AGENCIAUNO

El estallido social de octubre de 2019 no surgió de un alza de 30 pesos. Fue la expresión visible de un proceso profundo que se venía incubando por décadas y que terminó por quebrar la confianza entre ciudadanos, Estado y mundo privado. Si hoy queremos evitar que algo similar vuelva a ocurrir, necesitamos asumir esa historia sin caricaturas y entender con precisión qué fuerzas convergieron.

1. La “madre de todas las colusiones”: la transacción que desfondó la legitimidad del sistema

Durante los años posteriores al retorno a la democracia, se configuró en Chile un orden político económico que, con matices, operó bajo un pacto implícito:

-El mundo político mantuvo estabilidad macroeconómica, continuidad institucional y crecimiento.

-El sector privado mantuvo la inversión, la expansión del mercado y su rol central en la economía.

-A cambio, ambos toleraron prácticas que deterioraron la confianza: sectores empresariales operando sin suficiente regulación, un Estado incapaz de fiscalizar y operadores políticos instalados en instituciones públicas con poca rendición de cuentas.

Ese pacto generó desarrollo, pero también excesos sistémicos: retail endeudando masivamente a los hogares; banca imponiendo tasas de interés difíciles de sostener para la clase media; farmacias coordinando precios; educación superior convertida en un negocio de escala. Se configuró así lo que podríamos llamar la madre de todas las colusiones: la colusión estructural entre poder político, regulatorio y económico, que dejó en medio a millones de personas expuestas a abusos cotidianos tanto de privados como del Estado.

El caso La Polar -repactaciones unilaterales que inflaban balances y enriquecían a ejecutivos mientras endeudaban aún más a los clientes- sólo fue el corolario visible de un sistema completo que permitió que eso ocurriera.

La clase media, motor del país, quedó atrapada: mucha oferta de consumo, poco acceso real a bienestar.

2. El malestar no nació en 2019: se construyó narrativamente durante años

El descontento que explotó en 2019 no fue espontáneo ni súbito. Se venía acumulando durante décadas en un país que, mientras crecía económicamente, descuidó dimensiones esenciales de su convivencia. Como sociedad valoramos más la capacidad de construir metros cuadrados de mall, levantar torres y mostrar una “última línea” alucinante, que invertir en educación pública de calidad, garantizar una justicia oportuna o medir el éxito por el impacto social positivo.

Ese enfoque -rentabilidad por sobre propósito, infraestructura por sobre cohesión- dejó vastos sectores del país a la deriva, particularmente aquellos que no participaron de los beneficios del crecimiento al mismo ritmo que otros. La clase media se endeudó para “pertenecer”, no para avanzar; los sectores vulnerables quedaron sometidos a servicios públicos deficientes; y amplios segmentos quedaron con la sensación persistente de que Chile era mejor para algunos que para otros.

En ese terreno fértil, el relato crítico hacia el modelo caló profundo.

Primero, en organizaciones intermedias como gremios de profesores, sindicatos pequeños pero ruidosos, federaciones estudiantiles y agrupaciones ideologizadas. Luego, en generaciones completas que crecieron escuchando que el sistema estaba diseñado para excluirlos, que las élites habían pactado entre sí, y que la única salida era cuestionarlo todo.

Esta narrativa se consolidó gracias a un ecosistema mediático y digital que amplificó la comparación constante: mientras miles vivían sobreendeudados, la televisión, la publicidad y las redes sociales proyectaban una vida de confort y consumo inalcanzable para la mayoría. La frustración se transformó en resentimiento, y ese resentimiento en terreno fértil para un discurso anti-sistema que ofrecía una explicación simple y emocional para una realidad compleja.

3. La chispa: cuando el malestar se junta con organización y se transforma en una bola de nieve incontrolable

Al comenzar 2019, distintos grupos -gremiales, estudiantiles, sindicales, partidos de izquierda y organizaciones que viven de la protesta permanente- venían articulando un relato antisistema que llevaba años instalándose en los espacios intermedios del país. No planificaron, quizás, un estallido de la magnitud que vimos, pero sí construyeron un clima emocional y político que dejó al país al borde de la saturación.

