La inteligencia artificial puede transformar la economía y ofrecer al mismo tiempo retornos decepcionantes a quienes la financian. El resultado dependerá de los flujos de caja que produzca, del tiempo que tarde en generarlos y del precio que hoy se paga por anticiparlos.

Dos publicaciones recientes obligan a examinar esa distancia. Un boletín de investigadores del Banco de Pagos Internacionales (BIS) encontró que el 46,4% del valor divulgado de las operaciones de inversión entre empresas de IA analizadas para 2021–2025 correspondía a compañías que también mantuvieron relaciones comerciales durante ese período.

La definición es amplia: no demuestra que los recursos de cada operación regresaran al inversionista mediante compras. Sí revela una superposición relevante entre vínculos financieros y comerciales.

El Fondo Monetario Internacional agregó otra dimensión. En una revisión de catorce operaciones desde 2023 identificó aproximadamente US$300.000 millones en inversiones de capital y US$650.000 millones en deuda, vinculados a US$1,4 billones en compromisos de ingresos futuros. Son magnitudes distintas: financiar una expansión y comprometer ventas futuras no equivale a generar rentabilidad.

El fenómeno puede examinarse desde la reflexividad financiera, asociada a George Soros: las expectativas del mercado pueden modificar los fundamentos económicos que buscan anticipar. En la IA, un posible circuito sería que valorizaciones elevadas faciliten financiamiento, este impulse compras de infraestructura y las ventas resultantes refuercen las expectativas iniciales.

Es una hipótesis sobre cómo podría amplificarse el auge, no una prueba de que exista una burbuja. El riesgo aparecería si el mercado interpretara ventas dependientes de ese financiamiento como evidencia suficiente de demanda duradera.

Las inversiones entre socios comerciales tienen razones legítimas: asegurar suministros, reservar capacidad de cómputo y coordinar infraestructura. El financiamiento externo es habitual en empresas que crecen. La cuestión es cuánto de la expansión depende de financiar a los propios compradores y qué rentabilidad permitirá sostener esas compras.

Aquí surge un riesgo más concreto: la doble exposición a una misma contraparte. Si un proveedor también invierte en su cliente, una dificultad de este último puede reducir simultáneamente sus compras y el valor de la participación del proveedor. El deterioro comercial y la pérdida financiera pueden llegar juntos.

El FMI advierte que una decepción en la inversión y rentabilidad de la IA podría provocar una corrección de activos. Las conexiones entre empresas pueden amplificarla: menores ingresos debilitan balances y dificultan obtener financiamiento, justo cuando aumenta su necesidad.

Para las empresas chilenas, esto exige mirar más allá de las capacidades del producto. Cuando un proveedor sostiene procesos esenciales, importa evaluar su dependencia de nuevas rondas de capital y las consecuencias de una interrupción del servicio. Los directorios también deben revisar proyectos cuya rentabilidad supone una expansión continua de la demanda.

Creer en la IA es compatible con exigir disciplina financiera. Una revolución tecnológica puede crear valor para la economía y destruir capital para quienes pagaron demasiado por anticiparla.

Socio de Consultoría de PwC Chile

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