El Día de la Madre es probablemente una de las celebraciones más transversales de nuestra cultura. Abundan los gestos, los reconocimientos y los discursos que destacan el valor insustituible de la maternidad. Sin embargo, esta celebración convive con una realidad cada vez más incómoda: hay menos madres. La distancia entre lo que decimos valorar y lo que efectivamente hacemos posible se ha vuelto evidente.
Chile atraviesa una sostenida caída de su natalidad, situándose entre las más bajas de la región. Según las proyecciones del INE, la tasa global de fecundidad descendería a 0,97 hijos por mujer en 2025, muy por debajo del nivel de reemplazo de 2,1. Entre 2027 y 2028, las defunciones superarían a los nacimientos. Las consecuencias trascienden lo demográfico: impactan el mercado laboral, tensionan la seguridad social y transforman la estructura misma de nuestras comunidades. Detenernos a mirar estas cifras es también una forma de responsabilidad social.
¿Estamos siendo, como sociedad, lo suficientemente conscientes de lo que estos números significan? ¿Y, como empresas que aspiran a una mirada humanista, lo estamos haciendo bien?
Ser madre hoy se ha vuelto un desafío complejo. La incertidumbre económica, la dificultad para conciliar trabajo y familia, los costos de crianza y una cultura que posterga los proyectos familiares configuran un escenario adverso. A ello se suma la percepción -muchas veces fundada- de que la maternidad puede frenar el desarrollo profesional. No es que la maternidad se valore menos: son las condiciones estructurales las que la vuelven cada vez más difícil de asumir.
Aquí el mundo empresarial tiene una responsabilidad que no puede delegar. Nuestras organizaciones son, para millones de personas, el espacio donde transcurre buena parte de la vida adulta. Allí se decide, en gran medida, si la maternidad será compatible con la trayectoria profesional o si silenciosamente se transformará en un costo a evitar. Flexibilidad real, modalidades híbridas, apoyo a la crianza, salas cuna, corresponsabilidad parental y una cultura que no penalice las trayectorias familiares no son sólo beneficios: son expresiones concretas de qué tipo de empresa queremos ser.
Vale la pena que cada líder, en su próxima reunión de equipo, se haga preguntas incómodas: ¿qué ocurre con las mujeres de nuestros equipos cuando son madres? ¿Vuelven con las mismas oportunidades? ¿Se les evalúa con los mismos criterios? ¿Qué podemos hacer como equipo cuando un integrante requiere apoyo con el cuidado de sus hijos? ¿Cuántas decidieron postergar la maternidad por temor a quedarse atrás? ¿Qué desafíos específicos tenemos como empresa para dar espacio a que nuestras mujeres sean madres y puedan trabajar al mismo tiempo? Las respuestas, aunque difíciles, son reveladoras.
Desde una mirada cristiana, la familia no es un asunto privado al margen de la economía: es el primer lugar donde se aprende la dignidad humana. Cuidar la familia es cuidar el tejido sobre el que se construye toda sociedad. La doctrina social de la Iglesia lo ha recordado con insistencia: el trabajo está al servicio de la persona, y no al revés.
Por cierto, este desafío excede al mundo privado. Se requieren políticas públicas coherentes, sistemas de cuidado accesibles, apoyo a las familias jóvenes y marcos regulatorios que favorezcan la conciliación. Pero las empresas no podemos esperar a que otros actúen primero. La cultura organizacional la construimos cada día, en cada decisión. Lo que hacemos y decimos sobre la maternidad en nuestros lugares de trabajo es formativo para los colaboradores y repercute en la sociedad en su conjunto.
Si realmente queremos honrar la maternidad, este Día de la Madre debiera dejarnos algo más que flores y mensajes corporativos: debiera dejarnos preguntas. Porque sólo así esta fecha recuperará su sentido pleno, no como gesto simbólico anual, sino como expresión de una sociedad, y de empresas, que hacen posible aquello que dicen valorar.

Excelente