En ese contexto, cuando se encendió la chispa, muchas fuerzas comenzaron a operar al mismo tiempo, generando una bola de nieve que rápidamente adquirió vida propia. La violencia inicial abrió espacios que fueron ocupados por barras bravas, narcos y grupos anarquistas. No porque alguien les diera instrucciones detalladas, sino porque el ecosistema que se había creado los invitaba naturalmente: calles sin control, instituciones paralizadas, un discurso legitimador y un clima que convertía a cualquier acto de destrucción en un gesto de “resistencia”.

A esa bola de nieve se sumó un elemento decisivo: el millón de personas que marcharon en la llamada “marcha más grande”, muchos de ellos ciudadanos bienintencionados que, sin ser violentos ni radicales, dieron una validación moral al relato anti-sistémico. Fueron los “tontos útiles” -no en sentido despectivo, sino descriptivo- que, al salir masivamente sin distinción, le dieron al movimiento violento la épica que necesitaba para consolidarse.

La política tampoco estuvo a la altura.

No hubo un freno claro, ni una condena transversal, ni un liderazgo firme.

Hubo temor, cálculo y silencios.

Muchos dirigentes -especialmente de centroizquierda- no justificaron la violencia, pero tampoco la criticaron con fuerza; otros hicieron vista gorda; algunos incluso la relativizaron abiertamente. Ese vacío permitió que la bola de nieve siguiera creciendo, y con ella un ecosistema donde la violencia dejó de ser un delito para transformarse en un instrumento político.

Cuando la inercia ya estaba instalada, ningún actor logró frenarla. El país entró en un ciclo donde la calle desplazó a las instituciones, y la legitimidad se midió por volumen, no por razón ni por derecho.

4. La consecuencia más peligrosa: se instaló que la violencia funciona

El resultado más profundo del estallido no fue la destrucción material, ni el proceso constituyente fallido. Fue algo más estructural: una parte de la política y de la sociedad internalizó que la violencia es un mecanismo legítimo para obtener cambios o recuperar poder.

Durante el actual ciclo político de gobierno de izquierda que llegó al poder por intermedio del estallido social, sectores que históricamente movilizaron protestas intensas se han mantenido en silencio. Ese contraste no es trivial: sugiere que, para algunos, la protesta no es una herramienta de expresión ciudadana, sino una llave de presión política disponible cuando el adversario gobierna.

De ahí surge la pregunta clave para el futuro: ¿Qué impide que, si pierden el poder, vuelva a activarse el mismo mecanismo que incendió el país en 2019?

La consigna de que hay sólo un grupo que entiende al país y que, por lo tanto, puede darle gobernabilidad, ya se palpita en el ambiente, es así como se está configurando el legado del Presidente Boric y su gobierno.

5. Lo que Chile necesita entender ahora

Para que el estallido no se repita -o no volvamos a vivir conflictos que escalen sin control- Chile necesita asumir tres verdades incómodas:

1. El descontento fue real, no un invento ideológico. Se incubó en abusos, falta de regulación, endeudamiento excesivo, abandono del Estado y ceguera del mundo privado a las tensiones sociales.

2. La instrumentalización del malestar también fue real. Sectores políticos aprovecharon ese resentimiento para articular poder, y en ese proceso legitimaron prácticas que hoy le hacen daño al país y lo pueden desfondar nuevamente.

3. La respuesta institucional fue insuficiente. En vez de restituir autoridad y cohesión, se cedió al temor y se renunció a defender principios básicos de convivencia.

6. Hacia dónde mirar

Evitar otro 2019 no requiere más consignas, ni relatos refundacionales, ni nostalgias de un país que ya no existe. Requiere algo más profundo: recuperar la convicción de que Chile puede volver a construir un horizonte común si pone al centro a la persona, su libertad y su capacidad de crear futuro.

