus obligaciones sociales, incomprensiblemente, inherentes al vínculo de acatamiento que experimentan.
Hay que constatar que las brechas de género se profundizan en hogares en situación de pobreza, la tasa de participación laboral femenina se ubica apenas en un 37%, y no les cotizan a un 63% de ellas y más de la mitad se desempeñan en jornada parcial, por sus virtuosas e imprescindibles responsabilidades hogareñas; y de estas un 70% son monoparentales ( jefas de hogar). De esta dura realidad se desprende que el foco de las políticas públicas de contribución social, deberían volcarse directa e individualmente hacia ellas, y en forma subyacente… no tanta mediatización legislativa a determinadas profesionales por su obsesión por el logro de directorios…
Y adentrándonos en lo más agobiante, los despidos de empleos formales por efectiva necesidad de la empresa suman 1 millón desde 2022 lo que se refleja en una altísima tasa de desempleo del 8,7%, con aires de cronicidad…
El trabajo es algo esencial a la naturaleza humana, más allá de la subsistencia, nutre a las personas de un sentido de pertenencia y su aporte es un activo para el crecimiento, vía la división y especialización del trabajo contribuyen al funcionamiento de la sociedad económica. Y es el punto de partida en la demostración de igualdad social. Esencia que desconoce el actual gobierno, involucrados en extinguir el carísimo CAE, (US 11.000 millones) siendo lo que les ha contribuido la sociedad, como un todo, en obtener sus estudios superiores, de alto retorno personal ante un financiamiento exiguo y flexible (pagan solamente como promedio 1,5 UF mensuales)
En consecuencia, lo más permanentemente prioritario como determinante de un país es la generación de empleos y el desafío como exigencia a un gobierno, es tomar conciencia que nuestra fuerza de trabajo es de tal dimensión estructural, alcanzando a 10,2 millones y los empleos asalariados son sólo una parcialidad de 6,8 millones. Allí deben estar las políticas públicas en acentuar la flexibilidad laboral, inverso a lo que experimentamos actualmente, es el factor más gravitante del Índice de Libertad Económica. La pujanza y modernidad como vanguardia de EE.UU., sistemáticamente (con un desempleo menor al 4%, menos de la mitad del nuestro) descansa en esta flexibilidad que garantiza tanto competitividad como productividad con su virtuosa movilidad.
Empleados públicos en Chile superan los 1,2 millones y más allá de tener un inmerecido y abusivo empleo vitalicio, de bajísima productividad y latente inercia, la plantilla se ha incrementado en un 50% en una década, acentuada en el actual gobierno. Es tal la desidia que se toman 35 días (más de 1 mes) por licencias médicas y 10 días por ausentismo, sobrepasando por más del doble al sector privado, es una tara inconmensurable para el país. Dogmáticamente se confunde o condiciona, la sensibilidad social de un Estado omnipresente, a sacrificio y asfixia, de las libertades e incentivos individuales, que generan valor a la sociedad en su conjunto.
El enorme daño que el Gobierno ha provocado en el equilibrio del empleo con la desmesurada permisividad e imprudencia con el descontrol del flujo y stock de “emigrantes”, estimulándoles hasta la asignación de derechos sociales, a los 1,7 millones de extranjeros, en inversa proporcionalidad a su preparación, que han desquiciado el mercado del trabajo, alterando profundamente los valores más intrínsecos de nuestra homogénea sociedad… que eventualmente, recuperar el equilibrio socio económico podría tomar décadas.
Como corolario, la valiosa y visionaria última impronta del Presidente Piñera, modelando la Pensión Universal, pasará por difíciles circunstancias, presionando aún más a nuestro stress de deuda fiscal por cuanto un 45 % del universo los trabajadores no tienen cotizaciones previsionales.
Vaya futuro país que nos aguardaría, con la ausencia de estímulos de mercado y con la falta de rigor como disciplina que nos rodea, con un añejo dogmatismo plagado de incoherencias e incompetencias y controles asfixiantes, que se testimonia con el menor crecimiento económico de los seis gobiernos que lo anteceden y con un ritmo de inversión en caída libre, menos 6%, este año.
La mejor manera de combatir el desempleo y el mal empleo es dejar que la economía libre, dinámica y flexible funcione. Las empresas que se rigen por la ley, el Estado obtiene, de los logros privados, captando y apropiándose de una variedad, hasta descomedidas erogaciones, desde impuestos corporativos como personales, de los más onerosos del mundo Occidental.

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