Estaba en Roma cuando murió el papa Francisco hace un año. El día anterior, en la misa de Domingo de Resurrección en San Pedro, vi pasar de cerca al papamóvil con un Pastor ocupando sus agotadas fuerzas en saludar a la gente. Cuando, a la mañana siguiente, supimos de su muerte, rezamos por él, nos conmovimos recordándolo en una Roma hirviente de periodistas, e hicimos colas eternas para velarlo a horas insólitas y agradecer su legado.

Entre todos estos recuerdos, el que vuelve a mí ahora es el de su funeral. El común de los mortales estábamos apiñados en la plaza de San Pedro, y arriba de una tarima, a metros de distancia, se divisaban las cabezas de Emannuel y Brigitte Macron, Javier Milei, Donald y Melania Trump, el príncipe Willliam, Volodímir Zelenzki, Georgia Meloni, Ursula von der Leyen, y tantos otros. Aquella tarima a la sombra de San Pedro soportaba el peso del destino de muchos pueblos y, en efecto, esa tarde aparecieron esperanzadoras fotos del Presidente Trump conversando con Zelenzki al interior de la Basílica. Permanecen en el misterio las repercusiones de aquel diálogo.

Que los dirigentes más importantes del mundo interrumpan sus agendas para despedir al sumo Pontífice es una pista que ayuda a comprender la importancia y respeto que la cabeza de la Iglesia Católica sigue inspirando en el panorama internacional, quizás más que cualquier otro líder. El director del Instituto de Filosofía U. Andes, Manfred Svensson, en su recién publicado libro El lugar de lo sagrado, da cuenta de que la secularización de Occidente no conlleva el levantamiento de un muro entre religión y vida pública; muy por el contrario, la separación entre ambas esferas, en muchos casos, ha propiciado su diálogo.

Cuando hablamos del lugar del papado en el mapa internacional, no solamente se constata una interacción, sino que incluso una necesidad de su figura en cuanto agente neutral sin intereses territoriales que puede ayudar a resolver conflictos difíciles. En 1984, la Santa Sede de Juan Pablo II medió el tratado de paz entre Argentina y Chile por el conflicto del Beagle. En 1992, por la misma intervención se firma el acuerdo entre las partes que llevaban 15 años de guerra civil en Mozambique. Luego, el Papa Francisco contribuyó a la apertura de relaciones entre Estados Unidos y Cuba en 2014 mediante cartas a Obama y Castro. Fue, además, invitado en 2015 a la ONU para hablar sobre su visión de la ecología integral.  

Hoy le corresponde a León XIV ser ese agente neutral ante las convulsiones del tiempo, y con menos de un año ocupando la cátedra de Pedro, alza su voz para evitar un mayor derramamiento de sangre en Medio Oriente. Con todos los antecedentes de política internacional que ha habido en los papados recientes, el juicio del vicepresidente J.D. Vance, según el cual León XIV debería dejar de opinar de la política exterior de Estados Unidos y atenerse a asuntos de moralidad, parece más un deseo personal que una ley de conducta. Por lo demás, está la acertada observación de Rodrigo Pérez de Arce en su columna en El País: “Como si la política exterior (o cualquier política) estuviera exenta de escrutinio moral”.

¿Por qué es importante hablar de esto en Chile? Comenzando una administración donde el Presidente y muchos de sus colaboradores presenta una fuerte identidad católica o cristiana, las relaciones entre religión y política vuelven a ser tema de discusión; la creencia del dirigente suele verse como una potencial amenaza para aquellos que no la comparten, y preferirían una desvinculación total entre religión y vida pública. Son palabras de Jesús aquellas de “dar al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios”: las esferas religiosas y contingentes no deben confundirse, eso no conviene ni a una ni a otra. Pero otra cosa muy distinta es dictaminar “zapatero, a tus zapatos”, cancelando la naturaleza política de una persona por el hecho de pensar de acuerdo con una religión. Las fotos del funeral del Papa Francisco iluminan la posibilidad de que una persona esencialmente religiosa pueda tener un valor político excepcional.

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