Para eso necesitamos:

-Una economía que entregue oportunidades sin trampas.

-Un Estado que acompañe, fiscalice y ordene sin capturar.

-Un sistema político que recupere la verdad como piso.

-Una sociedad que deje de lado la revancha y vuelva a reconocerse en su diversidad.

Pero por, sobre todo, necesitamos recuperar la idea de libertad como principio vital. No la libertad abstracta de los discursos, sino esa libertad concreta que permite a cada persona diseñar su propia vida: emprender, equivocarse, aprender, mejorar, cuidar su entorno, construir su familia, crear un proyecto, transformar su territorio. Esa libertad que es la fuente de toda dignidad y de toda movilidad social real.

El desafío es ese: defender la libertad del individuo frente a cualquier proyecto que busque someterlo, homogeneizarlo o convertirlo en engranaje de un diseño ajeno a su propia vida.

Chile no necesita iluminados que nos digan cómo vivir. Necesita ciudadanos libres capaces deconstruir juntos.

7. La épica del futuro: “freedom” como llamado y como responsabilidad

El estallido social mostró lo que ocurre cuando un país pierde cohesión y cuando la política renuncia a ordenar el conflicto. Pero también dejó claro que la energía que mueve a las personas no es la rabia, sino la búsqueda de sentido. No marcharon por 30 pesos. Marcharon buscando un propósito, una pertenencia, una vida que sintieran propia.

Esa energía está ahí, no desapareció.

La pregunta es quién será capaz de orientarla hacia un proyecto que construya, no que destruya. Por eso, este es un momento de definición.

Un momento en que vale la pena recordar -como un eco moderno del grito de Wallace- que la libertad no se mendiga: se ejerce, se protege y se proyecta.

Es tiempo de quienes creen en esa libertad.

De quienes entienden que cada persona es un creador en potencia.

De quienes saben que una sociedad justa no nace de controlar, sino de habilitar; no de uniformar, sino de permitir que cada individuo despliegue su propósito en armonía con otros y con su entorno.

El futuro de Chile dependerá de que tengamos el coraje de sostener esa libertad, incluso cuando sea más difícil, incluso cuando hacerlo no sea popular.

Porque un país que renuncia a ella renuncia a su propia capacidad de crear.

8. Reflexión final

Chile no está condenado al ciclo de violencia y fractura. Pero tampoco saldrá de él por inercia.

La salida real exige reconstruir confianza, fortalecer instituciones y abrir un camino donde la libertad individual -para crear, decidir y proyectar la propia vida- vuelva a ser la fuerza que une y moviliza.

Ese es el desafío. Y quizá, también, nuestra oportunidad histórica

Y tú ¿qué piensas?

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6 Comments

  1. A mi juicio, para volver a construir un horizonte común, es preciso tener una mirada común a nuestra historia reciente, objetiva, sin sesgos ideológicos y sin apasionamientos que nublan la visión y el raciocinio; de modo que podamos comprender que el otro es un compatriota y no un enemigo. En un país en el que se llegó a una polarización tan extrema como a la que llegamos en 1973, todos quienes vivimos en esa época tuvimos que optar por un bando; pero bien pudimos haber estado en el otro.
    Al respecto, cabría formular una pregunta: ¿Por qué en nuestra patria mantenemos vivos los odios incubados durante la época 1964-1973 y no avanzamos hacia un país fraterno y en paz?
    Pienso que ello se debe a que, a diferencia de lo ocurrido al término de la cruentísima Guerra Civil de 1891, no hemos perdonado a quienes les tocó vivir el enfrentamiento fratricida al que nos llevaron políticos irresponsables que optaron por la vía violenta como método para conquistar el poder total, refundar a Chile y consolidar la revolución socialista.
    Asimismo, pienso que la mantención de estos odios se debe a que los chilenos no hemos transitado por los caminos de la verdad; verdad indispensable para una necesaria reconciliación nacional y que, por motivos diversos, se la calla, se la oculta o se la tergiversa.
    Adolfo Paúl Latorre
    Abogado
    Magíster en ciencia política

  2. Estimado, bien planteada la problemática que se debe asumir.
    Solo aportaría, los que toman decisiones ya sea en el ámbito público o privado actúen con INTEGRIDAD , básico para recuperar LAS CONFIANZAS.

