La famosa frase pronunciada por uno de los integrantes de la misión Apolo 13 nos retrotrae a la restrictiva realidad que se vivía en el sector salud en el Chile de los años 80, período en que la ciudad de Houston, en Texas, era sinónimo de esperanza para aquellas familias que podían costear allá el tratamiento contra una enfermedad grave de alguno de sus miembros.

La disponibilidad de tecnología avanzada, tratamientos de última generación y capital humano especializado, sumados a una moderna infraestructura, entregaban en esa ciudad norteamericana las luces de esperanza para que esas familias encontraran las soluciones médicas que en ese momento Chile no podía ofrecer.

De esos años han pasado ya cuatro décadas y, en la actualidad, se escucha muy poco acerca de la necesidad de tomar un avión con destino internacional para recibir un diagnóstico o un tratamiento avanzado y de altísima calidad. Chile experimentó un gran avance en el sector salud de la mano del sector privado, que, en un país con perspectivas de crecimiento y un marco regulatorio relativamente estable, encontró las condiciones para invertir y traer al país tecnología médica avanzada, creando también los incentivos a las universidades para formar especialistas capaces de usar de forma efectiva dicha tecnología.

Se generó un círculo virtuoso (aunque algunos se alarmen por el crecimiento del gasto en salud, que podrá ser tema de una próxima columna) y un nuevo ecosistema en el sector chileno de la salud, cuyo impacto fue extender el alcance de los beneficios de estos tratamientos a familias que no podían tomar un avión a Houston, y la posibilidad de tratar en Chile enfermedades que antes requerían de pasaporte.

Sin embargo, cada cierto tiempo se plantea en Chile la idea de disminuir el rol del sector privado en salud, proponiendo esquemas de asignación de recursos de manera centralizada, con una presencia importante del Estado en las decisiones de inversión y adopción de tecnología, como ocurre en algunos países europeos con evaluaciones de costo-efectividad que presentan serias inconsistencias respecto de las preferencias de los ciudadanos.

Además de todas las fallas conceptuales de dichos modelos, la modernización tecnológica en medicina es un proceso constante, y en Chile es difícil que el Estado pueda mantener un ritmo sostenido en ese ámbito, considerando que los costos de salud en todo el mundo continúan subiendo y la situación de crecimiento económico del país indica que no será fácil financiarlo.

No hay dudas que el sistema de salud en Chile requiere cambios, tanto en el sector público como en el privado, pero las necesidades más urgentes tienen que ver con mejorar el acceso a la salud de los pacientes más vulnerables que esperan para ser atendidos en una larga lista de espera. En este contexto, el sector privado no es el problema, sino una parte esencial de la solución. Reconocer y potenciar la colaboración público-privada es fundamental para proteger y extender los avances logrados, beneficiando así a todos los chilenos.

Es importante cuidar los logros alcanzados y ser cautelosos frente a políticas que, bajo la premisa de una mayor igualdad, podrían paradójicamente conducirnos de vuelta a la antigua y más desigual realidad, en la que el acceso a tratamientos de salud avanzados, al igual que las soluciones a los problemas de las misiones espaciales, sólo podían encontrarse en Houston.

Profesor Wharton School, Universidad de Pennsylvania, y director de empresas

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