Credit: Netflix

La película nos perturba, algunos prefieren no verla, otros lo hacen a regañadientes, los menos queremos volver a ella para observar más detalles. Mi experiencia estuvo dominada por una revoltura de estómago en la primera vista, y una creciente atención a los diálogos y a la búsqueda de detalles en las vistas subsecuentes. Evidentemente no es un intento de hacer historia ni tampoco un análisis psicológico de Pinochet.

Para quienes la repulsión domina el imaginario sobre el gobierno militar, la reacción visceral es suficiente; para quienes tenemos una visión más compleja de ese gobierno, una en que el golpe de Estado fue un doloroso esfuerzo por salvar nuestra democracia, la película nos decepciona. Nos guste, nos disguste, nos decepcione, y nos produzca o no la revoltura de estómago, la película merece la atención de todos. Ciertamente no es recomendable para menores de 18, y es importante que quienes la vean organicen un post-mortem para comparar notas.    

Los comentaristas han reconocido la cinematografía, la música y la actuación. El festival de cine de Venecia la premió por el guion. La puesta en escena está llena de detalles, incluyendo la decoración desplegando soldaditos de plomo, y la caracterización de la monja que ha sido contratada por una de las hijas de Claude Pinoche, para hacer un arqueo de los fondos y un exorcismo. Viene de un convento y tiene instrucciones de guardar cualquier pagaré al portador, como aporte a la misión de la Iglesia. Los hijos esperan que el viejo se muera de una vez y les deje plata. El viejo esta cansado, desmemoriado, y siguiendo una dieta vegetariana. Quiere morir.  

La monja llega a la casona fría del mundo austral, donde Claude se esconde con su mujer y el mozo -otro vampiro-, a días de la visita inesperada de los cinco hijos, y tiempo después de haber fingido su muerte por segunda vez ante el resto del mundo. Ella aparece al mismo estilo Juana de Arco, patrona de Francia, pero se llama Carmen, como la virgen patrona de Chile. “Carmencita” dice Claude mientras conversan en francés, con breves referencias a la historia del país que lo vio nacer hace ya 250 años de padres desconocidos y donde fue rescatado por un orfanatorio.     

El centro de la historia transcurre en la casona fría, mientras Carmen investiga los documentos que se encuentran en la casa y entrevista a cada uno sobre corrupción y asesinatos. En grupo, los hijos “no saben nada”, sólo esperan regresar con algo. De a uno, los hijos saben cosas, y Carmen va hilando la malla de transacciones.

Aun cuando la monja les es confiable porque “viene de familia militar,” y ha sido llamada a hacer el exorcismo, resulta que seduce y es seducida por Claude, convirtiéndose en vampiro. Ahora Claude no quiere morir, y en un esfuerzo por retroceder en años emprende el vuelo -bajo la música de Las Cuatro Estaciones- en busca de corazones frescos.

Es entonces cuando Margaret, la narradora, quien ha definido a Chile como “el país de campesinos huachos” decide entrar en escena, ya que su hijo Claude está actuando tontamente, “como todos los hombres”. Ella ya había compartido con Claude -personificando a Pinochet- en la esfera pública, pero él desconocía el lazo familiar que los unía. Llega volando como un vampiro cualquiera, pero con cartera. Viene a poner orden. A diferencia de otros vampiros, Margaret toma su extracto de corazón en tasa de porcelana inglesa.

Todo ese arte podría haber sido usado para una película sobre la maldad de Jeffrey Epstein, o de cualquier otro depravado con acceso a príncipes y gobernantes. El uso de esta creatividad para meter el dedo en la llaga de los chilenos es perverso.

La película es una parodia que refleja en parte a la sociedad chilena; con conversaciones de pocas palabras; respuestas convertidas en preguntas y a menudo inconclusas; y la repetida frase “que lata” para cerrar el escaso dialogo. Claude Pinoche ha sufrido un sin número de revoluciones e intentado aplacar algunas, pero no intenta contribuir al conocimiento de sus hijos.  Seguramente trató, con poco éxito, en una escena que quedó eliminada en el trabajo de edición.

Claude podría haber educado a la joven monja, quien no tenía por qué saber de sus esfuerzos por enrielar el sistema productivo chileno y crear las bases para el progreso del cual todos se beneficiaron, no sólo los ricos que le regalaron pagarés y le hicieron depósitos bancarios.

En todo caso, cuando un director de grandes aciertos, de experiencia internacional, de buena alcurnia y educación, nos entrega una parodia de tal magnitud sobre la falta de interés y el abismo entre padres e hijos, mi generación, la que tenía uso de razón durante los años 70,  tiene que mirarse al espejo.  

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