  3. En mi opinión la explicación de lo sucedido es muy simple y se inicia en el segundo gobierno de Bachelet, con la nueva mayoría que significa literalmente los «nuevos bolcheviques.
    Su discurso de aceptación para su candidatura está marcada por un llamado al enojo debido al abuso.
    Y luego vinieron todas las reformas funestas de Bachelet con un solo objetivo, a Chile le tenía que ir mal, no se puede refundar un sistema político y social si el sistema funciona bien como lo había hecho durante 30 años.
    Y lo lograron durante los llamados 30 años Chile creció 2,3 punto porcentuales por arriba del crecimiento promedio mundial, pero durante el gobierno de Bachelet 2 la economía creció 1 punto porcentual por debajo del promedio mundial. Con este resultado la economía no podía satisfacer las demandas de la gente por un futuro mejor. Cabía el enojo.
    Y luego llegó el gobierno del Presidente Piñera que prometía volver a crecer, pero esto no se podía permitir, si el país volvía a crecer, se abría la esperanza de un futuro mejor y se alejaba nuevamente la posibilidad de refundar el país. La solución el 18-O, que no fue otra cosa que un intento de golpe de estado.

  4. Y el gobierno de Boric ha seguido la misma línea, al país le tenía que ir mal, de ahí el mamarracho y las reformas que apuntaban a destruir la institucionalidad.
    Gracias a Dios, no les resultó.

  5. Estoy más de acuerdo con Adolfo Paúl y con Hernán, que con el columnista. Puede que todos coincidamos en los buenos deseos de futuro; pero está claro que no hay cincidencia en el diagnóstico.
    Paúl se atreve a mirar de reojo al decir que “la mantención de estos odios se debe a que los chilenos no hemos transitado por los caminos de la verdad”. Hernán va de frente, y apunta directo a quienes no han permitido divulgar la verdad.
    El Sr. Baeza, con quien concuerdo en gran parte de su columna, lamentablemente es de los que todavía creen que “no fueron 30 pesos sino 30 años”. Pero la mayoría de los que comentamos, creemos que eso no fue más que otro de los ingeniosos papelógrafos con que el PC ensucia la ciudad, y envenena el alma de los muchos que por algún motivo se sienten desgraciados.
    Es impensable que existiendo la libertad que Dios ha concedido al ser humano, no habrá brotes de corrupción, de aprovechamientos y de todo el mal del que somos capaces. Y si ese comportamiento injusto fue el que motivó al octubrismo, como cree el Sr. Baeza, no habría país en el mundo que sobreviviera. USA y Gran Bretaña, por poner solo un par de ejemplos, estarían desolados.
    Pero en una sociedad sana, a esas personas corruptas se las aísla y se las condena; no se las imita, ni mucho menos se protesta quemando desde neumáticos hasta iglesias y vehículos policiales, ni se destruye el transporte público y las fuentes de abastecimiento de la población. Tampoco se llama a derrocar a un gobierno, que intentaba levantar a Chile del miserable estado en que por segunda vez lo dejó una fan de Hönecker, de Chávez y de Castro.
    No existe una sociedad como la que al Sr. Baeza le gustaría, y desgraciadamente lo más cercano a ella sería la de China comunista. Allá, la corrupción se paga con la vida, y no hay “estallidos sociales”; ni menos después de Tian An Men.
    En las democracias occidentales tenemos que soportar vivos a los desviados y tratar de sancionarlos ejemplarmente; pero vale lo mismo para los con corbata que para los incendiarios, y para los que quieren llegar a su mundo ideal empobreciendo y engañando al “pueulo”.

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